PAISAJES Y PAISAJANES

Antonio Pérez Henares


Deseo de otoño

02/10/2020

Días febriles que se oscurecen en noches desengañadas; noches de lunas aguadañadas que alumbran turbios días. Espero que el tiempo de la lluvia, que es mi tiempo, ya me alcance. Que el otoño, la estación del viento húmedo, a la que amo, me repare el cuerpo y me vivifique el alma, como resucita su agua a las tierras, como lava y transparenta mis ojos y los horizontes y como acaricia mi piel con el olor a mojado.
Es mi estación y la anhelo más que nunca. Necesito que el sonido de la lluvia me aleje de esos ruidos que cada vez más pegajosos y obsesivos nos cercan. Sé que no podrá vencerlos, que ella se ira con los vientos, pero al menos si algún alivio.
¡Cuesta ya tanto, cada vez más, hablar de las cosas hermosas, de lo sencillo, de lo cotidiano, de la pura vida! Es ya una condena tener que hacerlo y no poder tener otra cosa en la cabeza que lo que nos cerca, por cada costado un espantajo, un espectro, una amenaza o una angustia.
 Me he hecho hoy el firme propósito de sacudirme, aunque suene y sea huida, el yugo y la albarda. Escapar hacia el otoño, aunque sea con el deseo y el recuerdo y en cuanto pueda a pelo. Presencialmente que se dice ahora.
 Y sabe lo que más deseo. Pues algo donde acabo pensando en que la mente humana no llega ni a atisbar siquiera ya no la respuesta sino ni siquiera las inmensas preguntas cuando el hombre se pone a mirar al universo. Entonces me pongo a contar estrellas. Contando estrellas. Yo la cuento así:
 La primera en el cielo no lo es. No es una verdadera estrella. Es un lucero. Que tampoco. Es Venus y asoma hoy por donde no salen al principio de la noche las estrellas, por donde todavía hay claridades de sol poniente. La primera estrella de verdad parpadea algo más tarde, hacia el naciente, donde el cielo es más oscuro, por el Este.
  Se puede contar esta, una, luego otra al lado, dos. Y hasta la tercera y la cuarta se van encendiendo ante la mirada del hombre y pueden contarse. Hasta la salida de diez puede contarse. Luego ya no. Ya empiezan a parpadear demasiadas, por todos los sitios a los que se mire, hasta alguna cercana a aquel primer lucero que salió antes que ninguna. Al cabo de un rato, las estrellas ya son como deben de ser, incontables.
 Pero ya pueden comenzar a distinguirse sus figuras y sus constelaciones. Ya se distingue el Carro de la Osa Mayor y si fuera invierno buscaría Orión y en la cintura del Gran Cazador, las Tres Marías, las primeras que de niño aprendí a señalar en el cielo frío, en las noches que destilan el hielo por cada una de sus puntas. Las que enseñe a mirar a mi primer amor. Las que espero mostrar al último. En una noche así, como esa que añoro y espero en que vaya, y se retrase en salir la luna.