Me la juego

Ana Nodal de Arce


¡Que vienen los fachas!

17/09/2020

Hará unos siete meses, nuestra vida era normal. Más o menos. Ya teníamos noticias del virus de China, pero lo veíamos muy lejano. Casi tanto como esos extravagantes mercados del país oriental de donde parecía proceder. Nosotros, tranquilos. No en vano, entró en nuestras vidas el carismático doctor Simón para transmitirnos sosiego y calma. Y lo consiguió. Cuando en febrero el ya conocido coronavirus atacaba sin piedad al norte de Italia, aquí estábamos tan confiados, que el propio presidente Sánchez ofrecía generosamente los magníficos recursos de la sanidad pública española para ayudar a este país hermano.
En aquellos momentos ya habían surgido voces que avisaban que la enfermedad no era tan inocua como se creía y estos osados fueron objeto de mofa, tachados de alarmistas y considerados enemigos de la doctrina del gobierno. Unos fachas, vamos. Mientras, los seguidores de PSOE y Podemos despreciaban el virus chino y proclamaban a los cuatro vientos que ellos no se iban a dejar vencer por el miedo, que sus vidas no iban a cambiar y que iban a manifestarse y hacer lo que les viniera en gana porque el miedo era más peligroso que el virus. Ellos fueron, pues, los primeros negacionistas de una enfermedad que arrasó el mundo como un tsunami.
Llegó el estado de alarma, el confinamiento total, solo roto por la visita al súper más cercano, el paseo del perro y los aplausos a las ocho, con las mil versiones del Resistiré cantadas por algún vecino que se venía arriba en tan terribles circunstancias. Cada sábado, los discursos del presidente. Tiempo después, qué felicidad, vino el paseo de una hora, por edades. Todos obedecíamos, todos callábamos, salvo unos cuantos ‘ricos’ que sacaron las cacerolas a las calles. Su opinión daba igual. Eran fachas.
Y es que durante la pandemia se ha tejido una sutil estrategia contra aquellos que han cuestionado la gestión del Ejecutivo: el que ha criticado a Sánchez y a los suyos es un fascista peligroso, frente a los defensores del progresismo, que consideran poca cualquier medida coercitiva contra ese virus que, según Simón, iba a atacar a dos o tres personas, como mucho. Ahora los que cuestionan las mascarillas en lugares abiertos son negacionistas, aunque hayan sufrido en sus propias carnes los estragos del virus. Y fachas. Pues miren ustedes, se equivocan: en España sigue viva la libertad de pensamiento, la libertad de opinión. Han pasado más de seis meses y tenemos derecho a saber cuántos muertos ha causado esta pandemia y a pedir responsabilidades contra el cruel encierro al que someten a nuestros mayores, pisoteando su salud emocional y sus derechos. O a exigir aulas seguras. Y no vienen los fachas, no, salvo si ganan unas elecciones democráticas. Ahora somos inmunes al miedo, que no al virus. Que conste.