"Cosas que pareciéndolo no son nada"

Carlos Dávila
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¿Hay entre Pedro Sánchez y Pablo Casado una negociación incógnita que se nos escapa? A veces, las apariencias engañan

El presidente del Gobierno y el líder del PP, en un encuentro en La Moncloa previo a la pandemia.

Escribo entre comillas la síntesis de una carta que Quevedo envió en 1645 a Francisco de Oviedo, una especie de agente comercial y literario suyo. La cita textual de la misiva es más amplia: «Hay muchas cosas que, pareciendo que existen y tienen ser, ya no son nada, sino un vocablo y una figura». Pues bien, para lo que quiero narrar en esta crónica, la mención me resulta pintiparada. Empiezo: durante toda esta pasada semana se han cruzado mensajes entre La Moncloa y el Partido Popular que son, desde los confines de Sánchez, muy interesados, y desde la dirección del Partido Popular más significativos que aclaratorios. Los mensajes se pueden resumir en esta pregunta: ¿Hay entre Sánchez y Casado una negociación incógnita que se nos escapa? A veces, las apariencias engañan o, como solía decir el ahora añorado Rajoy: «¿O no?». Como el cronista no pretende deslizarse por los vericuetos insondables de la retórica gallega, trato de contestar a esta pregunta de la forma más cierta posible: en los aledaños de Casado se niega rotundamente esta aproximación al presidente del Gobierno, pero, en las cercanías de éste, la contestación se vuelve más difusa: «Si el Partido Popular renuncia a la bronca, estamos dispuestos a sentarnos a negociar». Sin embargo, el PP no está por acallar la bronca, ni en ocultar los desmanes del Gobierno, el último la mascarada del CIS. La sesión parlamentaria del miércoles fue una muestra.
Son, ya se ve, dos réplicas diferentes. Casado niega la negociación e insiste en recordar que, desde hace meses, está ofreciendo una serie de pactos que nunca, nunca, han sido siquiera respondidos. Son dos básicamente: el Cajal, que no es otra cosa que un marco sanitario y social por si rebrota con fuerza el maldito virus y nos coge de nuevo en paños menores. El otro pacto es económico y es un plan de choque, acordado con las regiones, para afrontar la crisis con acuerdos claves para impedir, por ejemplo, la subida de impuestos. De entrada, ya resulta imposible que un Gobierno como el actual que prima el gasto sobre el recorte, se avenga a una concordia en puntos como éste que, además, cuenta, en principio, con la enemiga de la facción comunista encabezada por Iglesias. No hará siquiera tres días que, con su enredada dialéctica habitual, la ministra de Hacienda, avanzaba la imperiosa necesidad de apretar sustancialmente la cintura fiscal de los españoles y de adecuar sus compromisos con Podemos a la situación actual. Al tiempo, el inservible y sectario ministro de Consumo, Garzón, amenazaba, este sin cortarse un pelo, con una subida inevitable de impuestos. Es decir, lo contrario a lo que propende el PP en su susodicho plan. Me sospecho que por aquí no existe acuerdo posible. Tampoco concordia en el debate porque retrata un modelo de sociedad frente a otros, ambos incompatibles.
Pero Sánchez, que puede ser malvado pero en absoluto estulto, no se da por enterado de esta falta de sintonía. Él, producto de un marketing poco escrupuloso (el adjetivo es demasiado generoso, lo sé) tiene en esta operación del «yo te tiendo la mano, fíjate qué demócrata y bueno soy», una sola intención: cuajar la impresión de que, de nuevo, la intolerancia de las llamadas derechas le conduce a los brazos leninistas de Iglesias. Pero, como afirma un ministro del antiguo PP, de Rajoy, vamos: «Sánchez quiere vender que hace caso a quienes le empujan a pactar con Casado, desde la Unión Europea, que lo está intentando, a los empresarios o incluso a la propia Corona, que lo empuja en su normal lenguaje figurado». Y añade: «Y siempre podrá comunicar que por él no va a quedar» .
Aquí reside la nueva trampa y por eso La Moncloa no desmiente, ni mucho menos, la posibilidad de un gran acuerdo. Le viene muy bien a Sánchez esta reciente ceremonia de la confusión. Pero en toda esta campaña promovida desde el poder, hay un elemento con el que, llegado el caso de apoyar o no los Presupuestos que exige la Unión Europea, el PP puede considerar: ¿estará dispuesto Casado a suscribir unas Cuentas en las que no esté presente Podemos con el compromiso de que, a continuación, se convoquen elecciones anticipadas? Por más que esta idea pueda resultar descabellada, no es, desde luego, fruto de una especulación gratuita: hay algunos analistas políticos que la promueven y, a mayor abundamiento, existen en el PP dirigentes que no hacen ascos a la iniciativa, porque, como señala acertadamente un diputado salmantino: «Esta sería la mejor forma de acabar con la pesadilla».


Farsa política

Por tanto, la opinión del cronista, negando a Quevedo, es que sí hay cosas que, pareciéndolo, son algo. Así es (si así os parece) fue la quizá la mejor obra de Pirandello a la que él mismo intentó rebajar de trascendencia afirmando que solo era una «farsa filosófica». Lo más probable es que en el asunto que nos ocupa podamos hablar de una farsa política, con elementos escandalosos como es la última entrega del CIS de Tezanos, un ejercicio de manipulación que ya debería estar en los tribunales, al menos, por prevaricación y malversación de caudales públicos. Pero esta última figura penal nos resulta intrascendente a los españoles. Cuento un sucedido como final de esta crónica dominical. El martes, tuve la curiosidad de acercarme a la vera misma del casoplón que posee la pareja Iglesias-Montero. Su calle permanece cerrada incluso para el tránsito de los propietarios de la urbanización. Tres automóviles de la Guardia Civil custodian la mansión de los proclamados leninistas. No se recuerda que ministro alguno de España, desde Franco a Rajoy, estuviera protegido por semejante alambrada policial. ¿Es esto también malversación? A los habitantes de La Navata se lo parece; se lo han dicho así a los agentes de la Benemérita que custodian el chaletón, y uno de ellos, se ha evadido así: «Nosotros vamos dónde nos manda, incluso a este lugar». ¿Creen ustedes que Iglesias, aunque tenga que abjurar de su trasnochado comunismo, va a renunciar a los placeres del poder, el sueldo y la vigilancia? Con su avaricia, no lo duden, ya cuenta Sánchez. En todo caso, la pregunta inicial es procedente: ¿habrá pacto entre los grandes? Quédense con el titular: «Cosas que pareciéndolo no son nada».