El arte es el Milagro en Illescas

Dominguín
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Los tres toreros salieron a hombros repartiéndose seis orejas en una tarde exitosa. Otro lleno histórico en los tendidos que hace consolidar la corrida del Milagro como una de las mejores de la provincia

El arte es el Milagro en Illescas - Foto: Joaquin Romera Garcia

Los aledaños del coso illescano acogían ya horas antes del festejo centenares de coches, venidos de todos los puntos de la geografía nacional. Estos aficionados acudieron a la localidad sagreña a la demanda de ver uno de los mejores carteles que hoy se puede ver en el orbe taurino.
Desde hace días estaban agotadas las localidades, y el cinco por ciento legal del día del festejo se acabó en pocos minutos. La plaza fue acogiendo al público que, deseoso de una exitosa tarde, gesticulaba y comentaba el sueño que al final fue.
Morante de la Puebla ha encontrado en Illescas una de sus plazas talismán. Se le ha visto durante varios años pisar el coso y está cómodo en él. Llegó a la plaza entre sonrisas y confidencias, encendiéndose un gran puro habano antes de liarse con el capote de paseo.
El arte es el Milagro en IllescasEl arte es el Milagro en Illescas - Foto: Joaquin Romera GarciaLuego, con los trastos en la mano, comenzó a tejer la gran obra de arte que dejó plasmada en la retina de los asistentes.
Meció con el capote al que abrió plaza, rematando con una media ajustada que hizo que la plaza fuera un clamor. Sin pensárselo, se fue al centro del anillo y brindó al respetable su primer burel, recetándole una faena de gusto exquisito con pausas y toreo de hinojos.
El pitón derecho fue el más potable del astado de José Vázquez, y lo exprimió hasta la saciedad. El fallo con los aceros le privó de tocar pelo. Pero lo enmendó en el cuarto de la tarde, saliendo con ganas ante el castaño, que no le puso fácil las cosas de salida.
El arte es el Milagro en IllescasEl arte es el Milagro en Illescas - Foto: Joaquin Romera GarciaEn contra del pensamiento de los asistentes, se fue con firmeza y decisión al toro, lo atemperó por bajo y silenció las críticas que habían aparecido desde los tendidos.
A partir de ahí, comenzó el recital de Morante en Illescas, que fue de puro arte, gusto y estética.
La simbiosis entre el toro y el torero fue perfecta y encajó hasta la estocada final, donde, tras enterrarla, fue capaz de que le otorgasen las dos orejas del animal.
El arte es el Milagro en IllescasEl arte es el Milagro en Illescas - Foto: Joaquin RomeraManzanares se volvió a reencontrar con el público illescano dos años después. Y lo hizo con nota, pues, con disposición, se fue con el capote a recibir a su oponente, al que enjaretó verónicas de gran trazo.
Con la muleta se encontró a un animal que transmitía mucho por el pitón derecho, y el torero lo supo aprovechar, dejándose llegar al animal de lejos y atemperándole con su pañosa una y otra vez.
Los muletazos eran interminables. Largos por bajo, cadenciosos, y los olés subían en intensidad una y otra vez hasta ser la plaza un auténtico rugido.
Entró a matar recibiendo al toro, tras lo cual le fueron otorgadas las dos orejas por el palco presidencial.
Con el quinto no tuvo la misma suerte. Tras verse devuelto el titular, salió el segundo sobrero de escaso trapío y complicada condición. Estuvo solvente, aseado y dando la cara, lo que le agradeció el público al acabar con el astado.
El debutante Pablo Aguado enamoró a Illescas. Venía con una aureola de torero artista, y los espectadores del coso cubierto pudieron dar buena cuenta de ello.
Meció con el capote con suavidad al tercero de la tarde y, luego, con la muleta, encajado de riñones, lo toreó con tranquilidad por ambos pitones.
Tenía en su mano la opción de triunfo, pero el fallo con los aceros le cerró la puerta. Rodillas en tierra se echó para recibir al sexto, sabedor de que eran necesarias las dos orejas del animal para acompañar a los otros dos diestros en volandas.
Cuando cogió la muleta, la plaza estaba con Aguado, pero el torero demostró con una faena de pellizco y gusto que iba a salir a hombros por una gran obra de arte.
Fue una sinfonía de muletazos. Una antología de tauromaquia antigua y moderna. Fue, en definitiva, el nuevo torero que viene arreando y para quedarse.
Con la plaza entregada, se tiró a matar convencido del triunfo. Y lo consiguió, arrancándole dos apéndices al animal para salir en volandas.