A corte de navaja en Mauthausen

Marta García
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El toledano Felipe Yébenes estuvo recluido en el campo de concentración austriaco casi cinco años. Trabajó en la cantera meses, pero terminó ejerciendo de peluquero, un oficio que le salvó la vida

A corte de navaja en mauthausen


«Mi padre no solía hablar de la deportación ni de Mauthausen. Y si decía algo era para contar la historia de alguno de sus amigos». Quizá el horror es mejor no destaparlo, pero su hijo Jean Louis ha aprendido a reconstruir lo poco que su padre, el toledano Felipe Yébenes Romo, le contó saltándose esa regla que solían seguir muchos de los españoles que sufrieron durante años encerrados en campos de exterminio alemanes. La primera vez que  le escuchó hablar de las SS, de sus compañeros y de sus recuerdos tenía nueve años. Años más tarde, hubo más conversaciones, pero con cuentagotas porque Jean Louis estaba acostumbrado a esos silencios a pesar de que su padre tenía bien guardadas fotografías de esos años, recibía las visitas de Francesc Boix, el fotógrafo catalán cuyas fotografías fueron decisivas en los juicios de Nüremberg meses después de la liberación de los campos, y tenía estrecho contacto con otros deportados.
«Tampoco tenía mucha curiosidad por el tema», insiste al otro lado del teléfono. «Era algo que se sabía, pero nadie decía nada y tampoco se enseñaba en la escuela». Pero Jean Louis creció y muchas veces se ha preguntado cómo su padre logró sobrevivir a aquella pesadilla inimaginable, cómo se salvó si hubo 9.300 deportados españoles a los campos de exterminio nazis y  más de 5.500 murieron entre 1940 y 1945. También ha visitado el campo austríaco, tiene contacto con otros familiares de deportados españoles y ha visto la película ‘El fotógrafo de Mauthausen’, quizá para recordar su vieja amistad con su padre, «un hombre decisivo», según el historiador David W. Pike, a la hora de esconder, junto a otros internos, el material fotográfico que tanto empeño pusieron los guardias de la SS en destruir.
A corte de navaja en mauthausenA corte de navaja en mauthausen«Cuando cogieron a mi padre y a otros muchos prisioneros lo primero que les pasó por la mente es que tenían que permanecer vivos, cuánto más tiempo mejor porque lo normal era que duraran cuatro meses tras entrar en un campo de exterminio». Una vez que cruzó la inmensa puerta el 13 de diciembre de 1940, pasó a ser un prisionero más con uniforme de rayas, el 4.904, según los registros.
Una de las fotos de Boix sobre su padre refleja un hombre menudo, algo orejón y con cara de pícaro. A primera vista su aspecto físico no da la impresión de la fortaleza que  mantuvo cinco años. La foto es original, lo prueba el deterioro que sufrió por encontrarse escondida bajo las tablas del suelo en Mauthausen, y está guardada en casa de Jean Louis desde hace muchos años.
«Las condiciones de vida eran muy duras, pero resistió un año y medio trabajando en la cantera». Esos trabajos forzados formaban parte de una de las prácticas de exterminio una vez pasado el periodo de cuarentena en el campo. La campana tocaba a las 4.45 horas, aunque en invierno se atrasaba media hora. Tras aquel desagradable toque, seguía una extenuante jornada de doce horas picando piedra y transportándolas sin parar, una pequeña ración de comida, normalmente «una especie de sopa con algo de grasa y alguna alubia, un caldo asqueroso como decía mi padre», y agua, que no estaba racionada y más de uno intentaba calmar la gusa a tragos. Sobre el papel, las raciones diarias impuestas desde Berlín debían ser de 2.300 calorías, pero en realidad se repartían nabos, café aguado, chuscos de pan y caldos, lo que obligó a muchos deportados a masticar cartón para engañar el vacío del estómago.
A corte de navaja en mauthausenA corte de navaja en mauthausen«Mi padre estaba acostumbrado a comer poco y encima era pequeñito, así que era una ventaja porque no necesitaba alimentarse tanto como otros deportados». Felipe, natural de Villafranca de los Caballeros, había combatido junto al V Regimiento en la Guerra Civil española «y ya lo había pasado mal durante esos años, así que tenía rodaje», explica su único hijo. Aun así, a veces tocaba ración extra cuando algunos deportados españoles, integrados en una especie de organización interna de resistencia antifascista a pesar de que no tenían recursos ni armas, lograban robar en las cocinas. «Si había más comida la repartían en función de las necesidades y si alguno estaba más debilucho le daban algo más».
La historia de Felipe Yébenes no es muy distinta a la de otros muchos deportados españoles. Saltó a Francia, entregó las armas tras el final de la Guerra Civil y allí permaneció recluido en un campo de trabajo francés hasta que Alemania declaró la guerra. Lo apresaron junto a otros muchos españoles al noroeste del país, cerca de la frontera, le metieron y apretujaron en un convoy en un interminable viaje hasta la llegada a Mauthausen. Quizá lo que sí le diferencia de otros muchos compañeros fue la suerte que tuvo gracias a ocupar un puesto de barbero en el campo de exterminio.
«Se salvó por su profesión y la vida fue menos mala desde entonces allí dentro». Jean Louis no sabe mucho más, pero el escritor francés Jean Laffitte, autor de ‘El ahorcamiento’, relató algunos episodios que protagonizó su padre en Mauthausen. El autor visitó varias veces a Félix en su casa y compartió con él prácticamente un año en el campo de exterminio tras su deportación en 1943, en uno de los primeros convoyes de franceses.
Una vez que se supo que había sido barbero en su pueblo natal el peluquero titular «recurrió a sus servicios para rapar y afeitar a los 400 hombres del barracón, lo que le valía una escudilla complementaria». Lafitte narró que una noche le comunicaron de regreso de la cantera que no volvería a trabajar allí al día siguiente. Al «joven Romo», como le llama cariñosamente el autor, le pusieron a prueba y lo mandaron a la barbería, abierta en uno de los primeros barracones de las SS.
Cuando llegó se encontró con tres barberos cortando el pelo a oficiales con una maquinilla eléctrica que él nunca había utilizado. Tuvo tiempo para mirar cómo se hacía y se puso a cortarle el pelo a uno de ellos bajo la atenta mirada de Gustave, uno de los mejores peluqueros de Mauthausen, un deportado político con triángulo rojo, al que el toledano le cayó simpático, que poco después ejercería como kapo. Felipe pasó el examen y pudo estar al calor de una estufa durante una temporada aunque no se libró de las humillaciones que sufrían sus compañeros de barracón a menudo.
Felipe se encontró con una desagradable sorpresa al poco tiempo y le enviaron al bloque 19, un módulo de aislamiento utilizado para los prisioneros antes de su traslado de campo. Entró en el ‘comando Bernstein’, el primero formado por cincuenta españoles encargado de acondicionar otro campo de concentración, muy similar «a un corral de ganado», según el autor.
La estancia se complicó por la huida de cuatro deportados una noche. Los SS se enteraron enseguida y obligaron a los 46 deportados restantes a formar alineados en nueve filas en el exterior y a esperar allí hasta que dieran con los fugados, bajo un sol abrasador. Pasaron las horas y el suboficial al mando, apodado ‘El Caballo’ por los españoles por su rostro caballuno, les obligó a realizar ejercicios gimnásticos hasta la extenuación. Pese a que muchos ya no se tenían en pie, la siguiente tortura  consistió en correr hasta una cantera abandonada a tres kilómetros y continuar trotando con el peso de una piedra.
A la mañana siguiente, a Felipe le esperaba un castigo mucho peor. Los SS interrogaron a los deportados y no obtuvieron respuesta, con lo que ordenaron colgar con las manos atadas a las espalda a cinco de ellos, entre ellos el toledano, que dormían junto a los huidos. «Romo, a pesar de su estatura, era de peso ligero y todavía soportó sin gemir los primeros momentos». Laffitte cuenta también que el dolor era irresistible y pensó que la mejor manera de dejar de sufrir era provocando que se le dislocara el hombro, así que «dio un golpe de riñón, le subió una nausea y se desmayó».
El castigo no quedó ahí y volvieron a colgar a cuatro, entre los que se encontraba el toledano, porque el quinto murió ahogado en el río tras intentar huir. Las extenuantes sesiones de gimnasia continuaron, junto a los trabajos forzados en la cantera y la escasez de alimento durante una semana, con lo que los cuatro españoles castigados terminaron al límite de sus fuerzas. Sin embargo, Felipe tuvo que cumplir con un nuevo encargo, afeitar al Caballo, el mandamás, y comentó al autor, en más de una ocasión, que estuvo a punto de rebanarle el cuello para terminar con un sufrimiento que se prolongó un mes, aunque el toledano recibió algo de ayuda del mejor peluquero, Gustave, con pequeñas raciones de pan, salchichón y mantequilla.
El hijo de Felipe sabía que su padre fue torturado una vez, pero siempre le dijo que no sabía por qué le tocó a él ese día, que nunca le explicaron el motivo. Una huida de Mauthausen se pagaba muy caro. Apenas hubo fugados, pero la más célebre ocurrió en 1942 y quedó documentada en algunas de las fotos de Ricken que guardaron los españoles. En una de ellas aparece el toledano, junto a otros deportados españoles, presenciando el paso de una carreta con el preso huido poco antes de ser ahorcado con los SS mofándose de la escena, que también acompañó la orquesta integrada por gitanos. El castigo fue abominable, esperpéntico y musical porque acabo con la vida del huido, que llevaba semanas sufriendo las represalias.
Un año más tarde, el barbero toledano trabajaba diariamente en la peluquería y volvió a encontrarse con el Caballo, el verdugo que casi termina con su vida. Laffitte explica con detalle que Felipe volvió a la barbería gracias a la mediación de Gustave con Bachmayer, el comandante de Ebensee, uno de los campos satélites de Mauthausen. Además, su hijo explica que tuvo cierta libertad para entrar y salir de aquella fortaleza para cumplir su jornada. Incluso fue escalando en su profesión porque más de una vez tuvo que atender a Zieris, el comandante jefe de Mauthausen, al que solían afeitar y cortar el pelo otros tres peluqueros. La tarea no era fácil tratándose de un hombre despiadado, pero no hubo represalias. Incluso le tocó peinar a su mujer Ida en, al menos, una ocasión.
«Una vez volviendo a Mauthausen tuvo un accidente. Estaba a punto de entrar por una de las puertas laterales, se aproximó al centinela armado que estaba con un perro y éste se lanzó a atacarle y le mordió con fuerza en el culo». De aquel episodio, según su hijo Jean Louis, se le quedó una enorme cicatriz.
la enfermería A Felipe ejercer de barbero le libró de algunos castigos y fue premiado con una cama para él solo, pero seguía siendo prisionero de un campo de exterminio y en cualquier momento la suerte se podía esfumar. Su hijo relata que unas amígdalas pudieron costarle la vida. Un dolor agudo en la garganta era visita asegurada a la enfermería, un lugar en el que muchos no lograban sobrevivir. Eliminar a los enfermos y experimentar con los deportados se convirtieron en prácticas habituales. «A mi padre le tenían que operar de amígdalas y menos mal que allí había un enfermero catalán llamado Ginesta, que fue uno de sus buenos amigos. Consiguió que le operara un médico polaco deportado y le diera consejos para que se curara rápido».
Aun así, Jean Louis sabe que todos los prisioneros acabaron con problemas de salud derivados de los años que pasaron en los campos de exterminio. Su padre tuvo una úlcera de estómago que tuvo que tratarse una vez instalado en Francia tras la liberación de Mauthausen, fechada el 5 de mayo de 1945.

Los juicios de Núremberg, que comenzaron meses después, contaron con 200.000 declaraciones juradas, Felipe Yébenes no figura de forma oficial ni prestó testimonio en los famosos juicios, pero sí colaboró para esconder el material fotográfico y las fotos que sirvieron como pruebas de las atrocidades perpetradas en Mauthausen.
Felipe tampoco tuvo fácil retomar su vida después de años de sufrimiento. Intentó ganarse la vida como peluquero, pero el sueldo era demasiado pequeño y tuvo que echar horas en la construcción algunas temporadas para salir adelante. A Villafranca de los Caballeros regresó de visita, pero en los años 70, una vez que tenía asegurada a la nacionalidad francesa y la dictadura de Franco perdió su fuelle inicial.
El pícaro del pijama de rayas burló Mauthausen aunque su familia nunca ha sabido mucho de esta historia tan truculenta.