Un drama sin cerrar

Leticia Ortiz (SPC)
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Marta del Castillo desapareció el 24 de enero de 2009 y, aunque Miguel Carcaño confesó haberla matado, lo que ocurrió en las últimas horas de vida de la joven sigue siendo un enigma por la nula colaboración de los implicados

Un drama sin cerrar - Foto: JULIO MUÑOZ

Si hay un estampa de Sevilla, más allá de la Giralda, mil veces fotografiada por los turistas que visitan la ciudad del Guadalquivir es la del puente de Isabel II, que todo el mundo conoce como el puente de Triana, por unir ese barrio con Sevilla. Una orilla y otra. Dos mundos.
La última imagen que conserva Ángel Reina de su amiga Marta del Castillo es, precisamente, cruzando aquel puente a lomos de una moto conducida por Miguel Carcaño, exnovio de la chica. Apenas pasaban 15 minutos de las ocho de la tarde y los jóvenes se despedían después de no haber podido visitar al Cristo de las Tres Caídas, santo y seña de la devoción trianera, porque la Capilla de los Marineros ya estaba cerrada. Las certezas sobre aquel 24 de enero de 2009 de aciago recuerdo acaban en ese camino hacia la calle León XIII. Todo lo que ocurre después permanece bajo un velo de misterio demasiado pesado para los familiares y amigos de la joven sevillana.
Sin embargo, el trágico final de Marta se empezó a escribir horas antes, cuando su exnovio tocó el timbre de su casa para «ir a dar una vuelta y hablar», según ella le contó a una amiga a través de un chat de internet. El propio padre de la chica, Antonio del Castillo, habló con Carcaño a la puerta de la vivienda, mientras este esperaba a la cría. Después de entregar unos apuntes a una compañera de clase, ambos se reunieron con su pandilla en su punto de encuentro habitual: la plaza de Virgen de Gracia. Una tarde de viernes más para unos chavales que rondaban la mayoría de edad. Nadie presagiaba lo que iba a ocurrir. 
De ahí a Triana. Y después a la casa de León XIII, donde residía el hermano de Carcaño. La sentencia  que condenó al asesino confeso a 20 años de prisión asegura que cuando ambos se quedaron solos, comenzaron a discutir y el joven agredió a la chica golpeándola con un cenicero de cristal en la cabeza. El impacto fue tan fuerte que Marta falleció casi en el acto. 
Carcaño llamó entonces a Francisco Javier García, conocido como El Cuco y con la ayuda de un tercero, que nadie ha podido identificar, se deshicieron del cuerpo de la joven y limpiaron el piso antes de separarse para regresar a sus casas (en el caso del asesino confeso, a la vivienda de su nueva novia en Camas). 
Mientras supuestamente eso ocurría, el padre de Marta, preocupado por la tardanza de su hija en volver al domicilio familiar, comenzó una búsqueda contrarreloj de la niña, en la que participaron muchos de sus amigos y familiares. Sevilla entera se echó a la calle en solidaridad con la familia. Los medios aterrizaron en la ciudad del Guadalquivir para narrar cada detalle de lo sucedido y el caso acabó conmoviendo a España.
Esa misma noche, los allegados de la joven llegaron incluso a personarse en la casa de León XIII para hablar con Carcaño, quien, tras ser localizado, aseguró haber dejado a su exnovia en el mismo lugar donde la había recogido: la puerta de su casa. Una de las vecinas de aquel edificio le dio una coartada inesperada al asegurar que se cruzó con la joven en el portal en torno a las nueve de la noche. Aquel testimonio «fue fatal para la investigación», según la Policía, que descartó a Carcaño (además, de al Cuco y a otro de sus amigos, Samuel Benítez, acusado, pero absuelto de encubrimiento) durante tres semanas, tiempo más que suficiente para elaborar las distintas versiones que fueron dando ante los agentes. Hasta siete en cinco años llegó a narrar el asesino confeso.
Tres chavales de barrio, curtidos en la calle, pero sin antecedentes penales, se las ingeniaron, quizá con ayuda, para tejer una red de mentiras y medias verdades en la que fueron quedando atrapados los policías, el fiscal y el juez. Un rompecabezas que, 10 años después, sigue sin ser resuelto, a pesar de la sentencia.