Solidaridad extrema

Jonatan López
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Solidaridad extrema

El escalador Pedro Cifuentes relata el accidente que sufrió Jesús Gutiérrez Rey en el campo de hielo de la Patagonia y la posterior odisea en el hospital hasta su traslado a España

Hay que estar hecho de una pasta especial para jugarse la vida por otro ser humano. Hay que tener un espíritu altruista y generoso para soportar condiciones extremas y ayudar a un desconocido o amigo que se encuentra en una situación de vida o muerte. La historia del montañero conquense Pedro Cifuentes y de su compañero Jesús Gutiérrez Rey Susi, ocurrida el pasado 22 de enero en el campo de hielo de la Patagonia Sur, es un buen ejemplo para dignificar el papel de todo aquel que pone en peligro su propia vida para socorrer a quien está al borde del abismo.
Treinta y cinco días, con sus numerosas horas de desvelo y preocupación pasaron Cifuentes y Gutiérrez Rey en un hospital de El Calafate (Argentina) tras el accidente del segundo, que estuvo a punto de costarle la vida. Todo por tratar de rescatar a a otros dos montañeros brasileños que se encontraban perdidos en el Fitz Roy.
Y es que los valores de la solidaridad, cuando se trasladan a miles de metros de altitud, están muy por encima de cualquier interés particular. Se trata de aplicar los códigos naturales de la montaña para salvar vidas humanas.
De esto saben mucho los integrantes y valientes de esta historia que concluyó con final feliz, aunque bien es cierto que pudo haber acabado con otro desenlace totalmente opuesto. Cifuentes, Jesús –que había acudido hasta El Chaltén para ayudar al conquense a portear el material de escalada– y Rubén Crespo –un cámara de Rentería (Guipúzcoa) que grababa un vídeo de la hazaña–, son los protagonistas de este episodio que tuvo en vilo a la ciudadanía.
Al rescate. La odisea comienza una tarde de enero, mientras los tres preparan el material para acometer el tercer intento de travesía del Fitz Roy. Uno de los dos alpinistas de nacionalidad checa, que trataban de escalar la cima del cerro en esos días, ha fallecido por hipotermia. Su compañero, superviviente, logra llegar con vida a El Chaltén para dar la triste noticia.
Al tiempo, otros escaladores italianos que habían escalado la montaña dan fe de haber visto con vida a los checos y a otros dos escaladores de Brasil. Estos últimos tampoco han regresado.
«A los brasileños les conocía del año pasado. Eran amigos, pero aunque no les hubiese conocido habría actuado de la misma manera», dice el de Palomares del Campo, que narra que la doctora de El Chaltén le llama para rescatarles. «Como conocía la zona y Rubén tenía un dron, pensó que era buena idea subirlo para ver si se les podía localizar», cuenta.
Dos expediciones, una formada por los escaladores italianos y otra por los tres españoles y varios vecinos de la localidad patagónica, salen a las 11 de la noche. En una hora ya están a los pies de la cordillera e inician el ascenso hacia la zona en la que se presupone que se encuentran los brasileños. «Tardamos como una hora y media en llegar a campamento Poincenot y luego nos desplazamos hasta la laguna de los Tres», dice Cifuentes, que relata que «estaba nevando y nos pusimos las botas de alta montaña con los crampones. Ahí se cayó Jesús».
El grupo recorre una pequeña montaña, a 30 metros por encima de las aguas gélidas del lago. Una cuerda les permite atravesar este paso obligado, pero Susi resbala, pierde el pie y una ráfaga de viento le arroja al vacío. «No te lo puedes imaginar. Jesús nos pasó por encima y cayó rodando, golpeándose en las piedras que eran como cuchillos, hasta que cayó al agua».
Cifuentes rapela apresuradamente por la cuerda para socorrerle y cuando llega abajo le pregunta: «¡¿Cómo estas, Jesús? Hay que salir rápido del agua!». Susi le contesta: «¡Estoy vivo!». El montañero conquense le coge por la mochila y le saca del lago. «Si está dos minutos en el agua se habría muerto de hipotermia», afirma.
Tras izar al alpinista toledano con una cuerda, colocan a Susi en una pequeña tienda de campaña con varias prendas y sacos de dormir para recuperar el calor. Los dolores son insoportables.
Es aquí donde Cifuentes relata que el botiquín que lleva consigo vuelve a salvarle la vida. «Le di fentanilo, un medicamento que es cinco veces más fuerte que la morfina, y una inyección de fentanex. Si esos dolores no se le hubiesen quitado se habría muerto».
Hubo que esperar varias horas, hasta que a las ocho de la mañana llegó un equipo provisto de camilla para inmovilizar al accidentado y trasladarle hasta El Chaltén. De ahí, se le derivó rápidamente hasta el hospital de El Calafate, a más de 200 kilómetros de distancia y el más próximo de la zona, donde se confirmó que las heridas eran de extrema gravedad.
días de incertidumbre. El primer escáner desveló que el de Illescas sufría varias costillas rotas con neumotórax, un corte profundo y abierto de codo, hematoma en el cuádriceps y una fractura múltiple en el tobillo, «y allí nadie se responsabilizaba», dice.
Luego llegaron esas largas jornadas de espera, de atención a los medios, de problemas burocráticos entre la Federación de Montaña de Madrid –de la que forma parte Jesús– y la compañía aseguradora, y una larga espera. «Pasan los días, ves que la gente se relaja y lo que era noticia ya no lo es. Tú haces lo que sea para sacar a Jesús de allí y nadie hace nada», comenta aún consternado. «Yo no quise contárselo a Susi, pero estaba todo el día discutiendo con los médicos, con la Federación de Madrid y con el cónsul. Me sentí muy decepcionado», apunta.
Hasta que llegó el día en que la empresa aseguradora dio su visto bueno, gracias a la presión que ejerció la Federación de Montaña de Castilla-La Mancha, para trasladar a Gutiérrez Rey a España. «Treinta y cinco días para hacer algo que se podía haber hecho en un día», cuenta el escalador conquense con cierto tono elevado.
Ahora, tras la operación a la que fue sometido su compañero, comenta que se encuentra descansando en su casa de Illescas, tratándose de recuperar de secuelas graves y... ¿Por qué no?, volver a la montaña lo antes posible.
También se repone el escalador conquense, quien aún arrastra una neumonía, y recobra fuerzas para seguir afrontando desafíos. Eso sí, reflexiona sobre la fugacidad de la vida, «que en un segundo puede escaparse». Asegura estar «muy orgulloso» y dice haberlo «dado todo» para que Jesús se recupere en España. «Hemos conseguido volver vivos y amigos, que no es poco. Lo último es hacer cumbre», concluye.