Toledo recibe a turistas 'indecorosos'

M.G.
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Un artículo del diario 'El Alcázar', en 1951, critica la forma de vestir de los extranjeros, con pantalones y faldas cortas, y considera que hay que poner límites «a la extravangancia»

Toledo recibe a turistas ‘indecorosos’

Los deseos que manifestó el Conde de Bailén en 1909 para que el turismo se convirtiera en un sector fundamental ligado a la vida diaria tardaron unos cuantos años en cumplirse, pero la España franquista tomó el testigo del despegue de ese primer tercio de siglo XX y consolidó una industria que terminó disfrutando de un llamativo boom de turismo de masas a partir de 1950. Cada vez llegaban más visitantes extranjeros, pero ni las costumbres ni sus modas pasaban desapercibidas en el país adusto y recatado que vendía la dictadura de Franco.
El supuesto ‘decoro’ de las personas ‘de bien’ fue una de las consignas más repetidas del franquismo y alcanzó a los medios de comunicación, convertidos en potentes altavoces de propaganda. La prueba la ofrece ‘El Alcázar’, el diario que circuló entre 1936 y 1987  y se convirtió en una referencia en Madrid en esos años 50. Una crónica periodística publicada el 31 de agosto de 1951 en la página dedicada a Toledo y su provincia  criticó con acidez y sorna a un turista que se sentó en la terraza del Café Suizo, «cuajada de señoras, incluso algunas con sombrero por su extravagante vestimenta. 
El periodista describió «al gachó» y resaltó la poca ropa que llevaba. Al parecer, iba «en mangas de camisa y con un pantalón que apenas le cubría el arranque de los muslos». Si bien, lo que más le llamó la atención al autor de la crónica ‘El atuendo del turista’ fue que el extranjero tenía cruzadas las piernas «y estaba muy necesitado de depilatorio». El contraste de su vestimenta en relación a la de la ciudadanía de Toledo en aquella época era llamativa y el cronista subrayó que el visitante «llevaba un atuendo de cazador de leones, que daba una bofetada al buen gusto, al pudor y ... a la buena educación». Yprosiguió:·Ni el sitio ni la hora justificaban la exhibición con que nos ofendía».
En el artículo periodístico se resalta la protección al turismo como sector que deja «pingües beneficios» a Toledo, y entiende que por estos motivos es necesario continuar «mimando» a los visitantes extranjeros «mostrando nuestra hidalga acogida y transigiendo con las excentricidades». Las cifras ayudan a dibujar el auge de la industria turística en aquellos años. España recibió en 1950, un año antes de la publicación de este artículo, 430.000 visitantes y cinco años más tarde se contabilizaron 1,8 millones de turistas, con lo que el país llegó a disponer de una buena cuota de mercado en el mercado turístico mundial, 1,8 visitantes de cada cien.
RNE también censura. ‘El atuendo del turista’ continuó narrando otro episodio ‘singular’ el día anterior, esta vez relativo a unas turistas a las que se prohibió la entrada a la Catedral por ir vestidas con unos trajes similares a los de baño», como emitió Radio Nacional en el boletín de las dos de la tarde. Al día siguiente, el autor de la crónica de ‘El Alcázar’ reflexionó sobre este otro hecho e insistió en que esos atuendos no eran adecuados ni podían justificarse porque las visitantes no estaban realizando deporte, «ni ejercían una profesión o asistían a un acto social» que puede llegar a exigir una vestimenta determinada.
Por tanto,  el articulista lanzó su opinión para establecer límites por la autoridad competente con el objetivo de que «se ponga un dique a ese exhibicionismo pernicioso», salvo en la playa o la montaña «sitios en donde no podrán decir los extranjeros que derrochamos tela los españoles». Y dejó caer que esta situación llamaba la atención en Toledo porque «en cierta oficina se facilitaron faldas a las damas el año pasado», con lo que tomó como una buena idea la posibilidad de que también se presten pantalones a los hombres para que se ajusten «a nuestra moral de costumbre».