James Bond a la toledana

Adolfo de Mingo
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La muerte se llama Miriam (Eugenio Martín, 1965) trasladó al Toledo de los Reyes Católicos los elementos básicos del cine de espías. Su protagonista, Stephen Forsyth, figuraba en el cartel como si de un 007 del pasado se tratara

James Bond a la toledana

De todas las coproducciones internacionales filmadas en el Toledo de los años sesenta, La muerte se llama Miriam -cuyo título original era en italiano L’uomo di Toledo- es una de las más singulares. Esta película de ficción histórica con ciertas dosis de parodia -una película de espías ambientada en la Castilla de finales del siglo XV, a imagen del 007 que triunfaba en las pantallas de medio mundo- tuvo como director a Eugenio Martín (Ceuta, 1925), quien pocos años después realizaría, con Christopher Lee, Peter Cushing y Telly Savalas, ese título de culto del cine de horror llamado Pánico en el Transiberiano (1973). Otras películas de su reducida pero sabrosa filmografía fueron Los corsarios del Caribe (1961), Hipnosis (1962) o Duelo en el Amazonas (1964), sin olvidar La vida sigue igual (1969), protagonizada por Julio Iglesias, o spaguetti westerns como El precio de un hombre (1966), Réquiem para el gringo (1968), El hombre de Río Malo (1972) o El desafío de Pancho Villa (1975), entre otros.
La muerte se llama Miriam traslada a los espectadores al Toledo de 1480, concretamente al palacio de un poderoso noble llamado don Pedro de Borja, conde de Mayo (Gianni Solaro). Allí se están firmando las capitulaciones para la boda de su hija, Isabel, con don Pedro de Mendoza. Al culminar con un brindis el pacto familiar, el padre del novio, Alfonso de Mendoza (Nerio Bernardi), muere envenenado. El suceso, cuyo culpable parece ser un encapuchado con un guantelete de armadura cubierto de mortales puntas, llega a oídos de los Reyes Católicos, quienes acuden al capitán Miguel de Fuentes (Stephen Forsyth) para investigar el misterio y proteger el secreto de una poderosa arma que daría la victoria final a los cristianos en la Guerra de Granada.
Esta no es sino el fuego griego, la famosa sustancia inflamable que tan gran poder brindó al ejército bizantino. Según el armero del rey, don Rafael Moreno (Aldo Cecco-ni), «hace más de quinientos años el emperador Constantino VII ordenó cortar la lengua y sacar los ojos a quien revelase el secreto de este arma terrible». Uno tras otro, todos los testigos de la boda de doña Isabel de Mayo -quienes a su vez son amantes de Miriam, espía en Toledo del rey de Granada- acaban siendo asesinados. Finalmente solo queda uno, Ramiro Hernández de Julia, conde de Montelinar (Carl Möhner), quien a punto está de entregar la poderosa arma a los enemigos de Castilla.
Aunque más entretenida de lo que parece, La muerte se llama Miriam no pasará a la historia por la consistencia de su guion -con algunos momentos apreciables, como la trama de los conocedores del fuego griego-, ni tampoco por su realización -entre los títulos de crédito figura como ayudante de dirección el burgalés Antonio Giménez Rico-, ni por la química entre los actores, algo lógico en una coproducción entre Italia y España, con participación alemana. Por parte española, cabría destacar el trabajo de José Calvo (1916-1980), secundario omnipresente dentro del western español, que acababa de actuar en Por un puñado de dólares a las órdenes de Sergio Leone. Aquí interpreta al caballero santiaguista don Nuño de Altamira, cuyas hechuras parecen más bien las de un personaje de La venganza de don Mendo. En la misma línea aparece brevemente Cristóbal Colón, encarnado por el popular Manolo Gómez Bur.
Los episodios amorosos entre el joven capitán y la noble dama (o la desvergonzada criada, o la sensual Miriam, o la inocente joven árabe que quiere «tener un hijo cristiano») tampoco han envejecido bien, por mucho que aparezcan envueltos en el vestuario y atrezzo de los siempre solventes Peris y Mateos. Las escenas en estudio fueron filmadas en Cinecitta (Roma), Ballesteros (Madrid) y Cinearte (Madrid), con insulsos decorados de Enzo Constantini. Por el contrario, destacan los exteriores filmados en Toledo, como el castillo de San Servando (palacio de Alfonso de Mendoza), el palacio de Galiana (residencia del conde de Mayo), el castillo de Barcience (maestranza del armero Rafael Moreno), la plaza de Santo Domingo (taberna del Ciervo Rojo), el zoco instalado frente a la mezquita del Cristo de la Luz (aprovechando sus jardines y las vistas sobre la puerta del Sol), la sinagoga de Santa María la Blanca (casa de Miriam) y los puentes de Alcántara y de San Martín. También es posible destacar algunos planos en el Alcázar de Segovia, el castillo de Belmonte (Cuenca) y la madrileña Quinta de la Fuente del Berro.
Con respecto a los fantasiosos inventos de esta suerte de 007 medieval -el fuego griego convertido en balas de pistola, ballestas de mano envenenadas, culebrinas portátiles o una cripta cuyos mascarones disparan flechas-, bien podrían tener detrás al productor ejecutivo de la película, el cineasta y guionista madrileño José Luis Merino Boves (1927), prolífico realizador de películas de fantasía y acción durante los años sesenta y setenta. La banda sonora de La muerte se llama Miriam, que bien podría ser la de un spaguetti western, fue compuesta por el italiano Angelo Francesco Lavagnino (1909-1987), responsable musical de numerosas producciones de bajo presupuesto, entre ellas muchos peplums, pero también de grandes películas como Campanadas a medianoche (Orson Welles, 1965) o cintas de la talla de Commando (Frank Wisbar, 1962).