Elisa, una 'poli' veterana con ganas de calle

M.G/Toledo
-
Elisa Marín. - Foto: David Pérez

Se empeñó desde muy joven en entrar en la Policía Nacional y aprobó las oposiciones con veinte años. Es la mujer en activo más antigua de la Jefatura de Toledo. Recuerda anécdotas de los años en los que se obligaba a las mujeres a utilizar tacón

A bordo de un talbot horizon, de marrón de arriba a abajo y con zapatos de tacón. Patrullar por las calles de Tenerife así no resultaba sencillo, pero trabajar de prácticas como policía nacional y estar en la calle en contacto con la gente compensaba el dolor de pies y cualquier otra incomodidad.
«Algunas intervenciones te impactan porque somos los primeros en acudir a accidentes, suicidios y todo tipo de emergencias». A Elisa Marín le costaba desconectar cuando entraba en casa, pero su vocación era testaruda y salió reforzada cuando comenzó a trabajar en radiopatrullas con aquel uniforme marrón pasado de moda, su pelo castaño recogido y un poco de maquillaje discreto para comenzar el día. Con lo que no podía, aunque tampoco se quejaba, era con aquellos zapatos de tacón «de mala calidad» que tenía que llevar durante el turno, tuviera que correr, caminar o estar de pie.
«No era nada operativo», recuerda con una sonrisa que le devuelve a esos pies doloridos. «En una intervención tuve que correr dos o tres kilómetros con tacones y al día siguiente fui al médico porque se me habían abierto las plantas de los pies». Aquel suplicio comenzó en la Academia de Policía de Ávila. «En las prácticas también llevábamos aquellos zapatos de tacón y era muy incómodo. Cuando teníamos que saltar de un furgón yo solía encoger los pies y poner los dedos en garra para evitar que se me salieran los zapatos». Aun así, sobrellevó las férreas normas sobre el calzado durante prácticamente dos años, ya que únicamente se podía llevar zapato bajo mediante un informe médico que acreditara que no se podía usar tacón.
Quizá Elisa no se dio cuenta de lo que le esperaban a sus pies tras ingresar en el cuerpo porque lo importante fue cumplir su sueño, aprobar la oposición en 1987 al tercer intento, tras meses de estudio y de una dura preparación física en su pueblo natal, Villasequilla. Ese año salieron  700 plazas y el 10% fueron ocupadas por mujeres.
«Siempre me han atraído mucho los cuerpos de seguridad y el ejército, pero en aquella época únicamente se podía entrar en la Policía Nacional y presenté una instancia, también otra para ser matrona de la Guardia Civil», la única manera de entrar en el cuerpo armado. Elisa tuvo que esperar a cumplir los veinte para pensar en su futuro laboral porque para esa primera oposición de la Policía Nacional que ya contó con mujeres en 1984 era muy joven.
el comienzo. Quizá Elisa era peculiar en su pueblo. Se levantaba muy temprano y se marchaba a correr por el camino del cementerio a primera hora. «En aquella época no se practicaba deporte y verme a mí corriendo sorprendía. Sólo me encontraba tractores y gente trabajando en el campo que luego le decían con extrañeza a mi familia que me habían visto, como si fuera un bicho raro».
Prepararse las pruebas físicas exigía mucha voluntad, algo de testarudez y ganas de entrenar «de forma rústica». Así que Elisa tampoco se lo pensó y colgó una soga a un árbol para trepar y conseguir buena nota en la oposición. «Todo era más difícil porque no había gimnasios ni academias para prepararse».
El deporte es fundamental en esta profesión a pesar de que una vez dentro del cuerpo la forma física es una cuestión personal. A Elisa le gusta y no para quieta desde hace años. Practica aerobic, pilates, zumba, sale a correr y siempre está dispuesta a embarcarse en rutas de senderismo.
Elisa lleva colgado el número uno por varias razones, ya que es la policía en activo con más edad en la Comisaría de la Policía Nacional en Toledo, puesto que hay otra compañera más antigua, pero está dedicada a labores de segunda actividad, y fue también la primera mujer de su pueblo que quiso dedicarse a este servicio público cuando pocas lo hacían.  
Incluso su madre intentó quitárselo de la cabeza en varias ocasiones «por ser una profesión de riesgo» en una época de una marcada actividad terrorista de ETA, pero Elisa siguió escuchando a su vocación  y no se arrepintió. «Cuando aprobé la oposición  mi madre y yo nos abrazamos y estuvimos llorando juntas», comenta todavía con cierta emoción y añoranza familiar. «Al principio fui un referente en el pueblo y se me acercaban chicas y chicos a preguntarme, pero muchos se desanimaron porque la oposición es dura».
Ahora tiene un trabajo más tranquilo como secretaria general de labores de gestión en Toledo, pero recorre sus años como policía  y se da cuenta que  han sido muy versátiles porque ha prestado servicio en la calle, estuvo destinada varios años en un departamento de informática, ha sido jefa de sala del 091, ha estado tiempo en la oficina de denuncias, también conduciendo presos...
trayectoria. Las fechas se van acumulando en su memoria, pero no se olvida de aquel 22 de enero de 1989, el día que juró el cargo como policía y se incorporó de inmediato a la Jefatura de Barcelona. No iba de nuevas, ya había pasado unos meses en Tenerife aprendiendo a desenvolverse en las intervenciones.
«Algo muy significativo para mí ha sido comprobar cómo va avanzando la sociedad» explica Elisa, sobre todo, en relación a la violencia de género. «En Tenerife tuvimos un caso de una mujer maltratada, pero no había los mecanismos actuales». La imagen era lamentable. Aquella víctima se vio sola en una comisaría, con tres niños pequeños, sin prisa, sin saber dónde ir ni cómo afrontar aquella situación.
«Se te caía el alma a los pies viendo que no tenía dónde ir y mi compañera de piso y yo nos los llevamos a casa durante unos días». Enseguida el jefe se enteró «del gesto altruista», felicitó a ambas y comentó «que le había conmocionado» aquella buena acción.
Barcelona fue un destino importante durante cuatro años, pero no figuraba el primero en su cabeza porque Elisa hubiera querido incorporarse en Pamplona, pero por cuestiones laborales de su pareja de entonces no pudo. «Llegamos a Barcelona 300 y nos distribuyeron por distintas comisarías». Elisa soñaba con el servicio de radiopatrulla, pero en la delegación de informática necesitaban a quince policías con experiencia y ella era programadora del sistema Cobol y entró directa en aquel departamento en el que se encargó durante tiempo del servicio técnico y de impartir varios cursos.
En los años 90, Barcelona también era objetivo terrorista, sobre todo, por la cercanía de los Juegos Olímpicos. «Había muchas medidas de seguridad, hubo varios atentados», recuerda. «Se pasaba miedo, aunque te acostumbras a cambiar de itinerarios y de horarios y a mirar los bajos del coche». Incluso se instaló un detector en el coche que le pegó más de un susto al pitar como falsa alarma cuando estaba en casa.
ETA era fuerte y tenía en mente atentar en las Olimpiadas. Elisa recuerda que se detuvo a un comando itinerante y se intervino la furgoneta con la que pretendían cometer atentados.
De Barcelona también tiene anécdotas. Durante las elecciones generales de 1989 tuvo que prestar servicio en un colegio electoral y fue la única policía vestida de marrón de toda la ciudad. Ese día le preguntó mucha gente a qué cuerpo de seguridad pertenecía. «Todavía no me había llegado el cambio de uniforme y me presenté así».
Madrid se convirtió en su siguiente destino durante nueve años, entre 1993 y 2002. Llegó embarazada de su primera hija y pasó directamente a un puesto de oficina. De estos años no guarda tan buen recuerdo como de Barcelona porque regresó a Villasequilla y se pasaba mucho tiempo en la carretera todos los días.  Ascendió a oficial y nació su segundo hijo en esos años.
El siguiente y último traslado fue a Toledo el 30 de junio de 2002. Y volvió a la calle, al contacto con el ciudadano y a desempeñar otros muchos servicios en todos estos años. Sin embargo, echa en falta haber escalado más en el cuerpo o haberse dedicado a otras funciones. «Me hubiera gustado estar en los zetas, en las UIP y en guías caninos, pero antepuse mi vida familiar», comenta Elisa sin arrepentimiento y se le aniña la cara cuando habla de sus dos hijos.
igualdad. Arrojo y mucha psicología inversa, sobre todo, para aplicarla  con los detenidos, han sido sus buenos ingredientes para capear algunas actitudes machistas y paternalistas. «A las primeras mujeres policías nos tocó demostrar que éramos capaces. Éramos muy echadas para adelante y contestábamos cuando algunos policías nos decían en una intervención que nos quedásemos detrás. No lo hacíamos».
En general, Elisa dice que ha tenido mucha suerte porque siempre ha trabajado «con unos compañeros estupendos». Pese a todo, también ha sufrido algún rechazo. «Algún policía llegó a decir en alguna ocasión que no quería prestar servicio con una mujer. También en alguna ocasión yo contesté que yo tampoco quería prestarlo con un hombre ni con una mujer, sino con un policía».
Elisa no es de colgarse medallas, pero ya tiene cuatro, una al mérito policial por su trayectoria, y tres más por sus años de servicio, la de los 20, los 25 y los 30 años. Y va a por la de los 35 años en activo porque no tiene pensado pasar a segunda actividad.