Tiempos de swing

Sonsoles Arnao


Derecho a la ciudad

11/05/2020

El confinamiento en muchos hogares de la ciudad nos ha redescubierto la casa y la calle como espacios difícilmente habitables. Viviendas construidas funcionalmente para aparcarnos durante ratos o satisfacer necesidades básicas como alimentarnos o dormir, además del lastre de una hipoteca de por vida. No están preparadas para que distintas personas trabajen, estudien, disfruten de momentos de ocio. Y ya no digamos para que lo haga toda la familia unida y a la vez. La vida en los balcones, esos espacios que se habían convertido en una pieza decorativa de la fachada del edificio, nos han devuelto otra perspectiva sobre la calle, la vecindad y la propia casa. Y las calles, itinerarios para llevarnos a algún lugar, preferiblemente en coche, pero no un lugar para estar, para quedarse, para compartir. Es como si nuestra vida hubiese estado en un continuo viaje pasando por los espacios pero no viviendo los espacios, siempre en tránsito para la producción, reproducción y consumo.
Esa vida en tránsito se ha detenido. Hemos tenido que adaptarnos a permanecer y compartir el espacio de la casa. A trabajar, estudiar y disfrutar nuestro tiempo libre encerrados. Y ahora, que empezamos a salir a las calles, de manera ordenada y dirigida, descubrimos que la ciudad no estaba diseñada para vivirla. Que el espacio público y común se había estrechado. Que en verdad, era antes cuando estábamos confinados en el coche, en el lugar de estudio, de trabajo y de consumo, hasta que volvíamos a nuestra colmena en el aire. Ni siquiera habíamos salido al balcón. Y así, con un nuevo día, otra vuelta a la rueda. Hemos sometido a las ciudades, al igual que hemos sometido la vida, a los principios y reglas del mercado. Y ahora, que buena parte del mercado, más allá de los servicios públicos y esenciales se paralizan, no sabemos relacionarnos con la ciudad. Pero tampoco la ciudad sabe relacionarse con nosotros. Nos habíamos dado la espalda mutuamente y ahora hay que recrear el territorio de la casa y de la calle para convivir. Empezando por sacar coches de las calles para abrir los espacios las personas. Ensanches y plazas públicas para compartir y no solo para decorar. Lugares comunes para jugar y disfrutar y no solo para consumir.
Las ciudades y sus espacios no son meramente construcciones urbanísticas. Dicen mucho de cómo somos y de cómo nos relacionamos, entre nosotras y con el entorno. Hay quien tiene mucha prisa por volver a la llamada ‘nueva normalidad’, sin saber qué significa eso. Es más, hay quien ni siquiera se plantea ninguna novedad ni cambio en el futuro. Se pretende volver a la situación anterior y cuanto antes, como si no hubiese pasado nada. Y está pasando. Y mucho. Estos momentos de transición nos deberían llevar a un replanteamiento sobre el modelo de urbanización que tenemos y el que queremos en un futuro. Exigir el derecho a la ciudad desde su amplia dimensión política, como plantea David Harvey, «un derecho a la ciudadanía y a la autodeterminación, como derecho a transformar el entorno en que vivimos». Son tiempos para pensar qué tipos de personas queremos ser y qué relaciones queremos priorizar, y con ello, qué tipo de ciudad queremos habitar. Si somos capaces de redescubrir la ciudad para vivirla, es posible, que también descubramos el deseo y la necesidad de tener una vida para vivirla.