LOS POLÍTICOS SOMOS NOSOTROS

Enrique Belda


No es transfuguismo todo lo que reluce

30/03/2021

Usando los episodios de Murcia o Castilla-León, los partidos y los medios de comunicación, según su conveniencia, y especialmente también Pedro Sánchez, que es poco fino en el uso de conceptos básicos, han alertado sobre un hipotético regreso del transfuguismo a España. Pero el transfuguismo no es que unos representantes abandonen su partido o grupo parlamentario ejerciendo su garantía constitucional a no estar sujetos a mandato imperativo. Ni siquiera es que se pasen directamente a otro partido.
El transfuguismo relevante, el preocupante, es cruzarse de un grupo parlamentario a otro cuando tal cosa genera como consecuencia el cambio del gobierno, bien sea porque puede sustituir la presidencia, bien sea porque aprueba algún instrumento básico del territorio (concejal que se cambia, sospechosamente, antes de que su grupo no apoye el planeamiento urbanístico que le va a recalificar la huerta). No es transfuguismo cuando los diputados o cargos públicos de un partido en descomposición huyen en desbandada hacia otras bancadas, en especial cuando la fuerza por la que salieron elegidos cambia cada hora de criterio. Además de tener el respaldo normativo para interpretar como les venga en gana la voluntad de toda la sociedad, y no solo de los que les eligieron con su voto (que también), las posturas de los díscolos sirven a veces, precisamente, para evitar los efectos del verdadero transfuguismo: que cambie un Gobierno.
Los políticos de Ciudadanos de Murcia que iban a obedecer las nuevas instrucciones de Arrimadas eran los que provocarían con su voto, legalmente, el cambio de presidencia en esa Comunidad. Nada que objetar y que los electores les premien o castiguen, pero no es de recibo que a los que piensan, precisamente, que el gobierno no debe de mangonearse desde instrucciones emanadas a cientos de kilómetros de la región, se les tache de tránsfugas. En mi Comunidad Autónoma las maniobras orquestadas en la oscuridad por otro presidente, esta vez no Sánchez, sino García Page, del PSOE también, impusieron a sus concejales de tres de las cinco capitales de provincia de la región que votaran, sí o sí, tarde o temprano, a miembros de Ciudadanos que no habían ganado las elecciones ni quedaron segundos, ni por asomo fueron apoyados para regir sus ciudades. Partieron las alcaldías por mitades como si fueran un solo donuts comido por amantes propensos al colesterol .¿Serían tránsfugas los socialistas que se negaran a apoyar directrices de su centro de poder regional, cuando han ganado las elecciones? Claramente no.
El caso más curioso es el que se produce en la ciudad de Albacete donde el partido Ciudadanos llega así a la Alcaldía con los votos de los concejales del PSOE: resulta que casi ningún votante de Ciudadanos veía a su cabeza de lista, actual alcalde, como figura política propensa a pactar con la izquierda. Si ahora los concejales de Ciudadanos y su alcalde se negaran a cumplir su pacto con el PSOE para entregar la alcaldía a ese partido esto no sería ni mucho menos transfuguismo, simplemente constituiría un incumplimiento de lo pactado, que guste o no, tiene amparo legal, y para colmo, no provocaría la barbaridad del reparto salomónico de alcaldía, que ningún ciudadano conocía al votar. Tránsfugas fueron Tamayo o Barreiro, y lo demás está siendo la dolorosa agonía de un partido político que repartía consejos de buen comportamiento y renovación, y como todos, tiene dentro gente buena y gente prescindible. Subidones y bajones a imagen y semejanza del carácter y estado de ánimo del que fuera su líder fundador.