Aviso: Prohibido apedrear turistas

M.G.
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Rentabilizar turísticamente una ciudad como Toledo, con más de 27.000 habitantes en los años 20 y una afluencia de más de 40.000 visitantes anuales, que pocos años después superaban los cien mil anuales, tuvo sus dificultades

AVISO: PROHIBIDO APEDREAR TURISTAS

«Toledo es el mejor de los libros, pero leer ese libro es muy difícil». Así definía la ciudad el escritor Benito Pérez Galdós. Su vinculación y su manera de hablar de ella fue elogiada por otros muchos escritores e intelectuales que vieron en él «un guía admirable» que conocía la ciudad «con la seguridad de un indígena», dejó escrito Félix Urabayen sobre el autor de ‘Ángel Guerra’. «Una población», como se refería el alcalde Guillermo Perezagua, que tenía mucho que ofrecer, que atrás dejaba esa visión romántica del siglo XIX para adentrarse y modernizarse junto al sector turístico que ganaba terreno conforme avanzaba el siglo XX. 
El viajero se transformó en turista y la ciudad intentó ofrecer su mejor cara durante los años de la República, en los que el turismo se impregnó de modernidad gracias al impulso político, cultural y a organismos tan destacados como el Patronato Nacional de Turismo. Una de las ideas fue vender las ciudades al turismo porque dar a conocer los valores culturales, patrimoniales y artísticos se convirtió «en un instrumento político eficaz», como reflejan en su artículo ‘Turismo y paisaje  durante la Guerra Civil’, Dolores Brandis e Isabel del Río. 
Sin embargo, rentabilizar turísticamente una ciudad como Toledo, con más de 27.000 habitantes en los años 20 y una afluencia de más de 40.000 visitantes anuales, que pocos años después superaban los cien mil anuales, tuvo sus dificultades. Así lo reflejó Guillermo Perezagua, tío abuelo de la actual alcaldesa de la ciudad, Milagros Tolón, en un bando municipal emitido el 2 de mayo de 1936, un documento disponible en la web del Archivo Municipal gracias a su laborioso trabajo de digitalización de los últimos años. La ciudad no recibía a los turistas como se merecían y en algunas ocasiones se les molestaba e incluso los chavales llegaban a lanzar piedras durante su visita, una situación que no pasó desapercibida en la ciudad ni para el Patronato Nacional de Turismo, que mostró  «bastante contrariedad» y recibió numerosas quejas por estos recibimientos hostiles.
«Vienen recibiéndose con acentuada frecuencia reclamaciones de señores turistas extranjeros quejándose de que a su paso por esta población son objeto de constantes molestias por parte de algunos grupos de mozalbetes, llegándose en alguna ocasión a ser apedreados y agredidos...» Perezagua añadió este párrafo copiado literalmente de la reclamación que efectuó el secretario del Patronato Nacional de Turismo, cansado de que se repitiera esta situación e invitó al Ayuntamiento a que «se corten de manera fulminante estas manifestaciones de incultura». Por este motivo, el organismo turístico pidió al Ayuntamiento «una  eficaz vigilancia para evitar la repetición de estos hechos tan desagradables» y esperaba que Toledo  «guardase las mayores consideraciones  tanto a los nacionales como a los extranjeros en sus visitas de turismo».
A continuación, el alcalde también señaló por escrito que las reclamaciones eran ciertas y que no se habían conseguido solucionar «estos espectáculos tan desagradables» ni con las repetidas prohibiciones del Ayuntamiento ni «con los esfuerzos de los agentes municipales». Al respecto, insistió en que estas prácticas vandálicas  que asedian a los turistas no se ven en ninguna otra capital».
Por tanto, «para evitar que se repitan este estado de cosas, ya que el rango y prestigio de las poblaciones depende de la cultura de sus habitantes, recuerdo la prohibición absoluta de molestar a los nacionales y extranjeros que nos honran con su visita, no estando dispuesto a tolerar que la rebeldía de unos pocos pueda perjudicar los derechos de todos y el buen nombre de Toledo». 
Perezagua dejó entrever también su malestar por las frecuentes amonestaciones del Patronato Nacional de Turismo, nacido en 1933   para dar a conocer los valores culturales, patrimoniales y paisajísticos, y remarcó en el bando que los agentes municipales continuarían vigilando para que nadie molestase a los turistas, pero solicitó también la colaboración «de los de la gubernativa» para que se efectúen las denuncias necesarias si continúan estos episodios por parte de los infractores, «a quienes les impondré el máximo de multa  a que la ley me autoriza».
buena imagen. Toledo entró dentro de las rutas turísticas que partían de Madrid y conservaba en estos años esa proyección romántica de finales del XIX. El protagonismo del Greco, que continuó creciendo gracias a la celebración de su tercer centenario de su muerte en 1914, el impulso del turismo como sector económico, el avance en las comunicaciones, con la llegada del ferrocarril a la ciudad en 1919, y los esfuerzos políticos por ofrecer una buena imagen de las ciudades como señal de progreso y de cierta prosperidad chocaban con los problemas de convivencia que saltaban en el Casco a menudo con la visita de turistas. 
Al alcalde le disgustaba bastante la situación, sobre todo, porque el Ayuntamiento se esforzaba por ser hospitalario y en los medios de la época se publicaban las visitas de políticos e intelectuales y otras expediciones llamativas, como la de visitantes del ‘Toledo americano’ el 8 de julio de 1936,  nueve días antes de la sublevación y del comienzo de la Guerra Civil. 
La prensa también cooperaba con el sector turístico, como muestra una noticia publicada en el Diario de Burgos el 5 de febrero de 1936  sobre los planes de la Cámara de Comercio de Madrid para establecer una gran feria anual, pensada para otoño, y otra serie de propuestas turísticas que llevaran aparejadas descuentos en los distintos transportes y en los hoteles. El periódico también hizo referencia a la importancia de las rutas turísticas de Madrid a ciudades cercanas, viajes de ida y vuelta que duraban un día y ayudaban a potenciar el sector en Toledo, Segovia y Ávila, entre otras.
La preocupación de Toledo por su buena imagen ha sido una constante para el Ayuntamiento. Otro escrito municipal, esta vez del alcalde José Rivera Lema, el 15 de abril de 1941, también hace referencia a las gamberradas, actos vandálicos y posibles accidentes relacionados con los niños y los jóvenes en la ciudad. En esta ocasión, el bando se publica «a fin de evitar en lo posible la mala impresión que en propios y extraños produce el espectáculo que, por su inconsciencia y libertad que disfrutan, vienen dando los pequeñuelos en nuestra ciudad».
El alcalde advirtió entonces que «las travesuras originan molestias al vecindario» y pueden desencadenar en accidentes, con lo que pidió «la comprensión de los padres para que los niños «vayan acompañados de un sirviente o familiar» a la escuela «tanto  a las horas de entrada y de salida y no se detengan en el trayecto comprendido entre su domicilio y el colegio». 
Estas estrictas medidas impusieron también a los maestros vigilar a los niños en el recreo si se llevaba a cabo en las plazas por  no disponer de zonas adecuadas en el recinto escolar «para evitar que puedan desplazarse a zonas de peligro». 
Por último, el bando municipal también instó a los familiares de los pequeños a evitar que los pequeños permaneciesen en las calles, salvo «en las plazas o paseos más próximos a sus domicilios, a fin de ponerlos a salvo de los accidentes que por atropello u otras causas pudieran ocurrir». 
A pesar de que el alcalde intenta trasladar la necesidad de acatar las normas para evitar accidentes, lo cierto es que el bando municipal va mucho más allá y deja ver la preocupación del Ayuntamiento por la imagen de la ciudad, ya que Rivera Lema confía en que el cumplimiento de estas restricciones será «una prueba más de cultura y obediencia a todo cuanto redunde en prestigio de la ciudad».