Sueños rotos

Marina Segura (EFE)
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Hicieron las maletas en busca de una vida mejor que la que dejaban atrás, pero el coronavirus se les ha cruzado en el inicio de su camino, les ha dejado al borde del abismo y sin ilusiones para seguir adelante

Sueños rotos - Foto: JuanJo Martín

Les ha pillado casi por sorpresa. La pandemia ha truncado sus sueños y les ha colocado en una situación precaria como la de miles de personas. La crisis provocada por el coronavirus ha multiplicado entre tres y cinco veces la demanda de ayuda de personas que, en muchos casos, nunca antes habían recurrido a organizaciones no gubernamentales, según explican David de Miguel, de Cruz Roja, y María Antonia Ruiz, de Cáritas Madrid. Es el caso de estas tres personas que testimonian el inicio de una nueva vida, en la que se cruzó este virus sin precedentes y que les han dejado al borde del abismo. En su mayoría carecen de apoyo familiar y sufren una total desmotivación por continuar el camino.
En palabras de la responsable de la oenegé diocesana, la actual situación ha traído una crisis socioeconómica «sin precedentes», tanto por el número como por el estrato social de los afectados y, asegura, que además es de «mayor calado» que la de 2008. «Estamos atendiendo a muchas personas que antes nunca habían tenido necesidad de recurrir a Cáritas. Tenían la vida más o menos solucionada, aunque cogida con alfileres, y con sus trabajos precarios y su economía sumergida salían adelante», relata.
Además de alimentación y medicamentos, la entidad está abonando muchos alojamientos de habitaciones, a cuyos inquilinos, puntualiza, los caseros «les están haciendo la vida imposible». Entre quienes se han quedado sin nada, Ruiz y De Miguel, director de Intervención Social y de Empleo de Cruz Roja, destacan repartidores en bicicletas, mujeres que ejercen la prostitución, empleadas de hogar, cuidadoras de mayores, cocineros, camareros y quienes se dedican a la venta ambulante. Son grupos, coinciden, que en su mayor parte están fuera del sistema de ayudas oficiales: «población invisible», puntualizan. Los servicios sociales están colapsados y «el incremento de la demanda estos últimos días es brutal», subraya De Miguel. 

 

Margarita. Empleada de hogar y cuidadora de ancianos

Días de tormenta que no cesan con su marido convaleciente

Es hispano ecuatoriana y reside en España desde hace 18 años. Margarita es madre de tres hijos, pero no pierde la esperanza durante los 20 días que su esposo, de 37 años, estuvo ingresado en la Unidad de Cuidados Intensivos a causa del coronavirus.
Fue uno de los primeros en contraer la enfermedad antes de la extensión de la pandemia en la Comunidad de Madrid. Al principio se le diagnosticó un simple constipado, pero su malestar fue progresivo hasta que sufrió una insuficiencia respiratoria y neumonía. «Fueron unos días de tormenta, que no paraban. No podía verle, pensé que se estaba muriendo. No me lo podía creer», recuerda con un llanto contenido, al detallar que en varias ocasiones le informaron de que quizá su marido no superaría la enfermedad y fueron unos días de incertidumbre total con un estado de salud crítico.
Empleada de hogar y cuidadora por horas de ancianos, actualmente se ha quedado sin nada de trabajo y no tiene ingresos económicos, dado que su marido aún continúa en estado convaleciente.
«Aguantamos con lo que tenemos ahorrado en la cuenta, pero va a durarnos muy poco si esto sigue así. ¿Qué vamos a hacer», aventura Margarita. 

 

Arley. Exmilitar de Infantería de Marina

El insomnio le invade con tantas preocupaciones económicas

Desde su llegada el 24 de mayo de 2019, este exmilitar colombiano de Infantería de Marina no ha parado de trabajar. Lo hizo en el sector de la construcción (cobraba 35 euros por una jornada desde las 9,00 horas a las 20,00 horas) hasta el mes marzo pasado y siempre ha vivido al día, ya que los pocos ahorros que conseguía reunir se los enviaba a su mujer e hijos en Colombia.
Tiene permiso de trabajo y el 31 de marzo tenía cita en la Dirección General de Tráfico (DGT) para homologar su carné de conducir e incluso varias empresas lo habían llamado para entrevistas laborales. Pero todo eso se lo ha llevado el coronavirus. Arley, de 42 años, no consigue conciliar el sueño por la preocupación.
«Todos los días transcurren esperando. Son demasiados largos, son días de 24 horas, porque prácticamente a uno se le quita el sueño», señala. «Las metas que yo traía, nada de lo que tenía pensado se ha cumplido en un año. Se vino todo abajo», agrega el exmilitar, que también trabajó de chófer de Uber en su país, de escolta y regentó un comercio propio.
Gracias a Cáritas puede comer y pagar los 260 euros del alquiler de abril de su habitación. «Este mes de mayo no sé si me van a poder ayudar», expresa.

 

Lola. Excamarera y limpiadora en hoteles

Comenzar de cero con dos maletas y la muñeca preferida de su pequeña

Llegó en febrero a Madrid con dos maletas, con la muñeca preferida de su hija de dos años y con la ilusión de comenzar de cero. Lola tiene 28 años, se separó de su marido en Almería y regresó a Madrid, su ciudad natal, para seguir con un tratamiento hospitalario de su pequeña, quien nació con un problema digestivo aún sin diagnosticar.
Carece de apoyo familiar y vive con una amiga en un piso de Villalba. Reconoce que está cansada y deprimida.
La joven, que ha trabajado de camarera y de limpiadora de habitaciones de hotel, cuenta preocupada que a los pocos días de volver estalló la crisis y no le dio tiempo a buscar empleo ni colegio para la niña para el próximo curso. Pese a que intenta aparentar fortaleza a través del teléfono tampoco esconde su angustia de verse en la calle, porque, dice, le «quitarían a la niña».
De Almería solo se vino con dos maletas, repletas de ropa de invierno, y una muñeca que "le encanta" a su hija, porque en el autobús no le dejaban cargar más bultos. Ha dejado en casa de su exsuegra la ropa de verano y el resto de juguetes, todas sus pertenencias.
También le preocupa a Lola, nombre ficticio, que en ocasiones la compañera con la que convive le hace notar que no se hace cargo de ningún gasto. «Intento no poner tanto la lavadora, ahorrar en la luz y en muchas más cosas», lamenta. Ahora, Cáritas le proporciona alimentación y más adelante la acompañará en su itinerario laboral.