El libro de la desvergüenza

Antonio Pérez Henares
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Firmado por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, escrito por Irene Lozano, se trata de una obra que habría de abochornar y avergonzar a ambos políticos. Por lo que han hecho, por cómo lo han hecho y por lo que se descubre de sus personas

El libro de la desvergüenza - Foto: Eduardo Parra

L o primero, por la parte que a Sánchez toca, es su desfachatez absoluta, siguiendo la estela de la tesis de corta y pega, plagio en román paladino, buscándose quien se lo guise, un negro en el lenguaje del gremio de los escritores, negra en este caso por aquello de su feminismo pregonado. Lo que le sigue en la secuencia es aún más reprobable, pues ello conculca todavía más aún preceptos de mínima honradez y ética. Nombrar a la susodicha amanuense, a razón de 110.000 euros al año, para un cargo donde antes no había cobranza, y así pagarle con el dinero de todos, pues en su presunto cometido, España Global, creo que se llama la secretaria de Estado, más bien prebenda, es notorio y constatable que no ha dado palo al agua. La tercera derivada será la de cobrar de la editorial si es que ya no se ha cobrado por adelantado aunque no sabemos, pues lo callan, cuánto ni quiénes. ¿Él? ¿Ella? ¿Ambos?
Tras ello, es hora de entrar en el relato y el estilo de lo publicado. Y ambos se conjugan en él para lograr una verdadera bazofia tanto en forma como en contenido. El texto es de una ridiculez, endeblez y simpleza extremas, trufado tanto de soberbia como de ñonería, desde el chocarrero y delirante comienzo, que además ha resultado falacia, del colchón (Rajoy lo había donado y el protocolo limpiado y pintado las paredes de la estancia) pasando por las todas y cada una de las situaciones donde la autoalabanza, el narcisimo, la petulancia y la egolatría concluyen, sin casi, en lo mas parecido a la deificación. Ese «Soy quien soy», como de Yavhe a Moises en el Sinai, en su caso Pedro a un taxista, es el preludio de hacerse levantar estatuas a uno mismo y, de paso, a la perrita, ya que no tiene, aún, caballo. 
El efecto conseguido con ello, aunque lo pretendido sea publicidad y propaganda que en efecto es indudable que ha logrado, puede y para mí que está siendo, el más contrario y lesivo. Eso de que «hablen de uno aunque sea mal» no es más que una frase y no precisamente lo mejor que puede pasarle a quien hay que votar mañana. Sobre todo, cuando ese hablar mayoritario lo que transporta es la mofa, la burla y el escarnio. Porque es digno de mofa y befa en muchos pasajes y porque añade algo aún más nocivo. El destapar a un personaje tan pagado de sí mismo como grotesco y engolado. Que, además, demuestra una supina incultura cuando se intenta poner pretenciosamente en pose culta y confunde, en su más mentada frase, a Fray Luis de León con San Juan de la Cruz, o atribuye a Einstein una cita de Heminway, y lo que descubre es a un ser tan fatuo como romo de sustancia y de lecturas.