Cristiandad

Javier Salazar Sanchís y María Ferrero Soler


El pensar de Dios

30/08/2020

Pensar como los hombres o pensar como Dios. Evidentemente, pensamos como los hombres porque somos hombres. Y Dios piensa como Dios porque es Dios. Es de perogrullo, pero la convergencia en esos pensamientos es complicadísima. ¿Cómo entender el pensamiento de Dios, cómo entender a Dios? A veces pienso que solo hay una manera: no queriendo enterderle.
A Dios se le comprende –en la medida en la que se le puede comprender- cuando se le conoce. Cuando conoces a alguien sabes en qué tono habla, qué quiere decir y por qué hace las cosas: cuando conoces a Dios sabes que habla siempre con cariño, que lo que quiere es tu felicidad y que lo que hace es por tu bien y por amor a ti –hasta cuando permite lo que duele-. A Dios se le entiende, de hecho, cuando no se le quiere entender sino que lo que se le quiere es amar. El amor no consiste en diseccionar el conocimiento y ser convencido sino en vivir en la confianza en quien nos quiere. Máxime cuando quien nos quiere lo hace hasta tal punto de no dejar de querernos hagamos lo que hagamos.
Pensamos como hombres y amamos como hombres. Pedro no quiere ver sufrir a Cristo, pero sin los sufrimientos aceptados por Cristo en la cruz, asumiendo en su cuerpo las consecuencias de todos los pecados de todos los hombres, nosotros seguiríamos siendo presa de ellos, nosotros sufriríamos todas sus consecuencias (las que sufrimos ahora son solo una parte de ellas), nosotros seguiríamos incapaces de volver a acceder a la presencia de Dios. No quiere que sufra porque le quiere y le desea estar bien, pero piensa como hombre y ama como hombre. Cristo nos ama como Dios y acepta ese dolor porque vino a ello, a que podamos vivir en su presencia, a pagar la factura de nuestra rebeldía y restaurarnos. Y si eso conlleva sufrir, sufre: sin miedo, sin perder la paz, con dolor extremo, sí, y con la aceptación total que nace de su amor a nosotros.
El plan de Dios abarca toda la humanidad, todos los tiempos y todas las personas. La creación entera está en su plan. La vida a veces duele, es inevitable, pero Dios no nos deja y todo ello lo aprovecha para el bien. No quiere que suframos –Él no inventó el sufrimiento-, pero cuando toca, lo aprovecha en nuestro bien.
Cuando leo la primera lectura, se me conmueven las entrañas. Jeremías sintiendo rechazo hacia Dios porque no le comprendía y a la vez sin poder dejar de tender a Él, de alejarse de Él. Es la historia de Dios persiguiendo al hombre. El dolor que atenazaba a Jeremías le hacía no comprender a Dios y culparle, pero Dios le socorría, le sustentaba, le ayudaba en ese dolor y él, que sentía rebeldía por su sufrimiento, comprobaba cómo Dios le quería y tenía el corazón ardiente en Él. «Pensé en olvidarme del asunto y dije: «No lo recordaré; no volveré a hablar en su nombre»; pero había en mis entrañas como fuego, algo ardiente encerrado en mis huesos. Yo intentaba sofocarlo, y no podía» (Jer 20, 9). Él mismo confiesa, al contar esto, que le sedujo el Señor: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; has sido más fuerte que yo y me has podido». (Jer 20, 7). ¡Cuánta alegría y cuánto amor destilan estas palabras! ¡Qué preciosa confesión de amor!, ¡qué preciosa proclamación de la debilidad del hombre y del amor fiel e infinito de Dios! Es la expresión de quien ha entendido que, entre el pensar de los hombres y el pensar de Dios, es mejor el pensar de Dios y vive confiado en Él, seducido por Él. A Dios se le entiende cuando ya te has dejado seducir. Y una vez nos dejamos seducir, ningún dolor nos resta siquiera un ápice de dignidad.
Javier nos comenta ahora otros aspectos del Evangelio de hoy, de Pedro, de Cristo y de nosotros:
¡Quítate de mi vista, Satanás!
Para meditar este texto del evangelio es bueno que tengamos presente el de la semana anterior. Jesús, que ha bendecido a Pedro y lo ha felicitado porque le ha reconocido como Hijo de Dios, ahora le lanza una grave imprecación: ¡Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios! Me pregunto cuántas veces Jesús no habrá pensado lo mismo de mí. La fe no es un hecho sociológico, sino la respuesta personal de cada uno ante Dios que se manifiesta. Conlleva una actitud de confianza y abandono en Dios. Pedro, que lo ha reconocido, inmediatamente se ha olvidado. Su fe no había iluminado su inteligencia ni cambiado su forma de pensar, por eso siguió razonando como si no hubiera pasado nada. En el momento en que Jesús anuncia que debe ir a Jerusalén para sufrir y morir, Pedro exclama: ¡No lo permita Dios, Señor!, cuando Jesús precisamente va a su pasión para cumplir la voluntad del Padre.
Este relato del Evangelio es de los que más me gustan: San Pedro que acierta de pleno y después lo pierde todo. ¿No es eso lo que nos pasa tan a menudo a nosotros? A veces nos vamos de ejercicios espirituales o de convivencia, como es mi caso en la actualidad, tenemos un rato de oración en que disfrutamos plenamente de Dios, o estamos de vacaciones con la familia y todo es perfecto. Y al día siguiente de llegar cargado de buenos propósitos, lo hemos fastidiado todo: ha vuelto la pereza, la comodidad, el mal humor, la lujuria, la avaricia… y entonces nos parece que los días pasados han sido un engaño, no valemos para nada y somos incapaces de amar a Dios y a los demás. Y entramos en depresión: Todo lo que hemos hecho no ha valido para nada, somos unos inútiles, Dios no nos quiere santos, y demás racionamientos que vienen de Satanás. Pero: «todos me conocerán, desde el pequeño al grande -oráculo del Señor-, cuando perdone sus crímenes y no recuerde sus pecados». Si, cuando nos hemos creído más fuertes, tenemos que buscar un sacerdote, llorar nuestros pecados y volvernos hacía Dios, entonces, dale gracias. En la debilidad de los hombres se muestra la fortaleza de Dios. ¿Hemos hecho muchas cosas? Comparado con el amor de Dios son pocas. Dale gracias a Dios y vuelve a comenzar. Lo que te parecía tan difícil es tan sencillo como conectarte al enchufe del amor de Dios y, lo que parecía que no serías capaz de hacer, lo harás o, mejor dicho, lo hará Dios por tu medio.
En el ejemplo de san Pedro, descubrimos muchas enseñanzas para nuestra vida práctica en la Iglesia. La primera es que no están garantizadas por el Espíritu Santo todas las acciones de sus ministros, sino sólo aquellas que guardan especial relación con la salvación. Así, un sacerdote no deja de bautizar o consagrar válidamente a pesar de sus imperfecciones personales. Por lo mismo tampoco todo lo que hace un consagrado está necesariamente bien. San Juan Bosco decía a sus muchachos: «No gritéis viva Pío IX, sino viva el Papa», haciendo notar que hemos de sobrenaturalizarlo todo. La Iglesia está formada por hombres, pero no es el resultado de una suma.
Además, este episodio nos muestra cómo los peligros contra la fe pueden aparecer en cualquier momento y bajo cualquier excusa. La exclamación de Pedro no es extraña en el contexto – ¿cómo iba a aceptar que la persona que más amaba, el más bueno que había conocido, hubiera de sufrir?– y no faltarán ocasiones en que nos dejemos llevar por ellas. Santa Perpetua, que fue martirizada en Cartago poco después del año 200, explica que su padre acudía a verla a la prisión e intentaba disuadirla diciéndole cosas como: «Ten compasión de mis cabellos blancos, ten compasión de tu padre, si es que aún soy digno de ese nombre»; o se presentaba en el tribunal cuando juzgaban a la santa y le mostraba a su hijo diciendo: «Ten compasión de tu hijo». Pero Perpetua no renegó de su fe y murió mártir. Es muy probable que fuera para ella más duro el tormento que le propiciaron sus familiares que el trato que recibiera de sus perseguidores.
La fe supone una certeza tan fuerte para quien la tiene que los argumentos del mundo ceden ante ella. Pero eso pasa si nuestra confianza en Dios impregna todo nuestro ser, influye en nuestro modo de pensar y de vivir, y configura, en definitiva, toda nuestra existencia. Muchas cosas que son buenas y veraces en sí mismas se vuelven peligrosas y hay que evitarlas si, con ellas, ponemos en peligro nuestra confianza en Dios. Tener fe es querer en todo pensar como Dios.
 Pedro debió quedarse viendo visiones. Él que quería lo mejor para el maestro, es reprendido en público y con palabras fuertes. ¡Qué bien viene que el Señor nos reprenda de vez en cuando! A veces podemos sentirnos humillados pues nuestros pecados son conocidos, aunque quisiéramos que siempre estuviesen ocultos. Nos puede parecer que lo mejor es dar al mundo la imagen de cristianos ‘impecables’ y guardamos nuestras miserias para el secreto de la confesión (y tristemente, a veces, ni eso, queremos quedar bien también ante nuestro confesor o nuestro director espiritual) y cuando nos conocen como somos nos sentimos desconcertados.
Cuesta que nos entre en la cabeza que «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará». Nos puede parecer mucho mejor dar la imagen del cristiano perfecto, férreo, sin defecto ni mancha, pero existe el riesgo de que nos olvidemos de la misericordia, de que nuestra vida ya no es nuestra y que el ‘hombre viejo’ pelea por salir a la luz.
Cuando conozcas y conozcan tus miserias, acógete a la misericordia de Dios y piensa «Mirad, el Señor me ayuda, ¿quién me condenará?». Entonces serás capaz de llevar sobre tus hombros, que serán los de Cristo, tus miserias y las debilidades del mundo entero. Podrás entonar el salmo de la Misa de hoy sabiendo que es una gozosa realidad y harás tuyas las palabras de San Pablo: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte».  Puede parecer humillante que nos corrijan, pero cuando el que corrige es el Señor, entonces la fe se afianza en las obras y las obras se llenan de fe.
La Virgen, hoy bajo la advocación de la Caridad, Patrona de Illescas, mi primer destino, cuya fiesta celebramos mañana, acoge en su seno nuestras debilidades y las pone junto a su Hijo, para que podamos vivir, con todas nuestras flaquezas, confesando al mundo que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo.