A Vuelapluma

José María San Román Cutanda


Lo que de verdad importa

08/02/2021

Por circunstancias personales de mi vida, y también por las circunstancias que todos conocemos y padecemos en el hoy compartido, el otro día mantuve una conversación verdaderamente enriquecedora con una persona a la que admiro. Lo más curioso es que esa persona ni tan siquiera sabe que mantuvimos ese diálogo, en el que, por cierto, yo solo escuchaba y aprendía. Estará pensando, amigo lector, o bien que estoy intentando escribir un chiste o, simplemente, que escribo esta columna en un momento de poca o nula lucidez intelectual. Se equivoca. Quizá, escribir esto sea, junto con ese diálogo basado en el ejemplo que de forma completamente inconsciente me daba esta persona que en mi fuero interno me asediaba a miles de preguntas a cada instante, uno de los actos de mayor cordura y lucidez que mi poca o mucha inteligencia sentiente pueda llevar a cabo.
Mientras ese diálogo transcurría, pude ver en el rostro de esa persona, maestra de vida, el dolor y la amargura teñidos a regañadientes por un fino manto de esperanza trabajada con mayor precisión que la de un diamante. Sus pensamientos brotaban a flor de piel, anhelantes de libertad, de esperanza, de empezar de cero, de ese valor recientemente redescubierto por la raza humana que es la normalidad. Y, sobre todo, la búsqueda continua, constante y concienzuda de la parcela de felicidad que parece corresponderle por su condición mortal. En ese momento, algo frenó en seco el aluvión de pensamientos que pasaban por mi cabeza, y uno solo, poderoso y en forma de pregunta, envolvió a todos los demás: ¿qué es la felicidad?
Mis respuestas empezaron a brotar más o menos ágiles. La primera tiene que ver con su existencia. En esto, un innumerable grupo de autores de toda la historia, filósofos y no filósofos, ha buscado respuestas sin llegar a un consenso. Sí es una pauta relativamente común la de no presentar la felicidad en sí misma, sino a través de aquello que la produce, más orientada a una consecuencia. Aristóteles, en la Ética a Nicómaco, relaciona la felicidad con otras entidades como la virtud o la sabiduría. San Buenaventura escribió sobre la felicidad encontrándola en la consumación del camino que conduce al hombre hacia Dios. John Gay la encuentra en un método asociativo por cuya lógica perseguimos objetos que asociamos con la felicidad. Aunque todas estas visiones pueden ser discutidas y defendidas, yo siempre me he quedado con la de Julián Marías: la felicidad es un imposible necesario.
La segunda, relacionada íntimamente con la primera, tuvo que ver con la forma o la manifestación de esa felicidad. Todos tenemos una idea, más o menos aproximada, de qué es ser feliz, pero en cada uno vive de una manera completamente diferente. Es algo muy similar a los recuerdos que cada uno tiene de su madre en la infancia. Todos recordamos que nos acunen, que nos cuenten un cuento para dormir, que nos lleven al colegio y nos defiendan cuando somos débiles, pero, si lo escribiésemos, cada uno lo contaríamos de una manera tan radicalmente distinta que sería tal y como en verdad es: única.
Y la tercera, ¿dónde está hoy nuestra felicidad? ¿Dónde acoge nuestro tiempo, tan lastrado por tantos y tantos problemas sociales, la felicidad? Es un pensamiento en el que no había profundizado lo suficiente hasta hace no demasiado tiempo. Otra vez, el ejemplo de esta persona, auténticamente gurú de la realidad, me ayudó a planteármelo y a descubrirlo. Creo que todo depende de una cuestión de esencia, que para ser hallada a veces nos exige, aunque duela, un ejercicio de introspección y reflexión en soledad. Las circunstancias que nos han sobrevenido, los confinamientos, el poner el nombre y los apellidos de nuestros seres queridos a una amenaza invisible y el ahogo interior que parece decirnos que nunca saldremos de esta nos han enviado al rincón de pensar sin buscarlo, que es como quizá más y mejor se piensa. Y en ese rincón de pensar, cuando nos hemos adentrado verdaderamente en el interior de nosotros mismos, es donde hemos encontrado lo que de verdad importa. Desde que nos miramos al espejo cada mañana vemos lo que de verdad importa, porque la vida ofrece una posibilidad de comenzar y nos alienta a iniciar un nuevo camino por los senderos de la esperanza. Lo que de verdad importa siempre viene acompañado de quienes hacen que de verdad importe, porque nuestra propia condición sentiente hace que busquemos ese espíritu de comunidad. Por eso, conviene valorar no solo lo que tenemos hoy, sino a quién tenemos hoy y por qué lo tenemos hoy. Lo que de verdad importa va mucho más allá de peleas, de disputas y de sinrazones, está mucho más lejos de nuestras rabias diarias y de esos pensamientos de no saber qué somos, qué hacemos en el mundo y dónde estamos que nos recorren la conciencia demasiadas veces. Lo que de verdad importa, incluso, está muchas veces más visible y cercano en aquellas personas a las que dejamos a un lado porque no las comprendemos o, simplemente, porque no queremos encontrar el porqué de haberlas querido a nuestro lado un día en el pasado.
Gracias al ejemplo de esta persona, he aprendido que la felicidad está en lo que de verdad importa. Y, en sentido contrario, lo que de verdad importa es buscar esa felicidad que nos dan cada día los más pequeños detalles que nosotros mismos o quienes nos rodean nos ponen en el camino. Si algo es cierto, es que, como escribió la poetisa francesa Mme. Amiel-Lapeyre, «cuando la felicidad nos sale al paso, no lleva nunca el ropaje con el cual creíamos encontrarla». Y sí, aunque a veces la felicidad sea un trabajo, lo que de verdad importa merece ese trabajo, aunque lo que nos dé esa felicidad no siempre acierte al tocar nuestras teclas. Porque la felicidad, lo que de verdad importa, está ahí, esperándonos a cada instante. Valoremos todo aquello que nos hace sentir la felicidad, valoremos a todos aquellos que nos hacen y nos han hecho sentir la felicidad. En ese encuentro con lo que merece nuestro valor está esa felicidad, que, al final, es lo que de verdad importa.