Vagones que conectan con la rutina y los sueños

isabel g villota / toledo
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La estación toledana ha incrementado notablemente la actividad diaria del barrio de Santa Bárbara, donde se ubica. - Foto: yolanda lancha

Entre 26 y 33 minutos de trayecto separan a cientos de toledanos de Madrid, donde viajan a diario para trabajar • Los turistas representan el segundo gran grupo de usuarios, atraidos por la ciudad de cuento que es Toledo

Cada viaje puede ser una experiencia única, haciendo uso de una reflexión utilizada como mensaje publicitario que transita entre el tópico y la realidad. Hasta un trayecto rutinario puede convertirse en algo más que eso. Desde que se puso en marcha el AVE Madrid-Toledo, allá por el 15 de noviembre de 2005, han sido millones los cruces de miradas, las conversaciones, las cabezadas de sueño por el madrugón, los libros leídos, los documentos estudiados y los encuentros que se han producido en unos vagones que ya nada tienen que ver con aquellos tradicionales. La funcionalidad ha ido comiendo terreno al romanticismo, casi tan rápido como se ha recortado la duración de los trayectos.
Los modernos trenes Avant-a Toledo no llega el modelo AVE porque el límite de velocidad en los recorridos de media distancia es de 250 kilómetros por hora- conectan la ciudad Imperial con la capital de España en un abrir y cerrar de ojos para los usuarios dormilones. Los viajes suelen durar entre 26 y  33 minutos, dependiendo del tráfico que haya en Puerta de Atocha, la estación de destino madrileña, donde recalan desde trenes de larga distancia hasta cercanías.
Apenas media hora y vagones que conectan la rutina y los sueños. Un tiempo que separa a cientos de toledanos de Madrid, donde viajan a diario para trabajar. Este perfil es el más común, comenta Carlos, uno de los taquilleros de la estación toledana, minutos antes de que se cierren las puertas para comprar billetes para el trayecto de las 16,18 de un jueves cualquiera. Lleva más de 30 años en su puesto de trabajo y ha visto pasar de todo por el edificio mudéjar que encandila a los transeúntes. «Esta estación siempre ha funcionado muy bien de usuarios, también antes de la alta velocidad», explica, comentando que la ocupación media diaria supera actualmente el 80 por ciento.
Mientras habla con La Tribuna, observa a su compañero de taquilla comunicándose en inglés con un turista que regresa a Madrid tras pasar la mañana en la ciudad donde el Greco pintó sus mejores obras. «Es el día a día; algunos sabemos más que otros de idiomas, pero nos acabamos entendiendo con los clientes porque sabemos lo que nos piden», sostiene.
Los turistas representan el segundo gran grupo de usuarios del servicio, visitantes que recalan atraídos por la tierra de cuento que es Toledo. «Suelen venir con el billete de ida y vuelta, aunque no siempre ocurre», comenta Carlos.
La compra por Internet y los pasajes en el teléfono móvil están ganando terreno en una sociedad cada vez más digitalizada, aunque aún quedan quienes prefieren ir a la taquilla y comprar su boleto.
Carlos perfila diferentes tipos de usuarios en función de la hora del viaje. Los más madrugadores con destino Madrid son los trabajadres y los estudiantes, estos últimos menos, por el precio, aunque los abonos reducen notablemente el coste del viaje normal. La primera ‘excursión’ entre semana es a las 6,25 horas y la segunda a las 6,50. A las 7,25 llega el tercer tren y 30 minutos después el cuarto. Luego hay que esperar a las 9,25, precisamente el horario del primer servicio que sale los fines de semana.
Los vagones con destino Toledo suelen llegar plagados de turistas, que visitan la capital regional normalmente en el día, aunque también hay muchos que vienen a pasar varias jornadas por aquí. En los horarios de mediodía unos y otros se mezclan.
A los trabajadores la rutina les lleva a ir con la hora pegada, minutos antes de coger el transporte. «A los turistas se les identifica porque vienen con algo de tiempo y se les ve por las salas de espera», explica Carlos.
Son las 16,05 horas de un jueves y Jorge merodea con su maleta por la estación. Podría parecer un turista, pero no. Es de Albacete y vive entre Toledo y Madrid, donde trabaja. Durante cuatro años ha cogido el AVE a diario para ir al Ministerio. Es funcionario. Destaca la rápida conexión con el centro de la capital de España y la puntualidad. «Salvo catástrofe llegas en hora y es un servicio clave», comenta, añadiendo, eso sí, que «cuando ocurre algo excepcional, como una nevada, te puedes olvidar... porque los buses alternativos no valen para nada», lamenta.
Pasa el control de seguridad y saluda a las dos trabajadoras encargadas del ‘check-in’. Se conocen de verse durante años en esa misma estación, camino de los andenes.
Son las 16,14. Coloca su maleta y ocupa su butaca. El tren número 2 está prácticamente lleno y en él viajan tres amigos canarios que han pasado el día en la capital regional y a su lado una familia que ha venido de visita a España desde Venezuela. Estarán diez días en Madrid pero también han querido pasear por Toledo. «Sorprende  encontrar una ciudad tan espectacular y diferente tan cerca», comenta María Alejandra, mientras mira por la ventanilla despidiéndose del imponente Alcázar.
A su lado está su marido Douglas quien pregunta a sus dos hijos, Douglas Junior y Diego, qué es lo que más les ha gustado de Toledo. El segundo, el más pequeño, espera a que su hermano mayor conteste. Lo hace con un: «La Catedral y todo».
A su alrededor, algunos viajeros dormidos, otros leyendo un libro, otros ojeando una guía de Toledo y otros consultando su móvil o su tableta. No les da tiempo a mucho más.
Al final del viaje, los pequeños se cambian de asiento para contemplar mejor la llegada a Madrid y sus numerosas vías. Han pasado 26 minutos desde que el tren salió de Toledo. En Atocha toca esperar unos minutos para entrar en la estación y que se produzca la parada. Los viajeros empiezan a bajar a los 29 minutos.
Cuando ya no queda nadie en los andenes, desciende el maquinista. Se llema Luis y lleva siete años en la línea. En este tiempo solo recuerda haber llegado una vez tarde. «Somos puntuales», presume.
Además de la puntualidad, destaca lo seguro que es el AVE. «Llevamos una pantalla que nos indica y es prácticamente imposible que ocurra un accidente», explica, añadiendo que durante la mitad del trayecto Madrid-Toledo el tren circula a 250 kilómetros por hora, la velocidad máxima permitida; otro tercio a 220 y el tiempo restante por debajo de esa cifra, cuando se acerca a alguna de las dos estaciones.
Pasa apenas una hora y Luis se prepara para el siguiente recorrido. Ha hecho cuatro antes, pero muchos viajeros emprenderán con él el primero.

Los pequeños Douglas y Diego, junto a sus padres en el trayecto de vuelta a Madrid tras pasar el día en Toledo./ yolanda lancha
Los pequeños Douglas y Diego, junto a sus padres en el trayecto de vuelta a Madrid tras pasar el día en Toledo./ - Foto: yolanda lancha