Macondo

María Ángeles Santos


Pactología y letras

No es una disciplina que venga en el catálogo de estudios universitarios; ni en uno de esos carísimos másters de los centros privados o de fundaciones tipo FAES que gustan de dar clases de lo más insospechado. Ni tan siquiera está en uno de los socorridos módulos a los que acuden quienes, por falta de ganas o de medios, intentan estudiar algo para salir del paso.
La Pactología no se estudia, ni siquiera existe, con lo bien que vendría ahora un cursillo, aunque fuera acelerado, viendo lo que se nos avecina, y ante la posibilidad de que nos encontremos ayuntamientos,  comunidades y hasta países paralizados, bloqueados y ocupados en asuntos que no son los fundamentales, los importantes y los urgentes. Y no está la cosa para muchas demoras.
Se ha empezado a conjugar el verbo pactar cuando ya figuraba entre las palabras moribundas en el diccionario, las que, por desuso, están a punto de ser retiradas y nadie recuerda bien su significado primigenio. Cuando a nadie se le ha ocurrido incluir la ‘Pactología’ entre los estudios fundamentales para quienes quieran dedicarse al noble oficio de servir al ciudadano. Esto no es guasa. Lo de noble, digo.
Podría montarse un plan de estudios en un pis pas, que tampoco hay que ser un genio para decidir qué asignaturas tendrían que incluirse en el programa. La primera, servicio público, definición, objetivos, finalidad…La segunda, altura de miras. Fácil, en un par de párrafos puede explicarse que es no mirarse al ombligo ni mirar a los sillones o a los ceros del cheque. Y habría que incluir varios capítulos de solidaridad, de empatía, de ‘piel’, que diría algún defenestrado dirigente del PP, amén de nociones de geografía humana, para conocer no sólo las ciudades y los pueblos que van a gobernar, sino especialmente a las personas, para compartir con ellas alegrías y tristezas. Comprensión, talante, generosidad, facilidad para el diálogo y cintura política también serían materias a computar.
Pero nadie podría aprobar Pactología si no pone en primer lugar a las personas. Por encima de todo, de intereses de partido, de número de votos, de estrategias para las próximas elecciones, de reparto de cargos, de cálculos de posibles sillones, están las necesidades humanas. Que no son invisibles, porque se ven con los ojos del corazón, como decía el zorro al Principito, aunque el corazón no sea un órgano común en las mesas de negociaciones. Se pacta con la cabeza y se olvidan de que nosotros, los de a pie, queremos corazones que latan al tiempo de los nuestros.
Si los pactos, además de los partidos, los hacen las personas, y esas personas se han mirado el programa de esta utópica carrera de Pactología, cuánto cambiaría la cosa.
Lo de las ‘Letras’, es un anexo para subir nota. Y de paso, no estaría mal que la maltratada Cultura también estuviera entre los temas a pactar.