Un pedazo de Toledo en pleno corazón castizo de Madrid

Adolfo de Mingo / Toledo
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Filmoteca Española y el Cine Doré trasladan su programación a la plataforma Vimeo por el estado de alarma. Una de las primeras películas proyectadas fue Doña Francisquita, un éxito de los años treinta que se creía filmado solo en la capital de España

El cómico personaje de Cardona, a lomos de un borrico, nada más atravesar el puente de San Martín.

La epidemia de coronavirus está obligando a las instituciones culturales a reinventar sus programaciones para adaptarlas al confinamiento provocado por el estado de alarma. Hace algunas semanas, Filmoteca Española creó, a través de la plataforma Vimeo, el canal Doré en Casa (vimeo.com/channels/1546070), a través del cual es posible abrir a todos los hogares las puertas del emblemático cine madrileño de la calle Santa Isabel. Una de las primeras películas ofrecidas, recientemente restaurada, fue la primera adaptación cinematográfica de Doña Francisquita, la conocida zarzuela del compositor Amadeo Vives (1871-1932) que tan magistralmente interpretaba el tenor Alfredo Kraus. 
Tanto la obra musical como la película, filmada en 1934 -dos décadas después llegaría una nueva adaptación, realizada por Ladislao Vajda para CIFESA-, están consideradas un canto al Madrid castizo del siglo XIX. Petimetres y manolas -en realidad, la zarzuela de Vives toma como punto de partida La discreta enamorada (1604), de Lope de Vega- esperan a la salida de misa de San Andrés, mientras la tonadillera Aurora ‘La Beltrana’ canta «Soy madrileña porque Dios ha querido que así lo sea».
La mayor parte de los escasos exteriores de esta película, sin embargo, fueron filmados en la ciudad de Toledo. Algunos de ellos, en localizaciones tan particulares como el camino de San Eugenio (que conduce al Cementerio Municipal) y el sencillo humilladero que permaneció en el cerro de la Cabeza desde finales del siglo XVI hasta 1976, como ha estudiado Rafael del Cerro Malagón. 
Los amigos Fernando y Cardona junto al humilladero del cerro de la Cabeza.Los amigos Fernando y Cardona junto al humilladero del cerro de la Cabeza.También es posible apreciar un buen catálogo de viviendas domésticas -el periodista Felipe Sassone había suplicado en 1933, en mitad de los preparativos de la película, tener «el consuelo de no ver tranvías en la Plaza Mayor», es decir, que la adaptación de Doña Francisquita no perdiera su ambiente decimonónico, algo que acabaría motivando filmar estos planos de recurso en Toledo- y la Casa del Greco, desde cuyos subterráneos es posible apreciar un completo movimiento de cámara que arranca en el convento de San Antonio y recorre el paseo de San Cristóbal. Estos últimos planos, por cierto, se suceden en la película -intercalados con imágenes del Palacio Real de Madrid desde la plaza de la Armería- mientras el personaje de Fernando (el actor Fernando Cortés) canta Por el humo se sabe dónde está el fuego, una de las romanzas más célebres de la historia de la zarzuela.
Doña Francisquita, en realidad, va mucho más allá de Toledo, Madrid o Barcelona, ciudad en donde tanto la zarzuela como la película -según suele recordarse en contextos de confrontación nacionalista- tuvieron un éxito impresionante (llegaría a convertirse en el tercer film más visto del año 1934). 
La mayor parte de su equipo técnico, comenzando por el director, Hans Behrendt (1889-1942), era de origen centroeuropeo y judío, exiliado de Alemania tras la llegada de Adolf Hitler al poder. También lo era el productor, David Oliver, fundador de Iberia Films. Gracias a él, varios profesionales judíos del cine encontraron un hogar en la Barcelona de la Segunda República. Desgraciadamente, solo por algunos años, ya que la Guerra Civil daría al traste con el proyecto. El propio director de Doña Francisquita, cineasta y guionista de larga trayectoria, que había sido discípulo del famoso Max Reinhardt, iniciaría un penoso periplo que acabó llevándole hasta el campo de internamiento de Dran-cy, en la Francia ocupada, para desde allí realizar un último viaje con destino a Auschwitz.
El paseo de San Eugenio, camino del Cementerio Municipal, flanqueado por cipreses en 1934.El paseo de San Eugenio, camino del Cementerio Municipal, flanqueado por cipreses en 1934.Investigadores como Fernando González García (Universidad de Salamanca) y Valeria Camporesi (Universidad Autónoma de Madrid) han estudiado bien la procedencia y los avatares de todos estos cineastas, cuya labor técnica constituye la principal aportación de esta película. De todos ellos es necesario destacar al austriaco Heinrich Gäertner (1895-1962), responsable de la fotografía, quien castellanizó su nombre como «Enrique Guerner» y continuó trabajando en España después de la guerra, formando a algunos de los mejores directores de fotografía del cine español, como Alfredo Fraile y Pepe Fernández Aguayo. El montador y sonorizador Paul Falkenberg (1903-1986) venía ya precedido por títulos tales como M, el vampiro de Dusseldorf (1931) y Vampyr (1932), dirigidas por cineastas de la talla de Fritz Lang y Carl Theodor Dreyer. 
El responsable de la adaptación musical fue Jean Gilbert (1879-1942), cuyo verdadero nombre era Max Winterfeld, quien había compuesto en 1910 una famosísima opereta, The Girl in the Taxi, que en España recibió el título de La casta Susana. La decoración de interiores, por no extender más esta lista, fue obra del arquitecto Herbert Lippschitz. Tal vez fuera idea suya instalar el candelabro encendido -como han comentado González García y Camporesi- en el interior de la estancia frente a cuya ventana Fernando canta su romanza, candelabro de siete brazos que parece realizar un simbólico guiño a las menorás judías.
Con respecto al reparto, Doña Francisquita contó con algunas de las actrices más apreciadas del momento, como la hispanocubana Raquel Rodrigo (1915-2004) -uno de los rostros más célebres del cine español de la Segunda República, popularizada por Benito Perojo gracias a títulos como La verbena de la Paloma (1934)- y la seductora Matilde Vázquez (1905-1992). Ambas poseían grandes dotes musicales e hicieron carrera en el mundo del teatro, la revista y la zarzuela. Vázquez, de hecho, estaba especializada en el papel de Aurora ‘La Beltrana’. Algo similar podría decirse del granadino Antonio Palacios (1890-1972), quien en el momento de participar en esta película como Cardona, el amigo del joven Fernando, llevaba realizadas más de dos mil representaciones de su cómico (y sobreactuado) personaje, según anunciaba la publicidad de la época.
Antonio Palacios y Fernando Cortés fueron dos de los actores que se desplazaron a Toledo para participar en el rodaje de exteriores. Ambos atravesaron el puente de San Martín -Fernando a lomos de un elegante caballo; Cardona, sobre un borriquillo con el cual interpreta otra conocida canción de la zarzuela (originariamente compuesta para trío)- para escalar después hasta el humilladero del cerro de la Cabeza, cuyo entorno se encontraba entonces casi desprovisto de construcciones (la posición de la cámara no permite ver ni la ermita ni la Venta del Alma). 
Ambos personajes seguían a ‘La Beltrana’ y a su amante, Lorenzo -el ya veterano actor Félix de Pomés (1889-1969), magnífico intérprete hoy casi olvidado, padre de la también actriz Isabel de Pomés (1924-2007), sin duda uno de los rostros más bellos de la historia del cine español-, en dirección a la finca de este.
El periódico El Castellano informó de la filmación -«dentro de algunos días»- el 2 de noviembre de 1933. «Los interiores serán rodados en Toledo, Salamanca y en los alrededores de Madrid, y los exteriores en los nuevos estudios de la C.E.A.». La breve reseña, que informaba de que participaba en la película como supervisor José Vives Giner, hijo del compositor de Doña Francisquita, precisaba además que sería su director «don Constantino David». No acudiría por tanto Hans Behrendt hasta Toledo en 1933, sino el director, productor y periodista hispanogermano Constantin J. David (1886-1964), también judío, quien poco después realizaría además un cortometraje en tierras toledanas, La Musa y el Fénix. Fue filmado en municipios como La Puebla de Montalbán.
A pesar del gran apoyo recibido por parte del público -se trataba de una película protagonizada fundamentalmente por dos mujeres y realizada apenas dos años después de la aprobación del divorcio-, Doña Francisquita fue rápidamente olvidada tras la Guerra Civil. Afortunadamente, gracias a un acuerdo con la Cinémathèque Française de París en 1993, fue posible acceder a una copia y restaurarla. El año pasado, gracias a un convenio entre el Teatro de la Zarzuela y Filmoteca Española, el film recobró su importancia y fue incorporado a una moderna producción del clásico de Amadeo Vives. Valeria Camporesi fue precisamente la encargada de su presentación en el mes de octubre. Algunos meses después, ha llegado a todas partes gracias a la Filmoteca Española y su canal de Vimeo.