Tarde antológica de José Tomás en Granada

EFE
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Tarde antológica de José Tomás en Granada - Foto: Pepe Torres

La ciudad nazarí se convierte en la capital mundial de la Fiesta con el regreso a los ruedos del diestro madrileño, que corta seis orejas y un rabo tras una actuación colosal e inolvidable

José Tomás ofreció ayer en Granada una tarde antológica, de esas que perdurarán en el recuerdo de cuántos llegaron a la ciudad andaluza para verle en directo en la única corrida que, de momento, se ha anunciado el de Galapagar esta temporada. Una actuación imperial no solo por las seis orejas y rabo que cortó en total, sino por la exhibición dio de suavidad, pureza y verdad de su maravilloso y singular concepto del toreo.
La expectación desde días antes era descomunal. No había negocio en Granada en el que no hubiera nadie que hablara de toros a cualquier hora del día. Y de él. El verdadero culpable de tanto revuelo. El que siempre se produce en cualquier ciudad del mundo donde se anuncie. Es lo que tiene José Tomás, el único diestro capaz de paralizar un municipio entero; el que coloca el «No hay billetes» en la plaza, pero también en hoteles, cafeterías y restaurantes; el que genera un impacto económico que, en el caso de la ciudad de La Alhambra, está por encima de los 14 millones de euros; y el que hace que la reventa haga, asimismo, su particular agosto, con precios por encima de los 1.000 euros y al alcance de muy pocos bolsillos.
Una expectación que se explica por esa exclusividad que logra el madrileño gracias al número tan sumamente reducido de paseíllos por temporada. Y sin televisiones. Lo que hace que el que tenga la suerte de verle en directo sea todo un privilegiado. Luego, además, es que no suele fallar casi nunca. Ese porcentaje tan alto de éxito es otro plus añadido para que aficionados de todas partes del mundo acudan en masa a verle, e incluso personalidades destacadas como el ministro de Fomento, José Luis Ábalos, o la vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo. Así ocurrió en Granada, donde firmó una actuación colosal, a la altura de la belleza y majestuosidad de una ciudad como esta.
En sus cuatro faenas se fusionaron la solemnidad del Generalife, la suntuosidad de los jardines nazaríes, el hieratismo de los leones que salvaguardan y dan nombre al patio más famoso de La Alhambra, el encanto de su arte mudéjar, la frescura de Sierra Nevada, los aires barrocos del Sacromonte y el embrujo del Albaicín. Federico García Lorca dijo una vez que «por el agua de Granada solo reman los suspiros», los mismos que ayer navegaron por las venas de las 12.500 almas que abarrotaron la Monumental de Frascuelo y que vibraron como pocas veces con una tarde mágica a cargo de un torero único, distinto y prodigioso como José Tomás, capaz de crear con su capote y muleta auténticas maravillas del mundo.

Naturalidad

La primera faena del matador de Galapagar fue solo un pequeño aperitivo de la grandeza de este diestro, que ya con el capote toreó muy despacio y ajustado tanto por verónicas como en un quite por delantales y espaldinas. Siete estatuarios sin enmendarse fue la apertura de un trasteo en el que la hondura al natural y la rotundidad por redondos se fusionaron para cuajar a un buen ejemplar de Cuvillo, que acabó desorejando.
El saludo al segundo fue una oda a la verónica. Caricias a cámara lenta. Cumbres. Como el quite posterior por impávidas gaoneras. El garcigrande tuvo movilidad, pero había que poderlo. Y José Tomás lo hizo con su izquierda, con suma naturalidad y tremenda pureza. Sin darse importancia. Colosal. Dos cambios de mano por detrás ligados a sendos naturales pararon el tiempo. Faena inmensa emborronada únicamente con un feo bajonazo. Dio igual. Otros dos trofeos.
La faena al de El Pilar que hizo quinto fue un ejercicio de fe en la que tuvo que ir ahormando al astado a base de temple y mando para tratar de hacerlo romper hacia adelante en una faena derechista, esforzada y sin rúbrica con la espada.
En el sexto se emborrachó a torear de capote: verónicas, delantales, pases por la espalda. Todo muy rotundo, reunido y, sobre todo, al ralentí. Pero es lo que vino después, en la muleta, tuvo un sentimiento, un gusto, una verdad, una rotundidad por abajo que hicieron de ella una nueva obra de arte, que tuvo el colofón de los máximos trofeos: dos orejas y rabo.
Completaba el cartel, como invitado casi de piedra a la fiesta, el rejoneador Sergio Galán, que anduvo sobrio y a muy buen nivel en sus dos actuaciones. Pudo haber tocado pelo del cuarto de haber fallado en la suerte suprema.