El oro líquido en la historia universal

Charo Barrios
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Jesús Maeso firma 'Oleum', una novela cuyo protagonista, Ezra, es un experto en aceite que emprende un viaje en el que conocerá a figuras como Cristo, Herodes o Calígula

El autor madrileño es doctor en Filosofía e Historia. - Foto: MONTY

En estos tiempos en los que vivimos sometidos a restricciones de movilidad, Jesús Maeso de la Torre nos invita a visitar la Roma del siglo I, la ciudad que rige y decide la existencia y el destino de miles de seres humanos en distintas partes de la tierra. Oleum (HarperCollins Ibérica) muestra sus cartas desde el título: el hilo conductor es el aceite, producto cuya denominación procede de la palabra semita zeit, luz, y nos dejamos guiar por un oleario, es decir, un experto, el encargado del óleo sagrado del templo de Jerusalén y, posteriormente, capataz del gran latifundio aceitero de la familia Séneca, en la Bética. 
El personaje principal, explica su creador, es un escriba del templo llamado Ezra ben Eleazar, luego convertido en Jasón de Séforis, será hecho esclavo y descenderá a ese infierno, en una búsqueda espiritual que explicará al lector los entresijos de «unos años fundamentales para la Historia de la Humanidad y de la Hispania romana».
A él seguirá el lector en un periplo de pruebas morales y físicas alrededor del mundo, en cumplimiento de su misión, y en ese camino conocerá las sagradas ceremonias judías en el palacio de Herodes, los manejos de los saduceos, los ritos afrodisíacos del templo de Afrodita en Corinto, la ceremonia consagrada de la Mater Nutriciae ibérica, el trabajo en los extensos olivares de la Bética y en los alfares de donde salían las vasijas, cuyos restos pueden contemplarse hoy en el monte Testaccio de Roma, y el comercio y mercado del aceite, por todo el Mediterráneo. Y por ahí coincidirá con personajes que tienen capítulo propio en la Historia universal: Poncio Pilato, Salomé, Herodes Agripa, Anás, Caifás, Los Séneca, Helvia Albina, Claudio o Calígula, y Jesús de Nazaret y Pablo de Tarso, que dan paso a los primeros cristianos, y una pléyade de secundarios que realmente vivieron y conformaron aquel siglo.
También asiste el oleario (y los lectores con él) a las subastas de esclavos en el templo de Castor y Pólux, a la celebración de la Fiesta de la Expiación judía, a las clases del maestro Gamaliel, a las lecciones de Séneca, a la muerte y entierro de Tiberio, al juicio y crucifixión del Maestro de Galilea, a una boda judía en Jericó y Alejandría, al juicio de Caifás en Cesárea y a las labores en el campo de los aceituneros, así como las diversiones romanas en el Circo Máximo. En definitiva, una novela coral en la que «hay personajes grandes y conocidos que se mueven entre el capricho de los dioses y del destino, en medio de intrigas, aventuras fascinantes y desventuras que oprimen el alma, odios irreconciliables entre saduceos y fariseos, y amores irredentos en los que el actor principal se ve inmerso».

 

Afán de riqueza

Dice el autor, doctor en Filosofía e Historia, que la suya es una narración a veces mistérica y cercana al género negro, pues el protagonista se ve inmerso en el enigma de la desaparición del Oleum Viride, el más valioso. Pero también trata el ansia de poder del ser humano, el orgullo de los sumos sacerdotes del Templo de Jerusalén y de Afrodita Corintia, el afán de riqueza de la Roma sibarita y mundana... Es la historia de un hombre excepcional, con sus luces y sombras, que amó el aceite sobre todas las cosas, lo que a la postre le salvó la vida.
Maeso de la Torre confía en que el lector alcance a comprender el inmenso valor que el preciado elixir alcanzó en el mundo antiguo. «Servía para iluminar casas, calles y templos, banquetes y ceremonias religiosas, ungir a los moribundos y curar». «Los sacerdotes de Esculapio, a lo largo de todo el Mediterráneo, lo usaban para sus sanaciones y para elaborar los ungüentos curativos. Los espartanos y egipcios sepultaban con los muertos redomas de aceite y los pueblos de Oriente ungían a sus sacerdotes y reyes, con el preciado líquido. Además, el ramo de olivo fue siempre el símbolo de la paz».
Y, también, en que seamos conscientes de hasta qué punto ha contribuido a hacer de nosotros lo que somos. «El aceite ha sido un artículo omnipresente en la Historia de nuestro país».