«Lo más difícil fue no tener contacto con los niños»

Javier D. Bazaga
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Laura es enfermera del Hospital Virgen de la Salud de Toledo y dio positivo en Covid-19 al principio de la pandemia. Hace dos meses de aquella noticia y ahora ha querido compartirla como una experiencia de la que se puede sacar algo positivo

Laura María haciendo la señal de la victoria. - Foto: La Tribuna

«Positivo». Es una palabra cualquiera que, en otras circunstancias puede ser incluso algo bueno, una actitud. Pero esa palabra, cuando apareció en un mensaje en el teléfono, dio un vuelco a la vida de Laura María Serí Leganés. Habían intentado llamarla desde el Hospital para comunicarle el resultado de la prueba, pero las líneas de teléfono ya estaban colapsadas. El mensaje se lo mandó una compañera. «Me cayó como un jarro de agua fría», cuenta dos meses después, ya recuperada y ya reincorporada a su puesto de trabajo como enfermera en el Hospital de Día del Virgen de la Salud, en Oncohematología, o lo que ellos llaman ‘ciclos’.
Aquel mensaje confirmó las sospechas que tuvo una semana antes, cuando se instaló en su garganta una tos extraña que no conseguía identificar con un simple catarro. Empezó a comprobar que la fatiga que sentía no se correspondía con el esfuerzo físico que realizaba en su día a día. El 17 de marzo le realizaron esa prueba, aunque ella ya llevaba días confinada en casa por precaución.
Laura recuerda cómo al principio no se tenía plena conciencia de lo que estaba pasando. Los primeros casos eran como una rareza, una excepción. Pero cada vez se oía hablar más de ese extraño virus que había ido saltando fronteras, las de China primero, y las de casi toda Europa después, en apenas unas semanas. Un virus que deja ya más de 330.000 muertos en todo el mundo. 28.000 fallecidos solo en España.
‘De sopetón’. Es la primera vez que rememora con detalle, y no sin esfuerzo, aquellos momentos en que «todo era un poco caótico. El SARS-CoV-2 ‘llegó de sopetón’». «Teníamos unos protocolos por la mañana y otros por la tarde», asegura, signo de la virulencia y del desconocimiento con el que se enfrentaban los profesionales sanitarios a lo que más tarde se convertiría en una pandemia. «No éramos muy conscientes, había incredulidad». La preocupación aumentó cuando los médicos especialistas tuvieron que dedicarse a labores más generales, y la tensión fue en aumento. Pacientes y compañeros empezaban a preguntar por las mascarillas pero «a nosotros nos dijeron que no nos las pusiéramos para no alarmar a los pacientes». Pero ese no fue el motivo de su contagio, sabe que tuvo que ser muy anterior, aunque no consigue recordar en qué momento pudo contagiarse «por más vueltas que le he dado».
Tiene grabada la imagen «desoladora» del Hospital cuando llegó para hacerse la prueba. Ya estaba en vigor el estado de alarma y en el hospital había furgones de Policía y vehículos de la UME, pero las calles estaban vacías.
Después llegó aquel «positivo». «Sentía que había polvo en casa», constantemente, y la fatiga iba en aumento. Se aisló todo lo que pudo. Se separó de su marido y sus hijos. «Lo más difícil para mí fue no tener contacto con los niños», lamenta y, aunque nunca se sintió culpable, sí fue la primera vez que se sintió «como una enferma». «No podía ayudar en casa, el virus me tumbó». Por las noches «sentía que me ahogaba», y le era difícil dormir.
De hecho una de sus preocupaciones era que Luis, su marido, no cayera también porque ella se sintió incapaz de hacerse con la situación. Luis tomó las riendas «y lo hizo muy bien», cuenta ahora con una sonrisa de oreja a oreja. Tienen dos hijos, una niña de 9 años y un niño de 5 que, como la mayoría, han llevado «regular» el confinamiento. Era Luis el que, aun encontrándose abatida, la «obligaba» a sentarse en el salón junto a ellos, con distancia y mascarilla, después del aplauso de las ocho, para que compartiera tiempo con ellos.
Apoyo. Ya había recibido multitud de llamadas y mensajes de compañeros y amigos que querían animar solo por pertenecer a ese grupo de ‘héroes’ que son los profesionales sanitarios. Después de saber que era uno de los casos las muestras de cariño aumentaron. «Solo hubo una persona que me hizo sentir como una apestada», afirma, pero salta rápidamente a otro tema. Prefiere quedarse con lo bueno, como el momento de reincorporarse «con muchas ganas» a su puesto de trabajo, donde fue recibida entre aplausos. Aquello fue el 16 de abril y «no podía dejar de llorar», asegura.
Su caso no ha sido de los más graves. No requirió de UCI, ni siquiera hospitalización, pero su «positivo» le impidió estar en la primera línea, y ayudar más en una situación crítica en la que cualquier mano era bienvenida.
Eso sí, Laura ahora, en plena desescalada y cambios de fase, pide a todos «mucha prudencia». «Tengo compañeros que me contaban cómo les miraban pacientes que sabían que se iban a morir». Una imagen que no quiere que se repita porque el virus «no se ha ido y hay que aprender a convivir con ello», y eso exigirá disciplina porque ha visto a gente que «aún no está muy mentalizada».
Ahora echa la vista atrás y, a pesar de los malos momentos, encuentra esas cosas buenas que le ha dejado esta experiencia. Laura fue positivo en coronavirus, pero no ha dejado de ser positiva en actitud en ningún momento. Le va en el carácter quintanareño. Valora los días que ha pasado junto a su familia. Sus hijos, que estaban acostumbrados al colegio, tareas y otras actividades, han jugado como nunca entre ellos. Por eso, tras un mes en casa, Laura asegura que «se puede parar» en esta vida en la que solemos dejarnos llevar, pero que nos cuesta disfrutar. Una idea que ya rondaba por su cabeza y que ha podido madurar. Por eso el de Laura es un caso «positivo» en más de un sentido. Esperemos que haya más.