EL REPLICANTE

Alejandro Ruiz


Inventando diferencias

22/10/2020

Es una obviedad propia de la naturaleza humana que quien se empeña en reivindicar o exponer reiteradamente alguna diferencia personal respecto de los demás, es porque considera que esa diferencia lo hace especial y mejor que quienes no gozan de la prerrogativa exclusiva que marca su diferencia. Nadie resalta una peculiaridad que pueda considerarse un defecto o una debilidad, que normalmente se oculta en el submundo de los complejos. En lo público pasa lo mismo; somos diferentes y mejores y no nos juntamos con quienes no son como nosotros.
La diferencia rebuscada, forzada o resaltada abre paso al sentimiento identitario y a la exclusión del otro. Y la clave está en inventarse diferencias identitarias de características de exclusiva excelencia que lleven al victimismo; «tú eres diferente, especial, exclusivo y mejor, por eso estás discriminado y oprimido. Pero no te preocupes, que aquí estoy yo, el paladín de todas las causas y derechos identitarios de la galaxia. Así, la identidad y los sentimientos, prevaleciendo sobre la razón, legitiman cualquier derecho que quieras plantearme. Yo soy el sumo sacerdote de tu pequeña burbuja, defensor de princesas y causas perdidas. Ven y vótame, yo te construiré un muro social y obligaré a todos a instaurar e imponer tu diferencia, tu sentimiento».
De este modo los derechos identitarios pueden ser infinitos. Curiosamente, el origen se encuentra en que la pérdida del tradicional apoyo de las clases trabajadoras a las izquierdas los ha llevado directamente a la búsqueda desesperada del voto de minorías identitarias de cualquier tipo. Centrándonos, por ejemplo, en el derecho identitario que nos acerca al nacionalismo periférico, podemos afirmar que únicamente el proceso de abandono de los referentes ideológicos históricos en la búsqueda a ultranza del voto, explicaría que José Luis Rodríguez Zapatero prometiera su apoyo al proyecto del Estatuto de Cataluña y que cuestionara la propia existencia de la nación española, que Pascual Maragall promoviera desde el tripartito aquella reforma estatutaria, que Pere Navarro defendiera en su programa electoral el derecho a decidir, o que Pedro Sánchez planteara el reconocimiento del carácter plurinacional del Estado y se sustente con vascos y catalanes de cualquier calaña.
El resultado final es que, paradójicamente, resulta que todos estos han venido a representar los dogmas discriminatorios arcaicos del pensamiento más feudal y la jerarquía ancestral que eterniza los privilegios.
Las diferencias en la identidad cultural, étnica, nacional o personal, el multiculturalismo, el indigenismo, los hombres y las mujeres, los homosexuales y los heterosexuales, los azules y los rojos, los rubios y los morenos, los altos y los bajos, no son más que componentes ideológicos de dominación política que intentan transformar y destruir la personalidad individual.
 La resistencia individual es el único acto que nos queda de afirmación de nuestra propia identidad contra la homogeneización del pensamiento.  De ahí esta crítica acerada.