El oasis Olmos en el desierto de 'El Cubo' en Añover de Tajo

Domiguín
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El novillero toledano Ignacio Olmos cortó la única oreja de la tarde en Añover de Tajo, exhibiendo una gran disposición. La escasa condición de la novillada para el lucimiento, condicionó el resultado de la tarde taurina en Añover de Tajo

Ignacio Olmos triunfó en Añover. - Foto: Antonio Almena

Los aficionados llegaban a la plaza de toros de Añover de Tajo, y se enteraban a última hora de un cambio en el cartel. El novillero Tomás Rufo, presentó parte facultativo y causó baja. El Ayuntamiento tuvo que emplearse a fondo para cerrar el cartel, y contó con la presencia del daimieleño Carlos Aranda que venía de tocar pelo de Las Ventas.
Buena entrada, en una tarde que amenazó lluvia y tuvo al viento como protagonista que irrumpió de manera traicionera en distintos pasajes del festejo. Minuto de silencio se guardó tras el paseíllo por el fallecimiento de la hija del corralero que fue correspondido al final con una atronadora ovación del respetable.
La tarde al final se la llevo el paisano Ignacio Olmos. Se había ganado el puesto por derecho propio, por su aclamado triunfo de 2018, y pisaba la arena con esa responsabilidad añadida. En primer lugar, sorteo un utrero basta que venía como sobrero, pero que al lesionarse un titular en el encierro tuvo que enlotarse con sus hermanos. No se definió de salido el negro burel, que fue cogiendo de manera remisa las telas de olmos hasta acabar en el caballo. Brindo en agradecimiento al pueblo de Añover y atemperó al novillo por bajo junto a tablas. Luego el toreo fundamental estuvo basado en bajar la mano y acoplar lo brusco que el animal que siempre salía por encima del estaquillador. A base de firmeza lo fue metiendo en el canasto, refrendando la labor con una estocada que le valió para cortar el único apéndice del festejo.
Si hubiese acertado con los aceros en el que cerró el festejo, a buen seguro hubiese salido en volandas del coso, pero la cosa se torció. Todo aquello que demostró en la arena, echo por traste el no refrendar con la suerte suprema. Recibo capotero al son de la “jota”, entre algarabía y bailes que entonaron al público en una faena intensa. Derechazos largos en tandas cortas que llegaban al tendido, naturales que paraban el tiempo, arrastrando la pañosa por el albero al son del pasodoble “Morante de la Puebla”, hacían presagiar un éxito seguro. Pero los trofeos exigen el refrendo de la tizona, y esta no quiso entrar en su momento, dejando el candado de la puerta grande echado para otra ocasión.
Carlos Aranda entro en la novillada vía la sustitución. Un parte médico de última hora le coloco a la cabeza del cartel. Animoso recibo al primero del festejo y con la muleta demostró el oficio que tiene aprendido. Llevo la embestida del colorado de “El Cubo”, todo lo lejos que le permitían los trastos. Primero encajado por bajo, para luego hacer el toreo fundamental de manera limpia, pero con falta de encaje. Gustó el cierre de su faena, con gusto y torería, emborronando con los aceros el esfuerzo realizado. El cuarto fue el de más cuajo del encierro, que dio un susto tremendo a Aquilino Girón al intentar hacerle un quite. El animal de buena condición y transmitiendo tuvo delante a Aranda con voluntad y ganas de ganarse el premio del público, pero tras otra faena correcta, no dio con el animal en el suelo a la primera, lo que dejo en nada lo que olía a triunfo.
Aquilino Girón de echo rodilla en tierra para enseñar a los aficionados de Añover sus ganas y voluntad. Eso lo demostró todo el festejo, topándose en primer lugar con un novillo de escasas condiciones que acuso su encuentro fuerte con el caballo. En el que hizo quito, rozo a una mayor altura, dejando por momento alguna tanda lucida y apreciada por los aficionados. El comienzo en el centro del anillo pasándose el animal por la espalda, caldeó el ambiente a su favor, pero el novillo no desarrollo lo que se esperaba de él. Le falto al astado continuidad y repetición y querer coger los engaños por bajo, saliendo siempre desentendido de la muleta. Manoletinas ajustadísimas para acabar de una estocada en la que se volcó en el morrillo del animal, saliendo trastabillado en lo que todos pensaban que llevaba la cornada segura en su muslo. Todo quedo en el susto y la dilatada faena de que el novillo cayera, lo que enfrió a los espectadores en su posible petición de premios.