La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Glück

13/10/2020

En el bar del Pollo, justo en la curva de la carretera, hacían la mejor orejilla a la plancha que he probado. Crujiente, pegajosa, con su chorro de limón recién exprimido, y lo más importante, al alcance de la paga de domingo de una pandilla de mocosos. Aparcar las bicicletas en la puerta, sentarnos en una mesa, pedir una ración y un refresco de naranja, y limpiarnos las caras con servilletas translúcidas de papel que tirábamos al suelo convertidas en bolas de grasa, nos hacía sentir importantes. Louise Glück, la recién premiada con el Nobel de literatura, dice que sólo miramos al mundo una vez, durante la niñez, y que el resto son recuerdos de esa mirada. No he leído nada más de esa desconocida, pero he visto las fotos en las que una mujer sexy se transformaba en una vieja y revenida profesora de lengua.

Tal vez en eso estribe la magia de la poesía, en seguir revelando a la joven que se mantiene sexy dentro de un cuerpo deteriorado por el discurrir de la vida. Envidio a los poetas porque beben de la fuente de la eterna juventud, porque si son malditos o fracasados son mucho más interesantes, porque son capaces de poner el nombre justo a las cosas y de encerrar un sentimiento en un adjetivo y la experiencia de una vida en un par de versos, mientras el resto de la gente cargamos con nuestro cúmulo de años sin digerir dentro del estómago, incapaces de expresar lo que nos pasa, lo que somos. A falta de talento poético, el puente pasado busqué la expresión en otros campos y conduje hasta el centro comercial y encontré cosas ancestrales en las cámaras frigoríficas.
De vuelta a casa, me encerré en la cocina y le puse freno a mi nostalgia de México con un guiso de chiles con carne. Como me sentí bien, cociné una sangre encebollada de las que solía comer en el pueblo, cuando era inmortal, y la vertí en un envase de plástico para regalársela a uno de los pocos amigos que pueden entender lo que supone esa ofrenda. Por último, cogí dos orejas de cerdo crudas, las cocí con clavo y laurel, las pasé por la plancha y las puse en la mesa del aperitivo, calientes, crujientes, pegajosas y aciduladas con un buen chorro de limón. La experiencia fue tan buena como un poema redondo, tan fugaz como una sorpresa, o eso me pareció a mí. Y mientras sentía el picante del chile, la textura inigualable de un dado de sangre y la gelatina de la oreja fundiéndose en mi lengua, estalló en toda su plenitud el sentido del único verso que conozco de la señora Glück.