Bendito paseo sobre ruedas

C.M
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Los pequeños celebraron como si de una fiesta se tratara la hora de libertad urbana concedida en este tiempo de encierro. La mayoría no se lo pensó dos veces a la hora de subirse a patines, bicicletas o patinetes

Bendito paseo sobre ruedas

No fue, este domingo, un día normal -si así se puede considerar en época de aislamiento- para los más pequeños de las casas. El día amaneció y, con él, el deseo de volver a pisar las calles antes tan conocidas por sus pies. Porque esta suerte de permiso -de tan sólo una hora y limitado a las inmediaciones del domicilio familiar- se ha recibido como un adelanto de lo que volverá con el tiempo.
Aleccionados antes de cruzar las puertas de sus viviendas sobre el modo de comportarse ante un posible encuentro con amigos, vecinos o conocidos, y sobre todo advertidos de que nada de parques, columpios o demás elementos consustanciales al juego, la hora de paseo fue tan bienvenida como podría serlo, en fechas pasadas, un cumpleaños infantil en el parque.
Pero si los menores -de 14 años- celebraron el acontecimiento con todo el ritual merecido -no faltaron los que estrenaron guantes y mascarillas-, no lo hicieron menos los adultos llamados a acompañarlos en la oficial hora de asueto. En este capítulo sobra decir que la picaresca salió a relucir con todo su esplendor porque hubo padres que, por una hora, se dividieron a sus hijos para aprovechar el permiso por ambas partes cuando la norma especificaba eso de un adulto con hasta tres pequeños. Es decir, tú paseas con la niña y yo me quedo con el niño (o viceversa).
Bendito paseo sobre ruedasBendito paseo sobre ruedas - Foto: Yolanda Redondo TrujilloY del supuesto reparto filiar  a la contemplación, por fin, de la calle tan sólo visionada -durante más de 40 días- desde la ventana. Y las bicicletas, los patinetes, los patines, las deportivas, el anhelado suelo de aceras y caminos antes tan secundarios y, este domingo, tan necesarios para caminar, correr, rodar y trotar. Circunstancias en las que también destacaron los encuentros con amigos y compañeros que, desde la distancia del dichoso metro y medio, sonreían avergonzados ante una situación extraña, ajena a sus costumbres.
En este domingo de bendito permiso que, todo hay que decirlo, desean también para sí los abuelos que llevan semanas sin ver a su nietos -que hay que ver lo que han crecido, que no voy a conocerlos-, se pudo percibir las distintas alegrías entre los menores residentes en viviendas con patio/jardín y los que vienen sufriendo el encierro en pisos sin zonas de esparcimiento.
Los primeros disfrutaron, pero lo segundos explotaron de emoción al saber que sí, que ningún policía los iba a multar por salir, sólo una hora, a la calle. Algunos de ellos se preguntaban (fantasía no les falta) si sus piernas no se doblarían tras semanas en casa, tras días en los que el tramo del pasillo era su único carril bici/patinete/calcetines deslizantes y demás posibilidades psicomotrices.
Y como era de esperar, los barrios más poblados fueron los que ofrecieron imágenes más dinámicas en lo que a movimiento de pequeños y adultos se refiere, ya que los municipios tuvieron una mayor ‘desescalada’, lo que motivó que alguna familia apenas se encontrara con sus iguales durante el breve trayecto. Algo que difícilmente pudo ocurrir, por ejemplo, en barrios como Santa Teresa o en Polígono, donde la estampa se asimiló, salvando todas las distancias (sin vermut ni aperitivos, sin terrazas, sin núcleo familiar al completo, sin parques; en definitiva, sin coronavirus), con un habitual domingo de primavera, sol y buena temperatura. Días que acabarán viniendo pero que, todo augura, no serán como los de antes.