La terna resuelve con oficio y valor una mala tarde

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La terna resuelve con oficio y valor una mala tarde - Foto: Fernando Alvarado

La terna que hizo hoy el paseillo en el noveno festejo del abono de San Isidro resolvió muy sobradamente, con oficio y valor, los problemas planteados por la áspera actitud defensiva de los serios y astifinos toros de la divisa de Jandilla. No fue por ello una tarde para alegrías ni sutilezas, sino para aplicarse con firmeza y mando ante unas embestidas sin clase alguna, de corta trayectoria, muy poca entrega y, en los momentos más inesperados, limitadas a secos tornillazos y coladas amenazantes.
Sebastián Castella tuvo así, por su serenidad y su suficiencia muletera, una de las más serias actuaciones de los últimos años en Las Ventas, incluidas las de sus salidas a hombros. Ya que el cuarto se vino abajo mucho antes, fue así especialmente con el segundo de la tarde, con el que se dobló de inicio con torería y efectividad para poder desenvolverse mejor durante el resto de la faena. Con el toro embistiendo a regañadientes, amagando siempre con rajarse y protestando con gañafones a cada esfuerzo, el diestro francés le hizo moverse en torno a su cintura con una sólida firmeza y tirando a puro pulso de las renuentes arrancadas. Trasteo, pues, de enorme mérito el del galo, aunque no encontrara reconcimiento en los tendidos.
También muy por encima de su lote se mostró Emilio de Justo que "tragó" los suyo con el tercero, tal vez el más agrio del sexteto, pues se defendió con cierta descoordinación de movimientos y, también por ello, soltó los más secos y certeros gañafones. Aun así, el extremeño se asentó sobre la arena como si el enemigo fuera noble y claro, y fue atemperándolo hasta sacarle muletazos cada vez más largos, a base de temple y consentimiento y en el mismo aire en que se desenvolvió con el quinto, un toro igual de negado y geniudo con el que nunca se aburrió de hacerle todo a favor, aunque sin demasiado éxito, hasta tirarlo de una estocada de gran ejecución. Pero, por menos experimentado que sus compañeros de terna, lo sorprendente fue ver a Ángel Téllez en ese mismo y sereno tono de sobrado y bien asimilado oficio ante tantas dificultades como desarrollaron los de Jandilla.
El joven diestro madrileño, que confirmaba la alternativa con apenas cuatro corridas sumadas desde que la tomó en abril en Guadalajara, dio la sensación en esta gran cita de ser un torero más que cuajado, por la seguridad con que dio las soluciones técnicas más adecuadas a un lote que no le regaló más que cabezazos y medias embestidas. Templado, fácil, sobradamente preparado, también lucido en ajustados quites y eficaz con la espada, Téllez dejó la impresión en Madrid de ser un torero hecho y con un futuro prometedor, más allá de los trofeos que no pudo llevarse. Ni él ni sus compañeros. Pero hay días en que el reconocimiento al esfuerzo y la propia satisfacción profesional de los toreros valen más que muchas orejas.