Polo desvela las claves de su museo

Francisco J. Rodríguez
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Un Cristo de nueve metros de Nino Longobardi se instalará en el suelo de la capilla del convento. - Foto: Fulvio Ambrosio

El coleccionista trabaja a contrarreloj con su equipo para que Santa Fe pueda abrir sus puertas el próximo 27 de marzo con 471 obras de 163 artistas diferentes que van a marcar el panorama artístico español

Será algo único en España. La ‘Colección Roberto Polo. Centro de Arte Moderno y Contemporáneo de Castilla-La Mancha’ quiere romper con lo establecido en su género. Tocar una música distinta a lo que se estila en el país. Nada, ni el Museo Reina Sofía o el Thyssen-Bornemisza, podrá comprarse a una muestra que se mira en los grandes referentes mundiales. Metropolitan, MoMa o Guggenheim cuentan con algunos de los reflejos que desde el próximo 27 de marzo brillarán en Toledo, pero la colección que albergará el antiguo convento de Santa Fe tiene identidad propia, la de su creador: Roberto Polo.
El personaje es tremendo. No menos su colección. Serán un total de 471 obras de 163 artistas diferentes. Una selección de piezas que están llamadas a hacer escuela.
No en vano, su propietario se califica a sí mismo como un «investigador del arte» y viene a dejar en Toledo parte de su conocimiento desvelado. «Yo también estuve equivocado, porque me enseñaron datos incorrectos. No se había investigado lo suficiente. También aprendí que el primer collage dada era de Kurt Schwitters en 1919, pero eso fue porque nadie me habló de Paul Joostens, que hizo objetos dada tres años antes. Yo hice mi propia escuela», confiesa Roberto Polo nada más presentarse a las puertas de su futuro museo. Toda una declaración de intenciones.
Él mismo, acompañado por Rafael Sierra, director artístico del museo y pulmón del proyecto, se encarga de mostrar a La Tribuna las claves de su museo junto a Juan Pablo Rodríguez Frade, autor del proyecto museístico y de reconversiones arquitectónicas como las del Arqueológico Nacional o el Museo de la Alhambra.
La particular visita no se inicia por el comienzo, sería demasiado obvio. La entrada al museo de la Colección Roberto Polo se realizará desde el Miradero. En la zona aún estorba un aparcamiento de motocicletas que será erradicado. En su lugar se levantará un conjunto escultórico de Miquel Navarro: ‘Los Guardianes’. El artista valenciano cuenta con obras en museos de todo el mundo y en Toledo tendrá la oportunidad de lucirse con su faceta más peculiar, la de escultura monumental para espacios públicos.
Con semejantes centinelas ya se atisba qué se podrá ver en el interior. La entrada principal es pequeña, da acceso a un hall donde estarán las taquillas y desde ahí a una pequeña tienda de recuerdos y catálogos (el precio de la entrada y las ventas van a parar al mantenimiento del edificio). Posteriormente, adentrándose en el antiguo convento, se llega a la sala del Alfarje. Allí se encuentran restos de los suntuosos palacios del rey Taifa Al-Mamún. Sobre ellos, uniendo lo antiguo con lo nuevo, irá otra obra de Miquel Navarro, en este caso una de sus famosas ‘ciudades’.
Desde esa sala, en la que se instalarán tres paneles, uno con la historia del edificio, otro con la trayectoria de Roberto Polo y otro sobre la exposición, se llegará al antiguo claustro del convento que ahora es museo. Allí, los visitantes podrán degustar de un café mientras saborean una instalación de Roberto Pietrosanti que se hará ex profeso. Una obra en piedra amontonada que no dejará a nadie indiferente y que se podrá contemplar desde el piso superior del claustro, mezclándose entre los limoneros allí plantados desde época árabe.
Caminando por el claustro, aún en la primera planta del museo, se llegará a una serie de salas pintadas en color berenjena. El propio Roberto Polo se encaprichó de una tonalidad muy concreta. Allí habrá, principalmente, mucha obra de autores belgas del siglo XIX. El sello de identidad de Polo en su última etapa.
El busto de Leopoldo II, rey de los belgas, obra de Arno Breker en 1930, lucirá dentro de un retablo renacentista del propio convento original.
La escalera de acceso a la segunda planta estará coronada por la obra ‘Inside Out’ de la holandesa Maria Roosen. Una cascada de pechos que, como ella misma considera a sus esculturas, es una «herramienta para los sentimientos». La fertilidad en este caso.

El piso superior del museo ha sufrido una fuerte transformación. El antiguo suelo, de tarima, ha sido cubierto con una moqueta que marida mejor con el edificio y su contenido. «Antes parecía un apartamento», se sincera Polo.
Nada más llegar a la planta superior los ojos se vuelven al claustro. Polo tiene claro que habrá que cortar un enrejado moderno para permitir la contemplación de la instalación de Pietrosanti.
En esos pasillos y salas se podrán seguir viendo el talento de László Moholy-Nagy, Karl ­Schmidt-Rottluff, Kurt Schwitters, Max Ernst, Man Ray, Franz Marc, El Lissitzky, o Jacques-Henri Lartigue.
Esta lista se suma a la de gigantes del siglo XIX como Eugène Delacroix y su ‘Mujer del pescador en la playa’. No hay que olvidar que será el segundo delacroix que podrá verse en España tras el que existe en el Thyssen. La Conversación de abogados, de Honoré Daumier, también marcará un hito, ya que será la primera vez que se exponga un Daumier en España.
La sala estrella de la parte superior será para Oskar Schelemmer, el genio de la Bauhaus. Concretamente para una de sus mejores esculturas, Groteske; una pieza que cualquier gran museo del mundo desearía tener. Pero estará en Toledo.
Arropando Groteske estarán una serie de ‘construcciones’ de Pierre-Louis Flouquet, abstracciones y obras biomórficas y geométricas que gustan, y mucho, a Roberto Polo y su equipo. No en vano, han elegido una obra suya en la invitación a la inauguración oficial del museo.
El rosario de obras no acaba ahí. En la iglesia de la planta inferior habrá mucha escultura relacionada con lo sacro. Un enorme Cristo de nueve metros yacerá sobre una peana en el suelo de la capilla del Santa Fe. Una obra de Nino Longobardi, hecha con resina y latón.
No será el único elemento ‘religioso’. Colgado sobre una estatua de la Virgen se colocará un enorme rosario de Marie Roosen; uno de esos elementos que han llevado a la colección de Roberto Polo a ser considerada entre las 20 más importantes del mundo en el siglo XX. La colección Thyssen nunca lo ha estado.
«Yo no hago esto para revalorizar mi colección. Mi colección ha pasado por el MoMa, por el Guggenheim... Hago esto porque es mi legado, porque he elegido Toledo para que se quede aquí, pero quiero que sea bien tratado», sentencia Roberto Polo sobre su museo y el por qué de su desembarco en la capital de Castilla-La Mancha. «En Cuenca me preguntaron cuál era el valor de mi colección y yo me hice el estúpido. Tiene gran valor artístico, contesté. El arte es creación, es invención. El precio no es el valor de una obra».