Con los pies en el suelo

Alejandro Bermúdez


¿Y cuando no nos entendamos?

06/11/2020

Ya se ha vivido la situación. Algunos jóvenes profesionales de esas Comunidades, que no quieren ver el idioma español ni de lejos y mucho menos hablarlo, han tenido dificultades para hacerse entender ante instituciones españolas. La situación es triste.
Los descerebrados que están fomentando o permitiendo que esto ocurra, están haciendo un flaco favor a la población de estas regiones, que se van a ver apartadas por razón del idioma, no ya de la inmensa mayoría de los españoles, sino de otros quinientos millones que usan esta lengua.
No cabe duda que el perjuicio de esta cerrazón en sí mismos va a ser a ellos a quiénes perjudique. El problema es que, cuando se den cuenta de ello, la situación tendrá mala solución, el daño ya será irreversible. El problema que se está dando ya en muchas empresas y servicios de dentro de estas Comunidades, incluidos sus hospitales, habla por sí sola, hay muchos puestos que, por razón del idioma, tienen dificultades para cubrirlo y, al final, ellos pierden.
El panorama es más absurdo cuando, en este momento de la historia, no se trata de una alternativa; no tienen que elegir entre una u otra lengua, pueden y deben conocer ambas, la común de todos los españoles hasta que el absurdo lo impida y la de su Comunidad. Lo lógico sería buscar el enriquecimiento que da la combinación de lo universal con lo más peculiar. Sin embargo, por rencores y fobias estúpidas, están cumpliendo la sentencia popular: quedarse ciegos por ver a sus vecinos tuertos.
Lo más absurdo es que esta aberración, quienes la practican, van a llegar cogiditos de las dos manos. Una la ase el gobierno de su Comunidad y la otra el de España. A ninguno de los dos gobiernos les mueve el interés de fomentar una mejor relación entre territorio, ni una mayor cultura ni un mayor bienestar. El gobierno propio, el del terruño, lo fomenta porque así acentúa el sentimiento de pertenencia de la tribu y se asegura su control. El de España, porque su mentalidad de luces cortas, le lleva a ceder cualquier cosa, aunque hunda a quién hunda para el futuro, con tal de mantenerse un día más en el colchón recién estrenado de la Moncloa.
Este cortoplacismo interesado se está dejando ver bien a las claras con el sectario proyecto de educación que nos preparan, cuya finalidad es fomentar la ignorancia del alumnado como vía para una mejor manejabilidad del rebaño. Dejar pasar de curso a los alumnos sin tener la mínima preparación necesaria para ello es la mejor manera de dividir a la sociedad en dos clases perfectamente diferenciada. Una, la que aquellos, como los hijos de quienes preparan la reforma educativa, que se pueden permitir sacarlos del sistema. Sus hijos, no les quepa duda, estudiarán en buenos colegios privados, nacionales o extranjeros, mientras la inmensa mayoría caerán en las garras de un sistema tan permisible que no les procurará formación de utilidad alguna.
El camino de la cerrazón lingüística y la pobreza educativa ya ha comenzado. Nuestro presidente ya ha hecho que a su esposa, que no es ni siquiera licenciada, la nombren directora de una cátedra en la Universidad Complutense. No nos extraña ¿qué respeto puede tener por la docencia quién ha copiado su tesis doctoral? Acabaremos analfabetos y sin entendernos.