Me la juego

Ana Nodal de Arce


Recobrar la alegría

21/05/2020

He leído que Manolo quiere vender su bombo. Dice que lo está pasando mal, que no gana dinero en su bar y, llorando, expresa su dolor ante la negra expectativa que se cierne sobre su existencia: desprenderse de su icono más preciado, ese que ha hecho sonar en campos de fútbol de todo el mundo apoyando a la selección española. En fin, lo de Manolo, un hombre tendente al dramatismo, con todos mis respetos, me sirve para ilustrar el ambiente triste, melancólico y hastiado que vive nuestra sociedad, unido a una excesiva y peligrosa crispación enarbolada por los extremos políticos. Y eso es inadmisible: no enfrentemos aplausos a cacerolas.
Después de dos meses de confinamiento, con un comportamiento extraordinario por parte de los españoles, por el que también merecemos nuestro particular homenaje cuando menos, llega el momento de recobrar esa alegría que perdimos de la noche a la mañana, de darnos un pequeño placer, de acercarnos a los nuestros, de dar libertad a ese abrazo que tiene un destinatario al que nunca llegó.
Sin bajar la guardia, por supuesto, es preciso apoyar el esfuerzo de los autónomos, de los pequeños empresarios, de esos hosteleros que abren sus terrazas a medio gas, cumpliendo las medidas establecidas, para que quienes dependen de estos negocios puedan vivir con dignidad. Tomemos tranquilamente una cerveza, vayamos a por esa ropa que marca el comienzo del verano, compremos ese libro que hemos deseado devorar. Cumpliendo. Respetando. Tolerando. Que no se pare el mundo, para que aquellos que hacen cola en los bancos de alimentos o empeñan sus joyas para sobrevivir en estos días oscuros, puedan unirse cuanto antes a esta llamada sociedad del bienestar, que nos ha demostrado que no era tan robusta como pensábamos.
Y, ante todo, pido un gesto con nuestros mayores de las residencias, las víctimas más vulnerables de esta pandemia. Miles se han quedado atrás, por desgracia en la más absoluta soledad, pero los supervivientes precisan un respiro en su largo encierro. Lo merecen, lo esperan, lo necesitan. La administración, que meses después y con tibieza, comienza a hacer test a los empleados de estos centros para descartar la posibilidad de introducir el virus ante un colectivo tan indefenso, ahora debe ofrecer a los mayores una oportunidad para que vuelvan a sentir el cariño de sus seres queridos. De no ser así, muchos de los que no han fallecido por coronavirus corren el riesgo de morir de pena. Y esa es otra forma, lenta y cruel, de aniquilarlos. «El arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza», dijo Maurois. La de ellos es simplemente abrazar a los suyos o sonreírles con esa mirada que derrocha amor, incluso donde reina el olvido. No volvamos a decepcionarles.