Macondo

María Ángeles Santos


Crecen las manadas

La de Pamplona, cuyos integrantes están, por fin, donde deben estar, abrió el camino de las violaciones en grupo, grabadas y casi retransmitidas en directo o en diferido. Y a partir de ahí, hemos conocido unas cuantas más. Demasiadas. Grupos y grupos de descerebrados en los que los más bajos instintos, lo que tienen entre las piernas,  ocupan el espacio que debiera albergar el seso con ‘s’. Y eso les otorga, según ellos, patente de corso para dejar de lado cualquier pensamiento racional.
Manda la X en el seso y se oyen demasiado pocas voces, y no muy altas, ante semejante degradación de la sociedad. Afortunadamente, no nos hemos resignado con el caso de la manada original, pero han sido necesarios muchos años, muchos debates, apelaciones y demás, para llegar a una sentencia que seguro es mejor de la que merecen.
Dicen que pasa en todas las celebraciones multitudinarias, y que se calla. Puede que sea verdad, y que aún no conozcamos la verdadera dimensión del horror y la aberración que suponen las agresiones sexuales a mujeres con la excusa del jolgorio, la fiesta, el alcohol...
Da nauseas pensar que alguien se sienta con derecho de pernada sobre una mujer, y más asco dan quienes callan, justifican y hasta jalean a los agresores. Ya se sabe, habían bebido, la chica iba sola, era de madrugada... O llevaba minifalda.
Las frases hechas y los clichés de siempre vuelven a la actualidad ante la agresión a una joven de Manresa por parte de otra ‘manada’. Y la historia se repite, dejando en evidencia la sociedad machista y permisiva que aún perdura, en pleno siglo XXI, cuando todos deberíamos afanarnos y dejarnos la piel para acabar con tanta «hombría».  Con tanto macho alfa que quiere hacer méritos en el grupo.
Es vergonzoso que las mujeres no ocupen habitualmente las primeras páginas de los periódicos, salvo cuando las violan o las matan. Y más vergonzoso que estén siendo noticia recurrente por estos dramas, que acaban con su vida y con la de todos cuantos las rodean, que las obligan a justificarse una y mil veces y a exponerse a otras violaciones, las de su intimidad, las de su presente, y las de su futuro.
No salen en las portadas las trabajadoras o desempleadas, las supermadres que a duras penas pueden compaginar su vida laboral o familiar; ni  las desahuciadas, ni de las que han vuelto a casa tras el espejismo de la emancipación, ni de las jóvenes y sobradamente preparadas que se aferran a un mini job con mini sueldo.
Esas no interesan a los cerebros con X, que siguen viéndolas como un pedazo de carne que llevarse a la boca para pasar un buen rato. Algo está pasando en los últimos tiempos. No sé si tiene que ver con la relajación de las políticas de igualdad, si es fruto de pasados  recortes en todos los recursos, educativos también, o de la tiranía de las redes sociales.
Pero éste no es el mundo que queremos. Quiero el mundo de Macondo con sus mujeres mágicas, con Úrsula, que dirige con mano de hierro a siete generaciones de Buendías; con la exuberante Petra que hacía crecer la vida a su paso, con Santa Sofía de la Piedad, que sólo existe en el momento preciso; con Remedios, que asciende a los cielos entre una nube de flores amarillas...
Con mujeres libres. Sin manadas ni jaurías. Con hombres con seso. Con ‘S’.