«¡Que llueva, que llueva...!»

Ana Martínez / Cuenca
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«¡Que llueva, que llueva...!»

La Cuenca republicana de retaguardia llegó a contar con más de una veintena de refugios antiaéreos que ahora el Ayuntamiento pone en valor para ampliar la oferta turística y patrimonial de la capital.

«Que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva...» Era la inocente canción infantil que los vecinos de Cuenca susurraban como una letanía por las calles en plena Guerra Civil. Era un canto a la esperanza, una rogativa para que el cielo descargara su llanto. Si llovía, los aviones no venían. 
Suenan las sirenas. Las mismas que anuncian la lluvia de bombas. El clásico sonido provoca que la gente corra en busca de refugio. Estamos en la Cuenca republicana de retaguardia. Una Cuenca que acoge exiliados de Extremadura y Andalucía a los que hay que indicar, paralizados por el miedo, dónde se encuentran algunos de los 30 refugios que hay a medio construir y sótanos acondicionados para esquivar la muerte.
Uno de estos refugios antiaéreos, símbolo de lo que no se debe repetir, acaba de ser rehabilitado por el Consorcio de la Ciudad de Cuenca para que forme parte de la oferta histórica, patrimonial, cultural y turística de la capital. Concebido como centro de interpretación, el refugio de la calle Calderón de la Barca abrirá sus puertas todos los fines de semana a partir de febrero, días de atención al público que se ampliarán en un futuro en función de la demanda.
En su interior, los no más de 25 visitantes que serán atendidos en cada turno descubrirán 60 metros lineales de túnel abovedado musealizados, para lo que se han aprovechado varios objetos que los refugiados dejaron abandonados en las propias galerías como un fusil, una cama y una tronera, que se completan con un puesto defensivo, un aljibe de agua, maquetas de los aviones que intervinieron en la Guerra Civil española y paneles informativos.
La reapertura de este túnel, que ha tardado casi 10 años en ver la luz, se enmarca en el proyecto Cuenca Subterránea que el Gobierno municipal adjudicó a Ares Arqueología y Patrimonio Cultural, una empresa centrada en la investigación que trata de arrojar luz a la historia de todo un laberinto de pasillos que todavía permanece en el subsuelo de la ciudad y que siempre ha estado rodeado de mitos y leyendas falsas. «Aquí se ha contado que los pasadizos eran utilizados por los moros, los herejes, los templarios, la Inquisión... incluso que el Santo Grial estaba escondido por aquí», relata Santiago Domínguez, arqueólogo responsable de Ares quecon Michel Muñoz se encargan de estudiar y datar la Cuenca oculta que en el siglo XV fue una de las ciudades más poderosas y ricas de Castilla, cuyo acueducto dejó un sistema de cloacas y conducciones que, junto con los posteriores refugios antiaéreos, alimentaron la fábula y la leyenda entre sus habitantes.
Cuenca fue bombardeada durante la Contienda hasta en cinco ocasiones, causando 34 víctimas entre civiles y militares. Su situación estratégica entre Madrid y Valencia la convirtió en objetivo prioritario del Frente Nacional, cuyo punto de mira apuntaba hacia las estaciones de ferrocarril, los depósitos de gasolina y otros medios de suministro. Aunque siempre estuvo en la retaguardia republicana y nunca en el frente, Cuenca inhaló un gran ambiente bélico que obligó a sus vecinos a la construcción de refugios antiaéreos, casi una treintena entre construidos, empezados y provisionales, según refleja el informe del arquitecto municipal en el «año de la Victoria», esto es, el 5 de junio de 1939.
En este histórico documento se especifica la relación de refugios antiaéreos «proyectados de nueva construcción y habilitados durante el periodo rojo», que enumera hasta 14 refugios sin terminar, algunos de ellos por la zona Estación, Santiago López, Centro, Cerrillo de San Roque y calle de los Tintes…; uno, el de Santo Domingo, aparece sin construir, mientras el de la carretera de Madrid, con acceso por las cuevas de Daniel y Bautista Verdú, figura como «terminado». Otros 12 fueron refugios provisionales que se adaptaron para esquivar las bombas, desde alcantarillas de desagües, cuevas naturales, túneles de desviación, almacenes municipales y sótanos, algunos de los cuales fueron reforzados con madera y almohadillas en su parte superior.  «Existe documentación suficiente que corroroba que los túneles subterráneos pertenecen a refugios antiaéreos», subraya Santiago Domínguez, que también alude a los testimonios de conquenses que no sólo los construyeron, sino también los utilizaron.
Un lugar para el refugio. La identidad de Cuenca como ciudad acogedora del Bando Republicano la convirtió en lugar de refugiados, hospitales, tropas procedentes del frente o camino hacia él… De ahí que su sociedad no estuviese ajena a los rigores y horrores propios de esta y de cualquier otra guerra.
Ante este protagonismo en pleno conflicto civil había que proteger a la sociedad conquense y foránea. Los técnicos responsables de las Defensas Pasivas de la Cuenca republicana diseñaron un sistema de subterráneos de tal modo que todo vecino tuviese relativamente cerca de su casa o su lugar de trabajo, una entrada. Pese a la intensa colaboración ciudadana y al gran interés general por estos refugios antiaéreos, las obras fueron difíciles y se dilataron hasta el final de la guerra, quedando inconcluso el plan original, si bien aquellos tramos que se fueron acabando eran acondicionados para que fuesen útiles en caso de bombardeos aéreos. 
Acabada la guerra, el gobierno franquista se encargó del mantenimiento de estos túneles bajo el convencimiento de Franco de que iba a participar en la Segunda Guerra Mundial como aliado de Hitler.
Con el avance de los años, este laberinto de túneles, galerías y pasadizos se convirtió en zona de juegos para los niños de la época, dado que permanecieron abiertos gracias al mantenimiento que realizó hasta la década de los 70 el Ayuntamiento conquense, que también los utilizó como almacén.
Sin embargo y como ocurrió en cientos de ciudades españolas, el urbanismo de las últimas décadas destruyó o condenó muchos de los tramos correspondientes a los refugios antiaéreos de la Guerra Civil, mientras los que quedan en pie ya forman parte del Patrimonio Arqueológico de la capital que habrá que ir descubriendo y estudiando en lo sucesivo.
Así al menos lo espera la empresa Ares Arqueología, que cree conveniente y necesario la ampliación de los 60 metros lineales visitables del refugio de Calderón de la Barca, pues alcanzar los 130 con los que cuenta significaría ampliar el discurso expositivo relacionado con la Guerra Civil, a través de la muestra permanente de más fotografías, más maquetas y más recursos analógicos.
Tal y como recuerda Santiago Domínguez, el proyecto Cuenca Subterránea está concebido para completar la oferta turística de la ciudad de Cuenca, de manera que ante un menú turístico copioso, los visitantes se vean obligados a pernoctar. «Con la incorporación de este refugio antiaéreo a Cuenca Subterránea multiplicados por dos la oferta para intentar que los turistas no vengan de paso».