La espada de madera

Bienvenido Maquedano


John Deere

12/05/2020

Óscar Rodríguez Valladares es churriego porque se crió en Santa Cruz del Retamar, del mismo modo que los naturales de Ciudad Real son culipardos. Tuvo la desgracia de que su padre, Justino, fuese maestro, con lo que eso lleva de trabajo extra y estatus cuando eres un niño; también tuvo la fortuna de que su padre, Justino, fuese maestro, porque su casa estaba equipada de serie con una buena biblioteca. La infancia de Óscar estuvo bien, con calle y campo, viajes en Dodge al Bernabéu, y libre y temprano acceso a las páginas del Decamerón, la Ilíada o las aventuras de Julio Verne. Cuando Justino se marchó a dirigir el colegio español de Tetuán, su hijo disfrutó de exóticas y rocambolescas estancias marroquíes. De esa patria que es la niñez y la primera juventud le quedó el recuerdo inútil de un montón de alineaciones de los equipos de fútbol de los años setenta y ochenta, un exquisito poso cultural, rudimentos de dariya, y una cita literaria sacada de la reveladora lectura de Emmanuel que tiene que ver con posesiones femeninas y falos poderosos.
Erró su camino al elegir carrera universitaria y, a lo largo de seis años de arquitectura y partidos de rugby, mantuvo el leísmo y perdió varias tildes y los artículos determinados e indeterminados, todo lo cual provocaba que sus primeros escritos fueran engorrosos de leer. Tras unos palos de ciego rehabilitando conventos con chicos inadaptados de escuelas taller, como todos los arquitectos, ganó dinero. Le dio por el golf, por navegar, por los relojes de aviador, por comer en sitios caros, mientras vagaba por los pueblos levantando viviendas horteras para una clientela sin gusto pero buena pagadora. Se hizo una casa con jacuzzi, bebió buenos vinos, tonteó con varias mujeres. Después dejó de ganar dinero y encontró algo de reposo. Soltó la mano escribiendo relatos esféricos para un blog; se refugió de la crisis en un club de lectura que aún colea en el bar Jacaranda; visitó con frecuencia a su tío escritor (un tal Rafael Sánchez) y se puso a leer en serio. Aldecoa, Nabokov, Cortázar, Conrad, Cela, Pinilla, Goytisolo, Ford, Umbral, Berlin.
Esos autores provocaron el mismo efecto en él que las partículas extrañas que se introducen en las ostras. Ganó premios con algunas perlas: el Eurostars Hotel, dos veces el Zenda. Si se pone empeño, se pueden leer algunos de sus cuentos escarbando en la broza de Internet. Un día la ostra parió un diamante y obtuvo la mención de honor del premio Unicaja. Sólo por esa historia llena de alma los miles de páginas leídas y emborronadas por Óscar han merecido la pena. Lo lamento por usted, que no puede leerla por el momento, pero esa circunstancia temporal, qué quiere que le diga, me hace sentir especial.



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