«Lo más duro es decir a un familiar que no puede despedirse»

F.J.R.
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Jesús, un profesional sanitario que trabaja en el área de Medicina Interna del Virgen de la Salud, explica la dificultad humana de negar el último adiós frente al riesgo de propagación del virus

Reconoce que es «frustrante» no poder dar a basto para atender a tanto paciente. - Foto: La Tribuna

El área de Medicina Interna del Virgen de la Salud lleva dos meses dedicado en exclusiva a la lucha contra el coronavirus. Casi todos los pacientes que entran por la puerta de Urgencias acaban derivados a sus plantas y los más graves a su vez terminan en la UCI. Han estado desbordados de trabajo, sin posibilidad humana ni material de poder dar asistencia a tanto enfermo, pero es cierto que en las últimas semanas ha caído la presión asistencial.
«Se nota que ha bajado, es evidente», reconoce Jesús, profesional sanitario de la tercera planta norte del Virgen de la Salud, que de todas formas sabe que ellos aún tienen trabajo para rato. «Esto no ha terminado, ni mucho menos, y hay pacientes que aún van a estar aquí un buen tiempo recuperándose», explica.
Desde que vieron el primer caso de coronavirus, allá por «finales de febrero, principios de marzo», Jesús no ha dejado, como sus compañeros, de aprender de este enemigo. Es cierto que se les han ido por el camino muchos pacientes, pero la mayor frustración de Jesús no ha venido por la virulencia de la pandemia, ni siquiera por la falta de equipos de protección, ha llegado por la imposibilidad física de los profesionales sanitarios de atender a todos en el momento preciso. «El virus en sí es una mierda, hemos visto cosas mucho peores, pero ante tal cantidad de enfermos que tenemos cuando quieres llegar a atender a uno después de ver a otros pues muchas veces es tarde. Y eso es muy frustrante», comenta este veterano, con más de 12 años de servicio en la misma planta.
Y es que, la pandemia del coronavirus les ha curtido, y les está enseñado a la fuerza.
Jesús no quiere centrar los problemas de los sanitarios en estos días en la falta de material de protección. Aunque reconoce que «el miedo es libre», quiere romper una lanza en favor de los gestores sanitarios y políticos. «Falta material y el que hay, a veces, es de una calidad muy pobre, eso todo es verdad, pero aquí nadie tenía ni puñetera idea de que esto iba a pasar; y de que iba a ser así. Ahora hay muchos que van de videntes, pero antes era impensable que esto ocurriera, y por lo tanto nadie se iba a lanzar como un loco a comprar productos que luego no ibas a necesitar», explica el sanitario, que además añade que, «ante esto, nadie sabe qué hacer».
Jesús considera además que gran parte de la propagación del virus entre los profesionales sanitarios ha llegado de sus propios compañeros, y no de los pacientes, sus familiares o de la calle. «Un sanitario contagiado contagia a otros cinco sanitarios. Mucho más que un enfermo», asegura, afirmando que esta incidencia se produjo sobre todo en los primeros días, cuando no había tanta información sobre el virus y los médicos, enfermeras, auxiliares y celadores se reunían en los descansos y cambios de turno para hablar y cambiarse sin protección ninguna.
Con todo, Jesús reconoce que lo que más le ha impresionado hasta la fecha es la cantidad de enfermos que ha generado la pandemia. Su poder de contagio. «Hay cosas que me han impresionado más a lo largo de mi vida, los pacientes de coronavirus al fin y al cabo se ponen malos, entran en parada respiratoria y… no es la calidad del virus, es la cantidad de víctimas».
Así, para Jesús, lo verdaderamente duro de estos meses ha sido tener que lidiar con las situaciones personales de los enfermos y sus familiares. El último adiós, o mejor dicho, su negación, es sin duda la papeleta moral que más ha afectado a este profesional. «Lo más duro es decir a un familiar que no se puede despedir de un ser querido. Por humanidad claro que les dejaría pasar a la habitación, pero el riesgo de propagar es muy elevado. Me preguntan, ¿no me puedo despedir? Y tienes que decirles no, porque así la muerte de un familiar puede transformarse en la de dos o tres que te estén esperando en casa».