El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


Tarde en el Thyssen

07/10/2020

Siempre he sido un gran aficionado a la pintura. Sin tener ninguna habilidad artística, o quizá por ello, me fascina, desde que en mi adolescencia descubrí a Giotto y a Rubens, el contemplar un cuadro. Me encanta pasar largos ratos visitando museos, y cuando puedo, me escapo al Prado o al Thyssen a deambular por sus salas, en las que siempre descubro algún detalle nuevo del que admirarme.
El sábado volví al Thyssen a pasar la tarde. Un oasis de belleza, en el que el espíritu se tonifica, se eleva, y, por unas horas se evade de la rutina cotidiana. Como en cada uno de los museos que visito con frecuencia, tengo en éste mi galería particular, la de aquellos autores que considero mis favoritos, en cuyas obras vuelvo una y otra vez a detenerme, sin que su contemplación me canse jamás. Juan de Flandes es uno de mis pintores preferidos y en el Thyssen puedo deleitarme con una deliciosa tablita, ‘Lamentación sobre Cristo muerto, y el delicado retrato de una infanta, tal vez Catalina de Aragón, que contrasta poderosamente con la soberbia y arrogancia que transmite el vecino retrato de su esposo, Enrique VIII de Inglaterra, de Holbein. Dos grecos, la ‘Anunciación’ y ‘Cristo atado a la columna’, rebosan de misticismo e invitan a elevar el alma hacia el ámbito de lo divino. Una idea magnífica ha sido la de poder observar en directo la restauración del enigmático ‘Joven caballero’ de Carpaccio. Todo ello prepara para la extraordinaria conjunción de la sala 12, en la que, junto al ascético ‘San Jerónimo’ de José de Ribera, pueden contemplarse, nunca mejor empleado este verbo, dos verdaderos ‘capolavori’, la espléndida ‘Santa Catalina de Alejandría’, de Caravaggio, maravillosa tras su reciente restauración, y la escultura en mármol de San Sebastián, obra del genio barroco de Bernini, cuya hermosa anatomía culmina en el sereno rostro del mártir.
Otras obras en las que me detengo son la ‘Santa Casilda’, de Zurbarán y las vistas de Venecia, de Guardi y Canaletto. La espléndida colección de pintura holandesa, que completa la del Prado, la interesante representación de los pintores decimonónicos americanos, el desgarro de los expresionistas, la delicada explosión de azul de la bailarina de Degas…todo ello resulta un solaz para el espíritu.
Pero mi deambular fue en soledad. Apenas había gente en las salas habitualmente concurridas. El silencio, si bien ayudaba al disfrute artístico, resultaba punzante, al ser fruto de la ausencia de visitantes debido a la situación de la pandemia. La cultura ha sido una de sus grandes damnificadas. Y sin embargo, en un momento, una voz solitaria me llenó de alegría: una madre explicando a sus dos hijos, muy pequeños, lo que era un bodegón, mientras los niños escuchaban atentos. El amor al arte, a la belleza, nace así, de la transmisión entusiasta, cálida, apasionada. Y mientras exista la contemplación de lo Bello, habrá Esperanza.