El gran lazarillo toledano cumple 60 años

Adolfo de Mingo / Toledo
-

Fue la primera película española que obtuvo un primer premio dentro de un festival internacional, el Oso de Oro en Berlín (1960). Entre sus muchos escenarios toledanos, el palacio de Fuensalida, la Catedral y el Cristo de la Luz

El gran lazarillo toledano cumple 60 años

El próximo verano se cumplirán sesenta años del rodaje de El lazarillo de Tormes, de César Fernández Ardavín. Una película notable no solo por su excelente factura técnica (gracias a la fotografía de Manuel Berenguer) y su gran representación de escenarios toledanos -desde la puerta de Bisagra hasta el palacio de Fuensalida, desde San Juan de los Reyes hasta la mezquita del Cristo de la Luz-, sino también por haber sido el primer largometraje español que obtuvo un primer premio en un festival internacional, concretamente el Oso de Oro en Berlín (1960).
Su director, César Fernández Ardavín (1923-2012), procedía de una familia estrechamente vinculada a Toledo. Su tío Luis, dramaturgo, había sido nombrado Hijo adoptivo de la ciudad en 1922 por el enorme éxito de La dama del armiño, obra que sería llevada al cine por el hermano de este, Eusebio, uno de los cineastas españoles más representativos de los años cuarenta.
La película fue filmada en escenarios burgaleses (Frías y Lerma), Piedralaves (Ávila) y La Alberca (Salamanca). En ellos transcurrieron los episodios del Ciego (Carlos Casaravilla) y del Clérigo de Maqueda (el actor napolitano Carlo Pisacane), los dos primeros amos de Lázaro antes de su llegada a Toledo.
Esta se produjo a través de la puerta de Bisagra, en cuyo interior acababa de ser instalado (1958) el monumento al emperador Carlos V. Pronto tendrá lugar allí el encuentro del niño con el Escudero, interpretado por el actor Juanjo Menéndez. Desde la puerta de Bisagra, ambos subían hasta la puerta de Valmardón (posteriormente, residencia del pintor Tomás Camarero), recogida en contrapicado con el rostro del popular intérprete cómico.
Su primer destino era la Catedral -aún sin la reja que hoy cierra los pies del templo-, donde Lázaro advertía, complacido, cómo los mendigos imploraban la caridad de su nuevo amo. Sentado en uno de los pilares góticos, envuelto por la luz de las vidrieras y la música, el niño acababa quedándose dormido.
Soñaba entonces haber entrado al servicio de un gran señor, cuya morada no era otra que una yuxtaposición de planos del Palacio Arzobispal (la portada) y San Juan de los Reyes (interior de la iglesia y pandas del claustro). Toda la ciudad se inclinaba al paso de Lázaro y su nuevo amo, incluido un niño noble que miró con desprecio a nuestro protagonista nada más llegar a la ciudad. Desgraciadamente, la ensoñación del pequeño finaliza pronto, cuando cobra vida el atlante de un rico templete (un soporte arquitectónico en forma de figura humana) para convertirse en el Clérigo de Maqueda, interpretado por el expresivo y desdentado Pisacane.
Al abrir los ojos, nada quedaba del séquito de criados imaginado. Tras una caminata a pie (en la que Lázaro y el Escudero dejaban a su paso edificios como Santiago del Arrabal), los dos llegaban a la verdadera residencia del nuevo amo. El edificio, al igual que en el sueño, estaba formado por una combinación de diferentes espacios reales. La fachada correspondía al inmueble situado frente a la iglesia de Santo Domingo el Real, pero con un gran (e inexistente) escudo de armas.
Tanto la enorme escalera como el patio interior, por otra parte, pertenecían al palacio de Fuensalida, que en 1959 acababa de ser adquirido por el Estado y estaba a punto de comenzar una brillante etapa como espacio cultural y sede de diferentes rodajes, como El Greco (Luciano Salce, 1966). Otras estancias, para finalizar, se correspondían con el interior de la mezquita del Cristo de la Luz. Por ellas se veía obligado a escapar el Escudero de sus acreedores, no sin transmitir al pequeño Lázaro cuál era el valor de la honra en la España del Siglo de Oro: «En ella está, en estos tiempos, todo el caudal de los hombres».
Aunque el Escudero fue el mejor de los amos que tuvo el niño, puesto que no llegaba a maltratarle en ningún momento de su relación, Lázaro pasó a su lado más hambre que con los anteriores. El pequeño no tenía más remedio que mendigar por las calles, haciéndolo frente a la puerta de los Leones de la Catedral (con contraplanos que trasladaban al espectador hasta la plaza de las Capuchinas). Lázaro participó también en un entierro que, a su paso por los Cobertizos, abandonaba aterrorizado al oír a una beata que el destino que esperaba al difunto es «la casa donde siempre hay hambre y frío», creyendo que esta era la vivienda que él mismo compartía con su amo.
Más adelante, el pequeño escapaba de Toledo por el puente de San Martín, dejando al fondo el monasterio de San Juan de los Reyes, la trasera de Santa Ana o la casa que hace algunos años había comprado el escultor Victorio Macho (1887-1966). Posteriormente, se unirá a unos cómicos de la legua que se hacían pasar por falsos vendedores de bulas.
El lazarillo de Tormes es una película muy representativa del cine español de los años cincuenta, ya que en ella confluyen varias de las líneas de este periodo, tales como la adaptación histórica -la sempiterna mirada al Siglo de Oro, coincidiendo, además, con el centenario de Carlos V- y el denominado «cine con niño», cuya máxima representación era la célebre Marcelino, pan y vino, de Ladislao Vadja, realizada apenas cinco años atrás. El pequeño que interpretaba al personaje de Lázaro, el italiano Marco Paoletti, acababa de participar en El Maestro (Aldo Fabrizi, 1957) -parcialmente filmada en tierras toledanas- y en De los Apeninos a los Andes (Folco Quilici, 1958), aportando al personaje una dulce ternura que buena parte del público y la crítica consideraron ajena por completa al estereotipo del pícaro español.
Más recientemente, especialistas como Nuria Cruz y Gregory Kaplan (Universidad de Tennessee) han insistido en esta línea al plantear cómo César Ardavín moderó considerablemente en el guion de la película el descarnado ataque a las instituciones y a la Iglesia que sí estaba presente, sin embargo, en la novela original. No es baladí que el segundo amo de Lázaro, el avariento clérigo de Maqueda (Pisacane), se viera convertido en la película en un simple sacristán.
La gran alteración, sin embargo, tenía lugar al final del film. Lázaro, que al final de la novela se veía abocado a una existencia marginal y deshonrosa, casado con la concubina de un arcipreste, reflexionaba en la película sobre su existencia al ver a otra pequeña ciega confiar en el falso vendedor de bulas. Su reacción, tras denunciar finalmente a los maleantes, acababa dando pie a un melodramático final -al que contribuyó en buena medida la música del compositor talaverano Salvador Ruiz de Luna (1908-1978), quien obtuvo con esta película su cuarta medalla del Círculo de Escritores Cinematográficos- que suponía el reencuentro de Lázaro (siendo aún un niño) con la fe católica.
No es de extrañar que para Luis Quesada, pionero en el estudio comparado de la literatura y el cine en España, César Ardavín fuese «traidor al espíritu del libro, limando las asperezas y el desgarro que son justamente elementos característicos de la novela picaresca». Esto por [...] «una razón de índole comercial que busca lograr un film amable... hurtando las lacras del pasado histórico español, más bien planteando el relato desde una posición ‘literaria’, culta, estilística, que asumiendo la carga ideológica, crítica, del autor anónimo».
La acogida de la película fue más bien fría en sus primeros momentos (a excepción del pase inicial, que tuvo lugar el 15 de noviembre de 1959 en el Teatro Coliseum de Salamanca). El estreno fue en los Cines Callao de Madrid el 16 de noviembre, recibiendo una larga ovación y las felicitaciones de figuras como el escritor Wenceslao Fernández Flórez (quien manifestaba salir del cine «muy satisfecho» y que la adaptación merecía «verdaderamente la pena de ser presenciada») o el cineasta Luis García Berlanga, quien decía de ella ser «una película de la que todos podemos estar orgullosos en cualquier parte».
Mientras algunos críticos apoyaron férreamente el film por su defensa de la cultura española, otros, como Miguel Pérez Ferrero (‘Donald’), de ABC, lamentaron la libre adaptación del relato.
El crítico toledano Alfonso Sánchez, siempre defensor del cine español, señalaba no obstante que «no capta la maliciosa intención y el sutil ingenio de la novela, aunque la realización de César Ardavín consigue unas imágenes brillantes» (La Hoja Oficial del Lunes, 23 de noviembre de 1959).
Sea como fuere, la película obtendría pronto respaldo internacional, siendo proyectada el 22 de febrero de 1960 en pleno Museo del Louvre, en París, donde llegaría a elogiarla el actor Rene Claire. Algunos meses más tarde, El Lazarillo de Tormes acabó siendo seleccionada para participar en la X edición del Festival Internacional de Cine de Berlín.
La película española competía contra 30 títulos internacionales, algunos de ellos obra de directores como Elia Kazan, Michael Cacoyannis y Stanley Kramer. Una vez producidas las votaciones, el 31 de mayo de 1960, la película española quedó situada en primer lugar junto a Kirmes, demoledora historia de Wolfgang Staudte, el cineasta más representativo de la Alemania post-nazi. El desempate, no precisamente fácil, se produjo gracias al presidente del jurado, nada menos que el actor estadounidense Harold Lloyd. Marco Paoletti, César Fernández Ardavín y Juanjo Menéndez recogieron el aplauso del público berlinés, al tiempo que un conocido crítico alemán manifestaba que la película ofrecía «Arte para los ojos» a los espectadores.
No era la primera vez que el cine español recibía un galardón extranjero -ahí estaba, por ejemplo, el Premio de la Crítica Internacional del Festival de Cannes para Muerte de un ciclista (Juan Antonio Bardem, 1955)-, pero sí en su máxima categoría, como el propio Alfonso Sánchez se encargaría de reseñar entusiasmado. Concluía con El lazarillo de Tormes, añadía a continuación, «la majadería de un público al que no le gustan ‘las españolas’».