LA MAREA

Antonio Pérez Henares

Escritor y periodista. Analista político


El collar de Vox

27/10/2020

La radicalidad extrema y el dogmatismo, de cualquier índole, política, social, cultural o deportiva llevan siempre aparejada un curioso rasgo definitorio. Cuando alguien expresa, sobre una cuestión determinada, una opinión o postura que es del agrado del radical este corre raudo y de manera alborozada a exhibirla, abrazar muy plantigradamente al autor, para apropiarse en cierto modo de ella y, de paso, apoderarse de quien la planteó. Pasa a considerarlo y entenderlo como "uno de los nuestros", de los "suyos" vamos, y lo supone ya parte de fielato y servidor de su misma "fe". Le pone el collar y entiende que ya en cualquier otro asunto habrá de coincidir a pie juntillas con su doctrinario.

¿Y qué sucede cuando en otro asunto resulta que el otro no solo discrepa sino que rechaza de plano lo recetado por el doctrinario de esa radicalidad? Pues un rasgar de vestiduras y como mínimo el griterío de traidor, vendido y una ristra de denuestos y anatemas a cual peor.

Me ha sucedido recientemente y en esta ocasión los ofendidos, tengo variopinta colección de colores, han sido los más cafeteros de Vox, bastante encrespados estos últimos días, con cuya formación ciertamente tengo, nada más lejos de mi intención el ofender, más bien muy escasa afinidad.

Así que será mejor aclararlo para su sosiego, si es posible, y para mi descanso, si lo permiten. Vaya por delante mi respeto, de inicio, a los 3,6 millones de personas que les votan y a su organización amparada por el derecho, la ley, la Constitución y la libertad. En cuanto al barómetro de graduación, en la tabla izquierda-derecha, puedo tener una opinión pero esta es baladí mientras ellos se manifiesten y estén, como todos, sometidos al marco común y lo acaten.

Dentro de sus siglas hay quienes me infunden un enorme respeto y consideración, por ejemplo Ortega Lara. Hay otros, como su propio líder, Santiago Abascal, que tienen una trayectoria y un tránsito político conocido, con quien he debatido y, cuando estaba más en el día a día periodístico, mantenido un trato cordial. Hay algunas voces parlamentarias en sus filas que me despiertan gran interés. Y hay, por supuesto, quienes ninguno y otros que me producen rechazo.

Con Vox comparto los principios constitucionales, cuya defensa colocan como prioridad, y la unidad de la Nación y de la soberanía conjunta del pueblo español sobre todo su territorio, pero no su pretensión de hacerlo en exclusividad. Estimo su aprecio por nuestra historia, tan ignorada y estigmatizada por algunos, aunque me separe el matiz crítico que entiendo les falta en bastantes ocasiones. Y aún más, sin llegar a compartir sus planteamientos sobre el problema autonómico, si creo necesario y primordial llegar a algún punto de frenada y marcha atrás de determinados despropósitos educacionales y de desigualdad de los ciudadanos en función de los territorios en que viven.

Pero me produce creciente rechazo su implícita, y a veces ya no, aceptación y hasta reivindicación del franquismo y con él, porque es inherente, de la dictadura. Se une a ello también su posición con respecto a Europa, algo que explicitó Abascal en su moción, y que lo inscribe en el segmento más reaccionario y ultraderechista de la UE. Hay más cosas, pero basten estas dos y una tercera. Esta es el comportamiento y actitud de bastantes de ellos y de sus militantes más enardecidos. Sobrados, repartiendo carnés de patriotas y de "traidores" a quienes no suponen de los elegidos, o sea, ellos mismos, y con un toque entre bravucón y a veces, sin casi, insultante y faltón. En las redes es aún peor y actúan siguiendo las pautas de quienes son su antípoda, pero en esto comparten hábitos, modos y maneras que si ellos lo sufrieran, y lo sufren a veces y con no poca gravedad, denunciarían como persecución, insulto y acoso tumultuario, pero cuando son ellos quienes lo practican, y lo practican cada vez más, lo consideran deber militante sin tacha alguna. Que en ello, vamos, aunque les moleste sobremanera que se les diga, están muy "podemizados".

Supongo que no hace falta más para dejar expuesta con la suficiente claridad mi muy personal consideración sobre Vox. Y supongo que queda entendido perfectamente que no llevo ni me dejo poner collar. Ni el suyo ni que me atribuyan el de los demás, ni el del PP, ni el de Cs, de buena me libré, ni el que un día sí me puse de joven y durante un buen trecho lucí, en el antifranquismo y del PCE. Hace ya largo tiempo que me lo quité y con esos herederos espurios no tengo ni la más remota afinidad. No tengo estirpe de can, aunque es notoria mi devoción por los perros, camino solo y no quiero collar, ni me gusta andar encollerado.