BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Los nobeles y la literatura (y II)

19/10/2020

Visto el modo en que la Academia Sueca se ha rendido con armas y bagajes al supremacismo anglosajón (lógicamente el Nobel de Economía de este año recaía en otros dos ciudadanos norteamericanos. Les faltó el de la Paz, aunque hubo quien sin pizca de decoro se atrevió a nominar a Donald Trump), y temerosos de que el Nobel de Literatura, que durante años fue el refugio de los pobres, se convierta también en patrimonio casi exclusivo de los Estados Unidos, con esta Louise Glück, acaparadora de galardones, después de que en 2016 lo hiciera recaer sobre Bob Dylan, que estuvo a punto de repetir la jugada de Sartre en 1964, vamos a intentar hacer ver que pocas veces un premio de tanta resonancia, resultó tan errático y desafortunado en sus planteamientos.
Y es que, dejando a un lado una treintena de nombres justamente reconocidos, el resto han pasado a mejor vida, si es que algún día gozaron de reconocimiento. Durante los primeros veinticinco años, dejando a un lado a Kipling, Tagore, Romain Rolland, Selma Lagerlöf y Bernard Shaw, la Academia perdió una oportunidad única de cubrirse de gloria, reconociendo a los grandes maestros del XIX todavía vivos, como Zola (asesinado en 1902), Mark Twain y el gran León Tolstói (fallecidos ambos en 1910), Henry James (muerto en 1916) y esa vileza perpetrada por el Secretario de la Academia, el sueco Erik Axel Karlfeldt, con nuestro don Benito Pérez Galdós en 1912, excluyéndolo por antipatías personales (por más que se escudara en los miles de telegramas enviados desde España, telegramas que, por cierto, nunca aparecieron), al tiempo que inclinaba la balanza a favor del alemán Hauptmann. Karlfeldt, sin embargo, no tuvo empacho en aceptarlo como poeta personalmente en 1931, si bien la de la guadaña le impidió recogerlo.  
Mal comienzo, pues, que no hizo más que continuar de mal en peor, olvidando  a los cuatro grandes genios  de la novela: Marcel Proust, James Joyce, Franz Kafka y Virginia Woolf  (menos mal que lo compensaron con Thomas Mann (29), Gide (47), Faulkner (49), Hemingway (54) y Camus (57). Otros grandes olvidados fueron Unamuno, Baroja, Valle-Inclán,  Lorca, Alberti, Machado, graciosamente compensados con Echegaray (1904) y Benavente (22). Por fortuna, elevaron el listón con Juan Ramón Jiménez (56), Vicente Aleixandre (77) y Cela (89), a los que habría que añadir a los hispanoamericanos (la chilena Gabriela Mistral (45), el guatemalteco Asturias (67), el chileno Neruda (71), el colombiano García Márquez (82), el mejicano Octavio Paz (90) y el peruano Vargas Llosa (2010)). En resumen, un más que triste bagaje para una lengua y una literatura fundamentales en la historia. Pensar que un país como Argentina, esencial en el despertar de la literatura hispanoamericana con dos monstruos como Julio Cortázar o Jorge Luis Borges no hallaron su debido reconocimiento, en especial Borges, probablemente el escritor más importante en castellano después de Cervantes, no tiene justificación más allá de la ignorancia, la envidia o el maniqueísmo; un maniqueísmo que no impidió otorgar el Nobel al noruego Knut Hamsun, aunque sí al que probablemente sea uno de los novelistas claves del siglo XX, Céline.
Como vemos, un auténtico desastre; una Academia que ha ido ignorando y dejando morir a Rulfo, a Eco, a Ezra Pound, a  Kerouac, con un larguísimo etc., en tanto se  mostraba generosa en exceso con personalidades como Bergson (27), Russell (50) y nada menos que Churchill (1953), que muy poco o nada tuvieron que ver con la literatura. Por fortuna, genios como Pasternak (58), Beckett (69), Böll (72), Patrick White (73), Bellow (76), Claude Simon (85), Soyinka (86), Nadine Gordimer (91), Toni Morrison (93), Saramago (98), Grass (99), Coetzee (2003), Pinter (4), Doris Lessing (7), Ishiguro (17) o Peter Handke (19), demuestran que haberlos haylos, y a quien no esté conforme siempre le quedará el recurso de seguir escuchando la inmortal Like a Rolling Stone de Dylan.