Estampa para el recuerdo

Javier Villahizán (SPC)
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El mágico óleo de Antonio López trae a la memoria los días más crudos de la crisis, aunque fuese pintado hace 40 años

Estampa para el recuerdo

No se trata de una fotografía de la pandemia, aunque si uno no se fija bien perfectamente podría serlo. Ver la imagen de una Gran Vía de Madrid completamente desierta impresiona y hasta entristece, porque hace rememorar aquellos momentos más duros de la crisis sanitaria, cuando hasta salir a la calle era un peligro. 
Sin embargo, el paralelismo es mágico y el cuadro de Antonio López posee ese alma que hoy nos deja un poco helados, pero que ayer, en la época preCOVID, nos cautivaba hasta el asombro:una de las calles más emblemáticas y populosas de la capital sin absolutamente nadie. Ni Alejandro Amenábar logró cortar completamente la Gran Vía para grabar su famosa secuencia en Abre los ojos. 
Paradojas de la vida aparte, el autor hiperrealista retrató en esta pieza -al igual que en toda su obra- aquello que mejor sabe hacer, el detalle llevado a su máxima expresión. Por eso, eligió la temprana hora de las seis y media de la mañana, como indica el reloj, para realizar durante siete largos años uno de sus óleos más sobresalientes, justo cuando la luz del verano es tenue y perfila los volúmenes. 
La tarea era disciplinaria y metódica. Después de pintar guardaba el cuadro en una entidad bancaria  ubicada en  dicha calle y reanudaba el trabajo al día siguiente o al mes siguiente o, incluso, al año siguiente. 
La minuciosidad ha sido siempre la marca de la casa de este creador ciudadrealeño, para quien el proceso pictórico tiene tanta importancia como la obra terminada. Por eso, Antonio López considera que la obra nunca está finalizada, sino que se abandona debido a que el artista ha llegado al límite de sus propias posibilidades. 
En el cuadro se equilibran los esquemas compositivos, tanto verticales -de los edificios- como horizontales -de las cornisas- y curvos -el inmueble de la esquina-. Además, el lienzo posee dos partes estructurales bien delimitadas y que armonizan entre ellas: la parte baja de la calle, la calzada, y la zona superior, la referida a los edificios.
La luz es otro de los elementos esenciales. Son las primeras horas y López recurre a tonalidades suaves para ofrecer calidez y una ligera claridad deslavada. Como si la urbe se estuviera despedazando después de una corta noche y  lo que está por venir es otra jornada de sol abrasador.
Los colores varían desde grises, plateados, ocres y amarillos, que destacan en las zonas altas  donde va incidiendo la luz. El cielo es de color marfil  para representar el reciente amanecer. 
El cuadro tiene un efecto de  profundidad marcada por  el estrechamiento de las líneas de la  calle y por el foco de luz amarilla del edificio de la Telefónica que atrae la mirada.
Gran Vía es un retrato intenso en donde reina el más absoluto de los silencios. Es pura paz.