Mi media Fanega

Jorge Jaramillo


Por nuestros rescatadores

Nunca me ha gustado planificar nada a tan largo plazo, claro está que según las cosas y las circunstancias de las que hablemos. Pero siempre creí que la vida hay que disfrutarla, sentirla o sufrirla con la intensidad de cada momento, y con la justa previsión para minimizar riesgos e imprevistos con el fin de reaccionar.
Y ahora de repente... me recorre un interminable escalofrío. Porque ¿quién nos iba a decir que de un día para otro quedaríamos presos en casa por un virus? Presos de incertidumbre, de indecisión, de dudas, de miedos, de futuro, de trabajos que penden ahora de una precaria e improvisada conexión on line, otros, del paro, ojalá que solo temporalmente. Igual no calibramos bien las señales que nos estaba dando el país donde se desató la pesadilla, el país que más oportunidades comerciales ofrecía, inmerso en sus líos con los Estados Unidos, y que nos obnubiló frente a la alarma, aunque eso ya no importe tanto como mucho más, el mensaje de que si hacemos las cosas bien como ellos, superaremos esta crisis sanitaria, tal y como aseguran sus facultativos y empiezan a visibilizar acariciando incluso la vacuna.
 De la mañana a la noche, el escenario en las calles se ha vuelto fantasmagórico si no fuera porque los agricultores y ganaderos, una vez más, han optado por sacar desinteresadamente sus tractores, los mismos que hace días desfilaron por Zocodover y tantas ciudades del país para reclamar precios justos, ahora rociando soluciones de cloro y lejía para desinfectar vías y callejuelas, con un esfuerzo personal tan solidario que vuelve a situarles en el plano más digno de la condición humana en misiones tan universales como la de alimentarnos.
Sin buscar ningún protagonismo, al igual que vemos con miles de sanitarios de nuestro país, ¡esta es otra generación de soldados valientes!, se han convertido de manera involuntaria en otra pieza fundamental del engranaje de esta maquinara gripada por una avería vírica. Ayer exigían precios dignos para su trabajo, y hoy suplican y subrayan el valor del raciocinio para que el consumidor abandone la histeria, el pánico y las compras compulsivas con el fin de que la cadena funcione con la normalidad de siempre, si quieren que no colapse como está ocurriendo ya desgraciadamente en nuestros hospitales.
   Ahora que tenemos tiempo, y sabiendo que esta situación representará un antes y un después en nuestras vidas, en el modelo económico y social que nos adormeció y nos hizo fríos, distantes, egoístas e insolidarios, no estaría de más que pensemos en el valor de las cosas, también de los alimentos que hoy buscamos con ansia entre los estantes de tiendas, comercios y supermercados por si mañana no llegaran a tiempo.
   Ha tenido que ser un maldito, cobarde e invisible COVID-19, y ha tenido que provocar el colapso de nuestras rutinas y necesidades interrumpidas por el obligado confinamiento y el cierre de fronteras, para darnos cuenta, desde el arresto domiciliario, del papel estratégico de nuestros productores a los que tantas veces despreciamos -posiblemente sin querer- por el hecho de tener a nuestro alcance tantas referencias llegadas de cualquier punto del planeta en tiempo récord, pero a precios humillantes con los que veíamos, con total indiferencia, que se arruinaban por no poder competir.
   Entonces, ayer, nos daba igual; mañana, según despertemos del mal sueño, estaría mejor que devolvamos a todos esos rescatadores lo que llevan entregándonos, generación tras generación, sin pedir tanto a cambio.