Una jerga en riesgo de extinción

Belén Monge Ranz
-
Uno de los pocos pastores que quedan en la zona - Foto: Javier Pozo

Los vecinos de Fuentelsaz la conocen como mingaña y los de Milmarcos como migaña. Unos y otros se apropian el nacimiento de un código que esquiladores, tratantes y muleros de la comarca de Molina usaban para comunicarse entre ellos

Cada vez son menos los lugareños de pueblos del norte de la comarca molinesa como Fuentelsaz y Milmarcos que recuerdan sin trabarse al pronunciar la jerga conocida como mingaña o migaña. Se trata de un código cuyo nacimiento se atribuyen ambos pueblos sin que se pueda establecer donde están sus orígenes realmente porque no hay documentación escrita. La tradición oral sitúa esta jerga de oficio a finales del siglo XIX y principios del XX, y la vincula directamente con los esquiladores de ovejas. Se dice que creo para que esquiladores, muleros, ganaderos y comerciantes pudiesen hablar libremente entre ellos sin temor a que los dueños del ganado se enterasen de los pactos internos de la cuadrilla. Pero también hay quien los lleva a otro oficio, el de los músicos de la zona.  
Lo cierto es que se trata de un código casi secreto, en el que se manejaban en privado ventas, se escondían quejas o riñas, e incluso se usaba para que los hombres ensalzaran la belleza o porte de una mujer sin que ella lo supiera. Por ejemplo:  “Dica, la cimila acurva gallarda” (mira, la chavala es guapa), era una frase habitual. Esta jerga, cuyo nombre parece venir, según la tradición oral, de la contracción ‘me engaña’, no es un idioma sino palabras inventadas, muchas de ellas extraídas del vasco o el catalán, donde no hay tampoco una estructura gramatical. De hecho, no tiene artículos sino solo sustantivos y adjetivos, y algún que otro verbo. En todo caso, no resulta de fácil su comprensión si uno no está familiarizado.
En Milmarcos se la conoce como migaña y en Fuentelsaz como mingaña. Sus disputas no solo versan sobre quién se atribuye esta jerga sino que hasta en el nombre cada pueblo ha realizado su propio retoque. Apenas se habla hoy, salvo los pocos mayores que quedan en estos pueblos.  
Lo poco que aún se conserva de esta jerga hay que atribuirlo a personas como Blanca Gotor, hija de esquilador, licenciada en Bellas Artes y autora de algunos cuentos y de un diccionario en mingaña. Pero también a escritores como Tomás Gismera, que igualmente tiene un libro sobre esta jerigonza, y  a asociaciones como la de Amigos de Milmarcos. Y sin duda, al empeño de alcaldes como el de Milmarcos, Fernando Marchán, o el de Fuentelsaz, Ismael Pardos, ahora en funciones hasta el día 15, en que habrá relevo.
Marchán resalta el trabajo realizado por la asociación Amigos de Milmarcos , a la que también pertenece. Este alcalde sitúa el origen de la migaña en su pueblo. Y aunque reconoce que no hay ningún documento que lo acredite, no tiene dudas, como tampoco del papel que ellos han tenido en que aún se conozca la migaña pese a que apenas se use ya. Ambos pueblos se atribuyen los creadores de este código secreto que forma parte del patrimonio etnográfico de ambas localidades. Marchán dice que no quiere entrar en estas guerras ni discusiones pero si precisa que «la migaña no es un idioma sino una lengua gremial muy vinculada, sobre todo, a las ferias de ganado que había entonces Milmarcos, aunque ahora ya no se habla», afirma.
Al igual que el regidor saliente de Fuentelsaz, le gustaría que desde las administraciones se declarara patrimonio inmaterial. «Podría ser interesante conseguir algún tipo de reconocimiento a nivel patrimonial», dice pese a admitir que en su pueblo apenas queda gente la hable;él es uno de esos pocos.  
Y mientras, en Fuentelsaz, Lola, Herminia, Carmen y Marisol dicen entre risas que en Milmarcos «les han copiado, la mingaña es de aquí y el baile del pollo también».Herminia solo sabe alguna palabra suelta, incluso algún taco, pero su padre si usaba este lenguaje.  Y José María, más conocido como El Sardina, recuerda sobre todo los piropos a mujeres en mingaña.
Entre ambos pueblos siempre ha habido «piques» y enfrentamientos. Es algo que no niegan ni unos ni otros, aunque los de Fuentelsaz quieren dejar constancia aludiendo a que en Milmarcos no había ni esquiladores y cardadores porque según mujeres como Herminia, «eran más ricos», los maridos no tenían que dejar el pueblo para marchar a esquilar fuera. Hoy en día es un oficio prácticamente extinguido pero, en su momento estuvo muy bien pagado. Por eso, los hombres dejaban su casa y a sus mujeres para marchar unos meses en cuadrilla a otras tierras y «así, ganar un dinerillo», subrayan Carmen y Soledad.    
Ahora, para no olvidar esta jerga algunos del pueblo han creado un grupo de whatsApp en el que practican en mingaña. Todos ellos coinciden en la labor de Blanca Gotor en su mantenimiento. En el propio Maratón de Cuentos se han narrado historias en esta jerga. Entre las palabras más pronunciadas:  Juanmonda (esquilador), mondar la pelusa (esquilar), morchete (vino),  garrapasio (frío), marmón (hombre) y escacha (mujer).
Patrimonio inmaterial. En el lavadero se rinde homenaje en mingaña a las lavanderas de Fuentelsaz. «Me gustaría que esto no se perdiera e impulsarlo porque se está perdiendo. La gente mayor va muriendo y los jóvenes no lo aprenden» dice Pardos, convencido de que «una lengua, si se deja de hablar, se muere». No repite de alcalde. El próximo 15 de junio entregará el bastón de mando pero no tiene duda de que sería bueno seguir trabajando para que algún día se pueda declarar la mingaña patrimonio inmaterial.

El cartel que reza en este lavadero de Fuentelsaz dedicado a las lavanderas está en mingaña. Javier Pozo
El cartel que reza en este lavadero de Fuentelsaz dedicado a las lavanderas está en mingaña. - Foto: Javier Pozo