Los increíbles Puente-Muncharaz

Carmen Ansótegui
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La familia Puente-Muncharaz se comporta con heroicidad durante casi dos meses al mantenerse separados para cumplir con las normas del confinamiento

Los increíbles Puente-Muncharaz - Foto: David Pérez

El 14 de marzo comenzó el confinamiento para todos los españoles pero la familia Puente Muncharaz lleva separada seis días antes cuando Javier, el padre, dejó Toledo para irse a Madrid a trabajar. Desde hace diez años ejerce como camarógrafo en la delegación de Castilla y León Televisión, así que vive de lunes a viernes en la capital y el fin de semana vuelve junto a su familia. Aquel domingo de comienzos de marzo ni Javier, ni Marta, ni su hijo Carlos, de diez años, podrían imaginar que no volverían a verse en meses.
La hermana de Javier es sanitaria en un hospital en Madrid y ya le había contado que el coronavirus era más grave de lo que se pensaba. Le explicó que había gente joven ingresada, así que llegó a pensar que Madrid acabaría aislado durante unos quince días, pero por aquel entonces no se le pasó por la cabeza que íbamos a hacer frente a un encierro tan largo.
Así que hace ya más de un mes que permanece en la capital «por responsabilidad». Desde el principio fue muy consciente del alcance de la crisis y, como Madrid era el epicentro, no quiso arriesgarse a ser el responsable de extender el virus por Castilla-La Mancha. Una decisión admirable, que su mujer y su hijo entendieron y apoyaron desde el primer momento.
No está siendo fácil para ninguno de ellos. Es cierto que están acostumbrados a la distancia, pero, hasta que comenzó el estado de alarma, sabían que cada cinco días podían volver a tener ese contacto físico tan necesario. Ahora, no les queda más remedio que tirar de videollamadas diarias para sentirse tan cerca como las nuevas tecnologías les permiten. Y es que, viven en el casco y, como no hay fibra, muchas veces la conexión falla y tienen que conformarse con hacer una llamada de voz.
Para Javier está siendo especialmente complicado no ver al pequeño de la casa. «Crecen muy rápido y a estas edades dos meses parecen una eternidad», admite con pesar. Pero no ve otro modo de afrontar la situación. Sabe que por el bien de todos, «hay que hacer el sacrificio» y permanecer separados hasta que descienda el número de contagios.
Carlos está demostrando ser un auténtico campeón. Asegura que lo lleva «bien» pero si se le tira de la lengua confiesa: «sin mi padre cuesta». Y es que el Covid-19 le ha robado ya una pila de sus abrazos y sus besos, y aún está por ver cuándo podrán volver a verse en persona. A pesar de todo, contesta a todas las preguntas entre sonrisas, contento por poder hablar a diario con su padre y pensando ya en qué hará el día que esto acabe. Su plan perfecto arranca jugando con los amigos en el parque de siempre y acaba yendo con sus padres a tomar una hamburguesa en su restaurante favorito.
Marta agradece que su hijo sea tan positivo porque le hace el día a día mucho más fácil. Procuran dividirse las habitaciones de la casa para que, así, tengan su propio espacio y puedan después contarse lo que han hecho mientras comen. Las mañanas son para las tareas y ya por las tardes ven documentales, leen libros, escuchan música o hacen puzzles. «Benditas nuevas tecnologías», confiesa Marta reconociendo que Internet le está ayudando a sobrellevar el confinamiento con su pequeño porque los dos son unas «mentes inquietas».
Además, Carlos es un niño responsable y eso ha permitido que su madre pueda hacer pequeñas escapadas para hacer la compra, dejándole con total tranquilidad solo en el piso. Ya habían hecho algún pequeño simulacro antes del encierro, cuando Marta bajaba en alguna ocasión a la farmacia que hay debajo de su casa, pero una vez se decretó el estado de alarma Carlos empezó a demostrar que podía quedarse sólo por más tiempo.
De manera que las primeras semanas fueron de mayor incertidumbre, como para la mayoría, pero ahora los dos se van amoldando. Sin embargo, es inevitable añorar los momentos en pareja, «incluso esas bromas del día a día que en el momento no valoras», explica Marta. Ya es mucho tiempo con su hijo, mano a mano, y a veces le resulta duro que todas las conversaciones que mantiene sean como «de quinto de primaria». Eso sí, al igual que su pequeño, lo cuenta sonriendo.
«VERGÜENZA». Puede que parte de esta felicidad venga de que hace apenas unas horas que salieron juntos por primera vez a la calle. El domingo recorrieron las calles de Toledo buscando a sus amigos en los balcones. Porque, como era de esperar, ellos sí han cumplido con todas las normas. Pasearon con guantes y mascarilla, a pesar de que a Carlos le molestaba un poco a la hora de respirar, y fueron de casa en casa manteniendo la distancia de seguridad con la poca gente que se encontraron en el camino. Para Carlos fue un pequeño alivio poder ver a algunos de sus amigos asomados a las ventanas, porque él, que es tan social, no entiende para qué va a salir a la calle si no es para estar con los que más quiere.
Con todos los esfuerzos que está realizando esta familia, no entienden que haya personas que se salten las normas en sus salidas. Cuando vio el domingo las imágenes de niños jugando partidos de fútbol y padres hablando entre sí sin mantener distancias Marta sintió «vergüenza y rabia». No entiende que esta misma gente sea la que luego se dedica a salir a los balcones para mostrar su apoyo a los sanitarios o para hacer caceroladas y criticar al Gobierno. «Cada uno es muy libre de expresarse, pero no lo entiendo, son ambiguos».
Lo mismo opina Javier, que tampoco comprende cómo la gente se arriesga a que haya un nuevo brote o que no empaticen con lo mal que lo están pasando los sanitarios. No obstante, pone el énfasis en que la mayor parte de los padres sí están cumpliendo con las normas. Y es que afortunadamente, existen familias como la de Javier, Marta y Carlos, un ejemplo de responsabilidad y solidaridad para con sus vecinos, que bien merece un aplauso desde el balcón.