Tiempos de swing

Sonsoles Arnao


Mira que eres canalla

05/04/2020

La semana terminó como empezó. Triste. En medio de esta melancolía y bajón de la montaña rusa de estos días, la vida, tan canalla, se llevó a una joven mujer. Su risa arrolladora, su coraje y fuerza se ahogaron en un maldito accidente laboral. Recordaré los momentos felices contigo aunque ayer de nada nos sirva y solo morir permanezca. Vivir es un accidente y estamos de paso. Y se apagó el latido del creador Luis Eduardo Aute. El artista completo, de verdad, de los que exprimen la belleza de esta absurda vida. Me levanté en casa un sábado de agosto con dos amigos, cogimos el coche, el amor y los sueños, y nos fuimos a Bilbao para ver a Aute esa misma noche. Era el Aste Nagusia de 2001 y en la Pérgola, más de cinco mil personas y un escrupuloso silencio esperábamos a que nuestro corazón ardiese. Mi primera canción, manuscrita en la carpeta del instituto, fue La Belleza. Me parecía la canción más revolucionaria en las trincheras del amor y la revolución en las que vivíamos esos días. El maestro Aute no volverá a coger un pincel, no nos regalará más versos, ni será testigo de los nuevos amores, ni de la porquería del mundo que vendrá, ni esculpirá cuerpos femeninos gozando de placer. Pero su arte es eterno. Y nos ha dejado tanto. Nos ha invitado a un té en el Hafa de Tánger, a bailar slowly at the end of the rainbow, a organizar un trío a ritmo de swing y relativizar los celos. Nos ha estremecido con las alas abiertas en el cunnilingus más poético. Sus canciones nos llevaron al cine o a un museo. Nos enseñó la belleza más carnal y la más espiritual. A dialogar a tientas. Y a llorar los muertos al alba. Identificó a los falsarios y mercaderes. Nos relató, con profético detalle, el cambalache de miserias del siglo XXI en el que viviríamos. Nos advirtió sobre los trepas y los profesionales de la libertad. Nos animó a ondear las banderas que tienen por patria ninguna nación. Que la única certeza es buscar y encontrar lo bello de este mundo. Que el paraíso dura lo que una estrella fugaz. Que la cotidianidad, con sus horarios y obligaciones, son el mejor pretexto para huir de la nostalgia y un helado de fresa. Y sobre todo, nos enseñó a preferir amar, porque sigue siendo el verbo más bello. A amar de pronto, como animal. A amar prohibido, de vértigo, con alevosía, con furia, como si estuviéramos vivos. A amar, amor. Y a vivir, por muy terriblemente absurda que sea la vida. Agarraré un clavo ardiente para vivir. Sin claudicar. Andaré el camino hasta el hueco que te nombra y dormiré con tu nombre besando mi boca. Y así, recordamos al genio, pícaro, vanguardista, comprometido y canalla. Al artista libre que nos enseñó la libertad. La libertad de amar. Luis Eduardo Aute, in memoriam.