El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


Víspera de Corpus

10/06/2020

Es extraña la sensación que se experimenta estos días en los que Toledo debería estar celebrando su semana grande. Las calles, desnudas sin los toldos, no nos han permitido ‘oler a Corpus’. Los patios, que año tras año desvelan su belleza a toledanos y foráneos, permanecen cerrados, mientras  balcones y ventanas, sin mantones de manila ni reposteros, nos gritan que este año es distinto a los demás.
La pandemia no sólo ha alterado nuestros hábitos personales, sino que ha venido a trastocar lo más sustancial del alma de la ciudad, su fiesta mayor, el Corpus Christi. Mañana las calles no olerán a tomillo ni a flores, el incienso no perfumará el dédalo urbano de la vieja urbs regia. Recordaremos con nostalgia el viejo rito de poner las sillas, evocaremos el esplendor de los tapices flamencos en los muros de la catedral, la rica policromía de los hábitos de los capítulos, el venerable ceremonial barroco que renace cada primavera. Y sobre todo, el soberbio espectáculo de la custodia de Enrique de Arfe, tintineante y refulgente en el oro y la pedrería, bañada en la lluvia de los pétalos de rosa, con sus filigranas que se elevan a modo de oración hacia lo alto, trono que la piedad y la magnificencia de Cisneros quisieron para el Rey de Reyes.
Echaremos de menos el recorrer en esta noche las calles engalanadas, el despertar con las bombas reales, el reencuentro anual con amigos y familiares que regresan a Toledo para revivir el día más importante del año para un toledano.
Y sin embargo este Corpus, el primero que se celebrará entre las naves de la catedral sin salir al exterior desde los convulsos años de la Segunda República y la guerra civil, puede ser un Corpus más auténtico. Porque todo el maravilloso envoltorio que se despliega este día, la belleza desbordante que satura los sentidos, el extraordinario conjunto de expresiones artísticas y culturales que  han ido construyendo durante siglos un patrimonio único en el mundo, no es ni más ni menos que el ropaje externo, prescindible, del Misterio admirable que se celebra. Para el creyente, este Corpus es una oportunidad para ir a lo esencial, a lo verdaderamente importante, a la adoración del Pan de los ángeles que se ha hecho Pan de los hombres, a la contemplación del hecho inenarrable de un Dios-Hombre entregado en la cruz y vencedor de la muerte que ha querido dejar el memorial de su pasión en el signo pobre y humilde del pan que se entrega y se reparte, haciéndose alimento de vida. Pan de la Eucaristía, sagrado banquete en que Cristo es nuestra comida, colmando el alma de gracia y dándole la prenda de la gloria futura, Amor de los Amores que nos convida a su mesa.
Eso es el Corpus, el verdadero Corpus, el que estamos invitados a celebrar, a contemplar, a adorar.
¡Feliz día del Corpus!