The eye se fija en Toledo

Francisco J. Rodríguez
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Roberto Polo se define como un «investigador del arte». - Foto: Yolanda Lancha

El coleccionista vive desde hace tiempo en la ciudad y la ha elegido, junto a Cuenca, para depositar el inmenso legado artístico que ha logrado reunir en una vida más que azarosa

Su herencia cubana le delata. Es un gran conversador. No rehuye el diálogo. Siempre está dispuesto a aportar un dato, una referencia, algo con lo que recompensar al oyente. Es un pedagogo empedernido en constante evolución. Así concibe él la vida, como un continuo aprender. Nunca ha dejado de hacerlo y ahora, camino de los 68 años, que nadie piense que Roberto Polo viene a Toledo a saborear una merecida jubilación. Ni mucho menos.
Desde hace meses disfruta dando paseos por las vegas del Tajo. Mira las aguas del moribundo río, contempla la ciudad y pone sus pensamientos en orden. Es uno de sus escasos momentos de silencio, aunque no deje de hablar consigo mismo. Pero, ¿quién mira a quién?
Polo y Toledo se están conociendo. Han entablado discurso. Tienen mucho que contarse. El próximo 27 de marzo abrirá sus puertas en el antiguo convento de Santa Fe el nuevo Centro de Arte Moderno y Contemporáneo de Castilla-La Mancha. Llevará además el nombre de ‘Colección Roberto Polo’, por lo que la exigencia es máxima. Allí se podrán ver 471 piezas de uno de los coleccionistas más reputados del mundo. Artista, historiador, mecenas y filántropo. Por ese mismo orden existencial.
En España no gusta llevar tanto adjetivo, eso es más propio del mundo anglosajón, así que por concretar se podría decir que Roberto Polo es, eminentemente, autodidacta. Nunca le ha gustado cantar la misma canción que los demás y ha buscado investigar la raíz de la creación artística, buscar el conocimiento inusual. Si a eso le sumas gusto estético y habilidad para adelantarse y comprar hoy lo que otros querrán mañana, no extraña que le terminaran apodando en el mundo del arte como ‘The Eye’ (El Ojo).
Fue en 2006, en el periódico Le Figaro. La redactora Valerie Duponchelle fue la encargada de bautizarle para la posteridad. «Hay cosas peores que le llamen a uno»,  se resigna el propio Roberto Polo con socarronería gallega (su abuelo era de Santiago de Compostela y su abuela de Ferrol). No parece que le guste mucho el apodo, pero tampoco lo esquiva. Sabe que es parte de su vida, de una vida de triunfos y fracasos, y no renuncia a llevar con dignidad sus arrugas y sus cicatrices.
«Cuando yo era adolescente quería ser viejo. Quería llegar a la edad en la que mi vida estuviera escrita en mi cara», confiesa The Eye después de un recorrido de más de cuatro horas por el esqueleto de su futuro museo. Fue un adulto prematuro, y eso marcó su vida, tanto a la hora de ser nombrado profesor de la facultad de artes y diseño de Corcoran de la Universidad George Washington con apenas 17 años, como para tener que sentarse con 36 años delante de un espejo para enseñarse así mismo a sonreír. «Era un ser muy grave. Fui hombre muy temprano», confiesa.
Esa madurez vital también se reflejó en su vida personal, porque no se puede hablar de Roberto Polo sin tocar su lado más mundano. «En el amor nunca buscaba niñas de mi edad, eran siempre mujeres maduras. Ellas tenían siempre más que decir y, claro está, hacían mejor el amor», desvela con su sonrisa entrenada un hombre que se confiesa amante de la belleza por encima de todas las cosas.
«Un amigo me preguntó si era homosexual. Yo le dije que, honestamente, no entendía qué significaba eso. Yo soy un hombre libre y apoyo lo que en su día dijo Marlon Brando: el sexo no tiene sexo. Para mí lo que cuenta es la persona, el ser humano. Uno se enamora de una personalidad, de un cerebro, de un espíritu...», diserta sobre sí mismo.
Y es que, Roberto Polo no puede separarse del personaje que ha forjado a lo largo de los años. Del niño prodigio del arte hijo de exiliados que afirmaba sin rubor la bidimensionalidad de las formas tridimensionales, a los años locos del New York de los 60 y 70 en continua correría con Andy Warhol, Robert Motherwell, Grace Jones o el recientemente fallecido Karl Lagerfeld.
Sexo, drogas y champán, mucho champán, de los que Roberto no duda en distanciarse. «Nunca me he drogado. Ni un cigarro de marihuana; el olor me desagrada. Encuentro muy indignas a las personas que pierden el control por el alcohol o las drogas», afirma cuando se le recuerdan aquellos tiempos hoy de culto. Un repaso existencial en el que no olvida su paso por la cárcel, cuando fue acusado de apropiación indebida por unos socios mejicanos que le reclamaron 120 millones de dólares.
Resultado final: 20 meses en detención preventiva en Suiza y 28 meses más de detención en Italia y EEUU. Un arresto kafkiano y un proceso judicial surrealista que le dejaron en 40 kilos de peso. Las condiciones de su cautiverio le llevaron al límite, pero una vez más Polo supo resurgir de sus cenizas.
A The Eye también le han denominado en los círculos del arte como El Fénix. Después de tener una de las mejores colecciones del mundo y perderlo casi todo, mujer incluida, retornó a París en 1995 para volver a trabajar como artista. Expuso de nuevo su obra y volvió a hacer dinero. The Eye funciona mejor cuando la necesidad aprieta, y su fino olfato artístico se agudizó para apostar como nadie en un mundo de asesores de arte y joyería en los que «todos quieren saber el precio de las cosas pero no saben su valor real».
Ahí está la clave de su éxito. Y él lo sabe. «Por haber navegado mares del arte nunca antes cartografiados», como le dedica la prestigiosa casa de subastas Sotheby’s en la carta con la que avala su proyecto toledano.
«No soy la señora Ella Cisneros ni soy el barón Thyssen. Él compró muchas obras porque amaba el arte y tenía dinero, pero no era un investigador. Thyssen compró obras magistrales, pero compró lo que ya era conocido. Hay muy pocas sorpresas en el Museo Thyssen. Yo he comprado lo que yo he hecho conocido. Cuando yo inicié mi colección de muebles del siglo XVIII a nadie le interesó, y yo hice comprender al mercado que eran obras de vanguardia muy brillantes», afirma un Roberto Polo que ya con 23 años revolucionó ese mismo concepto en Nueva York.
Fue con la exposición ‘Fashion as Fantasy’, «a la que denominé ‘La moda como el arte’, pero no me dejaron poner ese nombre». Esa era precisamente su intención y su propuesta transgresora en 1975.
«Aunque ahora nos parezca una cosa normal, a nadie en aquellos años se le pasaba por la cabeza decir que la moda era arte», desvela este pionero que ha sabido cultivar su capacidad de acierto y que ha visto cómo el mercado del arte ha cambiado a peor; aunque aún hay esperanza. «En los años 40 y 50 había coleccionistas que tenían un verdadero diálogo con la obra de arte. Ahora solo te hablan de precio antes que de arte. Los rusos empezaron a comprar Picassos cuando nadie los quería. ¿Cuánto valía un cuadro de Picasso en 1960? Ahora todos quieren saber el precio, pero hay una nueva generación. Estamos en un periodo de transición. Hay un movimiento de gente muy joven que tiene dinero y quiere tener una relación pedagógica de querer entender y hablar de arte», indica como atisbo de esperanza.
No en vano, Roberto Polo ya ejerce de Cicerone. Cada cierto tiempo le visita un joven coleccionista francés que quiere aprender del maestro. Quiere entender los secretos de The Eye y no comprar como lo hicieron sus padres.
Roberto Polo también sigue comprando arte. No lo ha dejado. Pero ya solo para consumo propio. Ahora está plenamente centrado en Toledo y Cuenca. Tiene muy claro que su museo va a tener un gran impacto cultural y él quiere que sea su legado. «Mi colección ha nacido de un solo talento, el arte, y de haber aprendido, estudiado y no dejar nunca de aprender. Es una colección de mucho esfuerzo y mucha sangre, y quiero que se quede aquí para siempre».