Entre Encinas

Pilar Gil Adrados


Au nom de la terre

EAl llegar a casa después del trabajo cotidiano, lo primero encender la radio para escuchar tertulias y debates vespertinos que te ayudan a informarte y a entender gracias a expertos y analistas el porqué de lo que acontece. Pero hace tiempo que prefiero en silencio escuchar música clásica mientras miro al jardín por la ventana. Música y naturaleza para mantener la armonía y el equilibrio que me da la sensación que va perdiendo el debate público, suspendido en un eterno momento electoral.
Se retoman los asuntos públicos por resolver pero también crece el número de demandas, avaladas con datos y experiencias que circulan y recirculan sin jerarquía ni coherencia, para las que se exige pronta atención y solución. Cual Savoranola asoman los vaticinadores de cataclismos, los predicadores de un mundo feliz y los anunciadores de problemas como si hubieran surgido ahora y de repente: los aranceles, el poder de los Estados, las disputas comerciales, la perdida de habitantes en los pueblos y su abandono, el determinismo tecnológico, la vulnerabilidad del sector agrario, las dificultades para costear el actual sistema de pensiones, el hambre y las desigualdades sociales, la estabilidad financiera y el equilibrio presupuestario, etc.. Lo bueno que tiene este aburrido apasionante momento es que también con facilidad podemos encontrar a quien te venda un remedio para cada mal.
Alejándose un poco y ampliando la perspectiva de los asuntos, se puede mejorar su comprensión. Como cuando mirando un plano del conjunto de la ciudad,  no solo la plaza y la estación, entiendes el entramado de sus calles y su crecimiento. O como si en lugar de centrarte en el mapa de predicción meteorológica de tu pueblo lo extiendes al globo y, de ese modo, no tienes que esperar a que dentro de dos días te caigan las primeras gotas para saber que lloverá.
La semana pasada leía Le Figaro en el aeropuerto de regreso de una reunión de trabajo. Me sorprendió gratamente con varios artículos sobre agricultura, ganadería y mundo rural, sin extrañar puesto que los franceses cuidan mucho a sus paisanos campesinos, reconociendo y apreciando sus productos locales. Uno dedicado al éxito de la película ‘Au nom de la terre’ estrenada en el festival de Angulema y dirigida por Édouard Bergeon. El director narra su propia historia contando como su padre se puso al frente de la entonces prospera granja lechera familiar que fue poco a poco aumentando con su trabajo. Las limitaciones de producción, la necesidad de modernizarse constantemente para cumplir la regulación europea, la exigente demanda y la competencia mundial le llevaron a endeudarse para mantener su granja. Su padre angustiado, exhausto por el esfuerzo y abrumado por las presiones se suicida. Con esta película el director, que ya trató el mundo rural en un documental ‘The sons of the earth’ en 2012, condensa la evolución del medio agrario durante los últimos cuarenta años desde una vertiente emocional y humana que ha tenido menos eco en la conciencia de la sociedad.