La alta velocidad detuvo el tiempo en Algodor

Francisco J. Rodríguez
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El 15 de noviembre de 2005 salió de Algodor, a 18 kilómetros de Toledo, el último tren con destino a Madrid después de 147 años de servicio. Se trata de una estación fantasma con un poblado ferroviario aún habitado

 Francisco J. Rodríguez | Toledo
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A las 10:10 horas del 15 de noviembre de 2005 llegaba a la estación de Toledo el primer tren de alta velocidad. Existe un proverbio chino que afirma que cuando una puerta se cierra mil ventanas se abren. La puerta que se cerró ese día tiene un nombre: estación de Algodor.
A las 20:40 horas de ese mismo día salía desde Algodor el último tren con dirección Madrid. Se ponía fin a una historia que arrancó otro día 15, pero de junio de 1858. En total, 147 años de actividad ininterrumpida de uno de los 15 poblados ferroviarios que aún existen en España, porque en Algodor nunca ha dejado de vivir gente.
Situado a 18 kilómetros de Toledo capital y a 29 de Aranjuez, el poblado ferroviario de Algodor pertenece a Madrid. Es el pico de la ‘punta de la bota’ de la comunidad vecina, la denominada vega de Mazarabuzaque, el límite natural con la provincia de Toledo en la confluencia de los ríos Tajo y Algodor.
En su origen era un pequeño  puesto ferroviario provisto sólo de un edificio de viajeros. Quedó pequeño al poco de ser construido. ¿Por qué? Puesto que a pesar de la cercanía de Toledo y Aranjuez, la importancia estratégico-comercial de Algodor fue determinante para su desarrollo.
Un estudio encargado en la época demostró que el comercio de los nueve municipios de La Sagra más cercanos (Villaseca, Villaluenga, Mocejón, Magán, Añover, Alameda, Cobeja, Cabañas y Yuncler), suponía un tránsito de mercancías con Madrid de unas 22.000 toneladas métricas al año. O lo que era lo mismo, unos 200.000 reales de la época en ingresos por el transporte de esas mercancías que fueron determinantes para el nacimiento de Algodor.
La estación fue creciendo con los años, en volumen de mercancías y viajeros, y entre 1921 y 1924 se levantó el actual poblado, conformado por unas 60 viviendas para los trabajadores de la estación, por cuyo alquiler pagaban un módico precio y cuyo valor de construcción se tasó en 28.000 pesetas de la época.
En 1929 se construyó el edificio de la actual estación, de estilo neomudéjar, como la de Toledo, aunque mucho más humilde en sus acabados. Se situó justo enfrente de la antigua, y ambas compartieron escenario hasta el derribo de la original en 1898.
El poblado contó también con una parroquia, en la que se venera al Cristo de la Buena Muerte, que con el fin del tránsito ferroviario pasó a ser capilla para eludir su derribo.
En el último domingo de agosto, un paso procesional con la imagen del Cristo recorría las calles del poblado y los andenes de la estación. Además de la faceta religiosa, las fiestas tenían un programa lúdico. Uno de los momentos más celebrados era la becerrada, en una plaza formada, cómo no, con traviesas de ferrocarril.
En cuanto a la educación de los hijos de los empleados, en el mes de agosto de 1927 se otorgó la petición para el establecimiento de una escuela en la estación. Se ubicó en una de las viviendas y en su primer año dio servicio a 38 niños.
Durante la Guerra Civil, la estación de Algodor jugó un papel estratégico desde el inicio de la contienda, ya que fue línea de frente desde que las fuerzas sublevadas tomaron Toledo. Esa situación perduró hasta unos pocos meses antes del final de la guerra.
Tomar la estación de Algodor significaba tener casi un pie en Madrid, porque está situada a 64 kilómetros de la capital. La guerra dejó muchas cicatrices en el poblado, que no quedó totalmente reconstruido hasta bien entrada la década de los 40.
Los hierros de la marquesina sobrevivieron a la guerra, y en ellos aún se pueden ver las siglas de la MZA (Compañía de los ferrocarriles de Madrid a Zaragoza y Alicante), la empresa ferroviaria que fue sustituida en 1941 por Renfe.
En 1975 se produce la desaparición oficial de la tracción a vapor en España, pero en Algodor aún se pueden ver dos grúas con las que se abastecían de agua las locomotoras.
Con el ocaso de los trenes comenzó a llegar el deterioro de Algodor. Una paulatina desconexión del sistema ferroviario que culminó con la inauguración de la línea de alta velocidad a Toledo.
Atrás quedan los años en los que salían diez trenes diarios en dirección a Madrid. Muchos de los habitantes del poblado podían ir a comprar el pan a la capital de España y volver en menos de un par de horas.
Ahora sólo quedan seis habitantes permanentes en el poblado, aunque dicen que en verano la población se multiplica por diez.
Uno de ellos se llama Joaquín. No quiere dar más datos. Está aún activo en Adif. Se identifica como ‘Napo’, «de Napoléon», y por su boca no dejan de salir historias de los mejores años en Algodor. No oculta su nostalgia, pero reconoce que actualmente la tranquilidad que se respira en la estación es «impagable». No lo cambia por ninguna ciudad, a pesar de que junto a su perra ‘Luna’ tenga que hacer de improvisado guarda de seguridad de la estación. Presume de ello. En todos los años de la crisis no se ha robado nada en la deteriorada instalación. La magia de Algodor está intacta, congelada como los relojes de su andén. Todos marcan las dos y cuarto. El preciso instante en el que el tiempo se paró en este pequeño rincón de Aranjuez pegado a Toledo.