La senda de las cien moreras es más vieja de lo que parece

A.de Mingo
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La senda de las cien moreras es más vieja de lo que parece - Foto: Yolanda Lancha

Hace casi 250 años, el cardenal Lorenzana costeó la instalación de paseos con álamos negros en la Vega Baja, cuyo mantenimiento procedía de la renta del aguardiente. Arrancarlos podía acarrear penas de destierro y presidio en África.

La creación de sendas arboladas en la Vega Baja, como la que actualmente está siendo instalada entre los barrios de Santa Teresa y el Campus de la Fábrica de Armas, es mucho más antigua de lo que cabría suponer. La iniciativa, de hecho, cumplirá pronto 250 años, cuando Francesco Sabatini, arquitecto de la Real Fábrica de Espadas, recomendaba su instalación para «el alivio de los operarios y habitantes en el referido edificio, procurándoles el abrigo contra los ardores del sol en tiempo del estío, en cuya temporada son excesivos los calores que experimentan del resol en todo el tránsito de la Vega que media entre esa ciudad y la Fábrica».
Según han estudiado especialistas como Mariano García Ruipérez y Francisco García Martín, se debe al cardenal Lorenzana la instalación de un millar de álamos negros procedentes de los viveros de Aranjuez, los cuales comenzaron a plantarse aquí el 13 de enero de 1781.
Previamente «fue preciso igualar y combinar las irregularidades del terreno de la Vega por medio de una exacta nivelación, lo que con cerca de 200 hombres -recoge la amplia documentación conservada en el Archivo Municipal- se va ejecutando a mucha costa». El número de operarios trabajando juntos llegó a alcanzar los 450 en un solo día.
No conocemos quién estuvo al frente de estas tareas, aunque sí las características del primitivo paseo, cuya longitud alcanzaba 1.830 varas castellanas de longitud (alrededor de kilómetro y medio). Tenía tres calles, siendo «la del medio para los coches y dos colaterales para la gente de a pie, con tres plazuelas a diferentes distancias».
Este primitivo esquema se ramificaría con rapidez. El 17 de marzo de 1781 se doblaba el número de árboles «en otras calles que han formado, además de la principal desde la puerta de Bisagra hasta la Real Fábrica de Espadas». Se trataba, nuevamente, de álamos negros. Las moreras estaban entonces no tan extendidas por la Vega Baja como por los sotos de Azucaica (unas 30.000, según el Catastro de Ensenada) y el Real Sitio de Aceca.
Desde tiempos de Felipe V se pretendía, con gran dificultad, fomentar el plantío de esta especie en un contorno de hasta tres leguas alrededor de Toledo. En el siglo XVIII sería fundamental para su desarrollo, con el objetivo de impulsar la entonces importante industria sedera, la figura de Bernardo de Rojas y Contreras. Según sus estimaciones, en 1.318 hectáreas podían producirse hasta 86.150 moreras, siendo entregado cada plantón a sus dueños a real por unidad.
Visto el interés económico que suponían las plantaciones -el álamo negro, más duro que la morera, tenía diversas aplicaciones y era criado por el propio Lorenzana en los viveros del palacio arzobispal de La Ventosilla-, no extrañan bandos como el que emitió el 31 de enero de 1781 el alcalde Pedro León García. Y es que arrancar, cortar o herir los árboles de la Vega Baja podía llegar a suponer a los toledanos de sangre noble penas «de destierro de diez leguas en contorno de esta referida ciudad, la Corte y Sitios Reales», más la obligación de reponer «por cada árbol tres a su costa» hasta su «tercera verdura», es decir, hasta tener pruebas de que hubiesen arraigado con seguridad. Peor era la suerte de los plebeyos, que de ser sorprendidos haciéndolo podían ser condenados a «cuatro años de presidio, en los de África» (con la amenaza de sufrir «la más rigurosa pena» en caso de reincidencia).
Lo mismo que el Ayuntamiento, también el Consejo de Castilla dedicó sus esfuerzos a proteger la nueva alameda, nombrando responsables de su estado de conservación como Antonio Guilleman, ingeniero de la Real Fábrica de Espadas. Siguieron a este regidores municipales, como Simón Falceto (1793), de los cuales ha dado cuenta Mariano García Ruipérez. «En 1787 existían en el paseo de la Vega no menos de 2.400 árboles, en su casi totalidad álamos. A las tres calles primitivas se unieron otras dos, costeadas por los canónigos José de Lorenzana y Francisco Pérez Sedano. Una de ellas comunicaba la Real Fábrica con la basílica de Santa Leocadia».
Un proyecto mucho más complejo y ambicioso de lo que cabría imaginar, aunque los problemas del riego, repoblación y contratación de guardas -además de un hortelano especializado que se convertiría, apunta Francisco García Martín, en «el primer jardinero público del que tenemos noticia en la ciudad»- llegaron a ser un problema.
«El terreno compacto y poco arenoso de dicha Vega -según se animaba al Ayuntamiento a sostener el gasto- ofrece la gran ventaja a favor de los árboles de poder conservar las humedades de las lluvias del invierno, por lo que no necesitarán de un continuo riego». Obviamente, «es muy necesario que se rieguen los dos o tres primeros años, lo menos dos veces a la semana en los meses de julio, agosto y septiembre». Esto «forzosamente producirá algún gasto», pero «por la proximidad al río se podrá ejecutar por aguadores, pues pagándose como se paga el agua a cuarto la carga, podrá subir el riego a 50 doblones cada verano, gasto verdaderamente bien módico para esa ciudad».
Efectivamente, el riego de estos primeros plantíos dependió de los Propios municipales y del impuesto sobre el aguardiente. Más adelante, hasta la construcción de la «Mina del Corregidor» en 1829 (que conducía el agua del Tajo desde la zona de la Estación de Autobuses hasta el barrio de Los Bloques, en Santa Teresa), sería necesario recurrir a ingenios hidráulicos de escasa efectividad, como los propuestos por Manuel Antonio Carbonero o Pedro Singler. Este último, uno de los principales oficiales de albañilería empleados en la ejecución del nuevo edificio de la Universidad, llegaría a enviar a Madrid, sin éxito, una maqueta de un ingenio de su invención para que lo examinase la Real Academia de San Fernando.
Con respecto al proyecto de Carbonero, el Archivo Municipal conserva dos planos, uno de ellos una conocida representación «de la vista de la Vega, que llaman de los Bartolos de la ciudad de Toledo» (por el convento de frailes Mínimos de San Bartolomé, construido entre los restos del Circo y desaparecido a comienzos del siglo XIX). Se trata de una vista de pájaro que, a pesar de sus licencias topográficas, permite apreciar a la perfección el conjunto de caminos que recorrían la Vega Baja en 1798.
Alrededor de ésta, siguiendo la dirección de las agujas del reloj, pueden apreciarse las puertas de Bisagra y del Cambrón, el convento de Agustinos (ya próximo a su desaparición), el Baño de la Cava (donde su responsable pretendía instalar el «Artificio hidráulico»), el Cristo de la Vega (con sus huertas), la Fábrica de Espadas, San Pedro el Verde, San Bartolomé (también pocos años antes de su destrucción), la Venta de la Esquina y el Hospital Tavera. El diseño incluye ya una serie de «canapés» -es decir, de bancos públicos- situados entre las dos puertas monumentales.
A pesar de que el Consejo de Castilla siguió velando por el estado de los plantíos hasta la Guerra de la Independencia, lo mismo que haría después la Real Sociedad Económica de Amigos del País, la situación posterior no fue demasiado halagüeña para la alameda. Felipe Sierra mencionó el 5 de febrero de 1824 que «los presos que están destinados al grillete abriendo los hoyos en la Vega para plantar árboles» descubrieron una sepultura cuádruple a la altura del Circo. Cinco años después, la Mina del Corregidor permitía un mejor acceso al agua.
En 1847 tuvo lugar una remodelación de los paseos de la Vega que Pascual Madoz mencionaría dos años después en su Diccionario. En ella se señalaba por primera vez un itinerario «plantado de moreras», es decir, alineado mediante esta especie, en lugar de álamos negros. A partir de entonces, la prensa local insistirá en la necesidad de preservar estos árboles (testimonios parejos a los fallidos intentos de resucitar la industria sedera) y en criticar la falta de control por parte del Ayuntamiento.
Ya a comienzos del siglo XX, La Idea se congratulaba de que «las moreras de la Vega Baja se encuentran exuberantes de hoja y abundantes de fruto»; lamentaba este periódico, no obstante, que «probablemente no servirán para nada, porque los muchachos, en persecución de las moras, cantean y destrozan el árbol». Se temía que la pérdida de hojas fuese grande y éstas no pudieran aprovecharse para la cría del gusano de seda. «Aún pudiera remediarse el mal si los guardas municipales vigilaran la conservación de un árbol que por sus aplicaciones futuras en este país podemos llamar precioso».
De poco servían las denuncias. El mismo periódico informaba poco después del «disgusto de ver al pie de los mismos árboles grandes ramas desgajadas de dos de ellos, los chicos subidos en los árboles y los guardas brillando por su ausencia». Otro testimonio, el 13 de junio de 1908, en El Día de Toledo: «Continúa el desmoche de las moreras de la Vega Baja, no ya por muchachos y zagalones, sino por hombres que arrojan a los árboles bastones, piedras y palos para que no solo caigan hojas y frutos, sino para estropear el vegetal».
El afán por las moreras no iba dirigido tanto hacia los frutos (de poco serviría esto en la actualidad, ya que se ha elegido para las moreras que cruzan la senda Vega Baja la variedad Morus Alba ‘Fruitless’) como hacia las hojas. Estas eran alimento para los gusanos de seda, que en determinados momentos -el efímero impulso que dio el marqués de Amurrio a la industria sericícola en el monasterio de San Bernardo, con apoyo de Alfonso XIII, en el primer tercio del siglo XX- podían contribuir a sostener una familia pobre. Federico González Plaza, en El Castellano, expresaba de hecho con asombro lo que podían llegar a conseguir algunos niños con el comercio de las hojas de morera en algunos pueblos de Murcia: «¡70 u 80 duros en un par de meses que gana la gente menuda de un hogar pobre! Eso no lo gana por estas tierras en todo el año el jefe de una familia».