Armendáriz, el peor 'malo' de nuestro cine

Adolfo de Mingo/Toledo
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Toledo y Bargas acogieron en 1952 el rodaje de El tirano de Toledo, una coproducción francesa protagonizada por el mexicano Pedro Armendáriz. Ambientada en la Guerra de la Independencia, la película adaptaba un relato de Stendhal publicado en 1830

Armendáriz, el peor ‘malo’ de nuestro cine

«Desde que ese hombre es jefe de policía no hay un habitante de Toledo que no despierte sin pensar: ¿Viviré hasta la noche...? Ni que se duerma sin decir: ¡He ganado un día...!». Con estas palabras describía un viejo y atemorizado sacerdote, interpretado en los jardines de la Casa del Greco por el veterano actor Ricardo Calvo, a don Blas Basto de Mosquera, «el Tirano de Toledo», probablemente el mayor villano que la cinematografía toledana ha dado jamás.
La película en la que aparecía merece ser recordada por este hecho y por suponer un antes y un después para la historia de nuestro cine, ya que abrió la puerta a una serie de coproducciones internacionales que cuajarían de estrellas el firmamento toledano de los años cincuenta. Pronto llegarían El caballero negro (Tay Garnett, 1954), con Alan Ladd; La vuelta al mundo en 80 días (Michael Anderson, 1956), con David Niven y Cantinflas, y Orgullo y pasión (Stanley Kramer, 1957), en la que participaron Cary Grant, Sofia Loren y Frank Sinatra.
Ambientada en 1810, en plena Guerra de la Independencia, El tirano de Toledo era la adaptación de un relato de Stendhal (1783-1842), Le coffre et le revenant («El cofre y el aparecido»), publicado en la Revue de Paris en mayo de 1830 (el mismo año en el que aparecía Rojo y Negro). La responsable de la adaptación española fue la guionista y productora zaragozana Natividad Zaro Casanova (1909-1978), quien acababa de trabajar en la magnífica Surcos (José Antonio Nieves Conde, 1951) y que escasos años después firmaría el guión de otra de las mejores películas españolas del momento, Amanecer en Puerta Oscura (José María Forqué, 1957).
A diferencia del relato original, el cual transcurre en Granada, la adaptación cinematográfica trasladó su argumento a Toledo. En esta ciudad y sus alrededores -Bargas, los alrededores de Cobisa- fueron filmados la mayoría de sus exteriores e interiores, aprovechando localizaciones como el hospital de Santa Cruz -que a punto estaba de consagrarse con la celebración de la primera gran exposición sobre Carlos I (1958)- y la sinagoga de Santa María la Blanca, además de espacios singulares de la muralla.
Blas Basto, según la película, impone su régimen de terror sobre los patriotas españoles sin importarle que sean ancianos o estudiantes. Auxiliado por su lugarteniente, Ricardo (el actor José Sepúlveda), el jefe de policía persigue a uno de los cabecillas, Fernando de la Cierva (Gérard Landry), quien está enamorado de doña Inés de Arévalo (Alida Valli). Esta no tiene más remedio que acceder a las pretensiones matrimoniales de don Blas para salvar la vida de su prometido, quien huye a Portugal (en el texto de Stendhal encontraba refugio en Mallorca). Al regresar a Toledo, Fernando consigue entrevistarse con doña Inés escondido en un arcón -de ahí el nombre del relato original, El cofre y el aparecido-, aunque su reencuentro tendrá las peores consecuencias.
Los directores de la película fueron el francés Henri Decoin (1896-1969), un prolífico realizador especializado en cine policiaco y acusado de colaboracionismo al finalizar la Segunda Guerra Mundial (esposo de la actriz Danielle Darrieux, quien casi en esas mismas fechas trabajaba también en la provincia de Toledo en El torero, a las órdenes de René Wheeler), y el español Fernando Palacios (1916-1965). Este último, sobrino de Florián Rey, iniciaba con El tirano de Toledo su popular aunque breve carrera, con títulos como El día de los enamorados (1959), Tres de la Cruz Roja (1961) y sobre todo La gran familia (1962). La fotografía, sobria, de elegante blanco y negro, fue obra de Michel Kelber, francés con ascendencia rusa, activo en España en varias películas a mediados del siglo XX.
La gran estrella de El tirano de Toledo -tenía por entonces un caché de cuatro millones de pesetas, tras haber sido descubierta en Estados Unidos por el productor David O. Selznick- fue la actriz italiana Alida Valli (1921-2006), de orígenes aristocráticos y una de las intérpretes europeas mejor dotadas de su generación. Pese a no ser muy extensa su filmografía, en ella destacan títulos como El proceso Paradine (Alfred Hitchcock, 1947), El tercer hombre (Carol Reed, 1949), Senso (Luchino Visconti, 1954) o Novecento (Bernardo Bertolucci, 1976), entre otros títulos, con cineastas como Antonioni o Pier Paolo Pasolini. Junto a ella actuó durante buena parte de la película una jovencísima Françoise Arnoul, actriz francesa de gran popularidad durante los años cincuenta y sesenta. En esta película interpretó el papel de Sancha, la fiel sirvienta de doña Inés. La censura, por cierto, eliminó de la versión española un plano donde aparecía semidesnuda tras haber sido torturada (imagen que, convenientemente retocada, sí sería incluida en algunos carteles del film).
Pedro Armendáriz (1912-1963), galán mexicano muy célebre en la España de comienzos de los años cincuenta por sus papeles en películas como María Candelaria (Emilio ‘el Indio’ Fernández, 1943), fue el actor encargado de representar a don Blas. Arquetipo latino, expansivo y racial, Armendáriz procuró sin embargo ser fiel al personaje esbozado por Stendhal: un frío e insensible agente de la ley con mirada felina. El resultado, por desgracia, fue una interpretación inexpresiva y engolada en exceso. Diez años después de El tirano de Toledo, el actor mexicano -que había trabajado con cineastas de la talla de John Ford o Michael Curtiz- participaría junto a Sean Connery en Desde Rusia con amor (Terence Young, 1963). Un cáncer en avanzado estado -contraído probablemente durante el rodaje de El conquistador (Dick Powell, 1956), en localizaciones cercanas al escenario de pruebas nucleares (donde tal vez John Wayne desarrollase la misma enfermedad)- le llevó a poner fin a su vida, disparándose un tiro cuando se encontraba enfermo terminal en un hospital de California.
LOCALIZACIONES. Nunca se ha destacado la colaboración en esta película como asesor «ambientador» de Mariano Rodríguez de Rivas, «director del Museo Romántico» (así figura en los créditos), pero también del resto de fundaciones del marqués de la Vega Inclán, entre ellas la Casa del Greco. Probablemente debamos a este culto periodista y museólogo el despliegue de localizaciones monumentales de esta producción italo-franco-española, la cual recurrió a varios edificios diferentes con el fin de recrear un único espacio fílmico.
El ejemplo más evidente es la iglesia en la que Blas se enamora de Isabel, donde ambos contraen matrimonio y a cuyas puertas escapa Fernando tras ser advertido por su tío, el sacerdote don José. Los exteriores del templo fueron filmados en Bargas (iglesia de San Esteban), mientras que los interiores corresponden a la inconfundible sinagoga de Santa María la Blanca. La casa parroquial, por otra parte, es la Casa del Greco, con sus espléndidos jardines.
Los responsables de la película se valieron, así mismo, de la escalera plateresca del hospital de Santa Cruz y de los patios con arcadas del hospital Tavera -comunicado a caballo desde el exterior- para la residencia del jefe de policía (que, en el relato de Stendhal, habitaba en el antiguo palacio de los inquisidores granadinos). Don Blas tiene su despacho en el interior de la puerta de Bisagra y manda sobre un destacamento de soldados acantonados en el castillo de San Servando. El hospital de Santa Cruz es la mansión de Inés de Arévalo, mientras que el comercio de Isabel, hermana de Sancha, estaba muy cerca de la antigua puerta de San Martín, construcción neomudéjar que en 1952 Toledo conservaba todavía (no deja de ser irónico que un establecimiento dedicado al contrabando se emplazase junto a la puerta de abastos...).
cRÍTICA. La película agradó a las autoridades de la Junta de Clasificación y Censura de Películas Cinematográficas, con informe favorable -«Estamos en el buen camino»- del escritor Pedro Mourlane Michelena, según ha recogido Josefina Martínez Álvarez en un reciente artículo. Pese, sin embargo, a contar con el permiso de importación norteamericano y de recorrer las pantallas de Francia, Estados Unidos, Turquía, Finlandia, las dos Alemanias, Portugal y Austria, El tirano de Toledo gozó de una fría acogida por parte del público.
Jesús Maroto de las Heras, autor de una monografía sobre la dimensión audiovisual de la Guerra de la Independencia, ha señalado cómo se soslaya el servicio del cruel tirano don Blas a Francia por tratarse precisamente de una coproducción francesa, la primera de este calado desde la Guerra Civil. El tirano de Toledo no era, en este sentido, propiamente francés, pero tampoco español -lo cual no habría agradado a las autoridades franquistas (la versión española eliminó la muerte de su lugarteniente a manos de los revolucionarios patriotas)-, sino «un oscuro aventurero llegado de las Américas y vendido al invasor», según es descrito por el padre de la joven Inés.
Tal vez precisamente por esto no gustó la película a la publicación comunista Cuadernos de Cultura (XII, 1953), desde la que se criticó el carácter cosmopolita de la producción, tachándola de «insoportable estupidez para cuya realización se han conjurado capitalistas de tres países -Francia, Italia, España- un director francés, una actriz italo-yanqui, dos actores, mejicano el uno, francés el otro, y operadores, figurantes y personal artístico y administrativo de media docena de nacionalidades diferentes». Así continuaba su crítica: «Hablar del heroísmo de los españoles en defensa de la independencia patria, vendida por Franco, ayer a los nazis y hoy a sus sucesores yanquis, hubiera sido mentar la soga en casa del ahorcado».
Tenía buena parte de culpa el final de la adaptación, donde doña Inés muere en el interior de un carruaje desbocado, en cuyo pescante pelean a muerte don Blas y Fernando. Según Cuadernos de Cultura, el final original -la joven ingresa en un convento huyendo de su esposo, donde morirá asesinada, y Fernando acaba siendo apresado y decapitado- era demasiado oscuro y funesto para ser del agrado de las autoridades políticas del momento. «Y es que hoy el tirano de Stendhal, corregido y aumentado hasta el infinito -finalizaba su reseña- no está en Toledo; está en el Pardo»